Mauricio Contreras había construido su existencia con la exactitud implacable de un mecanismo de alta relojería. A los treinta y tantos ya era dueño de un coloso inmobiliario, multimillonario precoz, rodeado siempre de vidrio, acero pulido y mármol importado. Sus oficinas se extendían en los niveles más altos de un rascacielos frente al mar, y su penthouse aparecía una y otra vez en revistas de negocios y diseño. En ese universo suyo todo avanzaba a ritmo acelerado: se obedecían órdenes sin chistar, nadie cuestionaba nada y la fragilidad humana no tenía cabida.
Esa mañana, no obstante, algo consiguió sacarlo de quicio. Leticia Aguilar, la mujer encargada de la limpieza de su despacho desde hacía tres años, había vuelto a ausentarse. Ya sumaban tres faltas en el mismo mes. Tres. Y siempre recurriendo al mismo argumento gastado: “Emergencias familiares, señor”.
—¿Hijos…? —bufó con desprecio mientras ajustaba frente al espejo una corbata italiana valuada en diez mil dólares—. En todo este tiempo jamás mencionó a uno solo.
Norma Delgado, su asistente, trató de bajarle dos rayitas al enojo, recordándole que Leticia siempre había sido cumplida, reservada y muy eficiente. Pero Mauricio ya estaba sordo a cualquier intento de defensa. Para él, la situación no tenía misterio alguno: irresponsabilidad maquillada con tragedias personales.
—Consígueme su dirección —ordenó con voz cortante—. Quiero ver con mis propios ojos qué tipo de “emergencia” es esa.

Poco después, el sistema desplegó los datos: Calle Los Naranjos 847, barrio San Miguel. Una zona obrera, distante —lejísimos— de sus torres de cristal y de los áticos con vista al océano. Al leerla, Mauricio soltó una mueca cargada de intención, como si ya se preparara para poner todo en su lugar antes de cruzar esa puerta.
