Adriana Montoya levantó la mirada y la clavó, sin titubeos, en Rodrigo Chávez.
—Esta mañana usted me llamó muerta de hambre —dijo con una calma que helaba—. Afirmó que no tenía derecho a estar en este edificio. Me aventó un balde de agua encima… todo porque estaba convencido de que frente a usted no había nadie importante.
Uno de los miembros del consejo tragó saliva con dificultad.
—Adriana, nosotros… nosotros no sabíamos nada…
—Exacto —respondió ella, sin suavizar la voz—. No sabían porque prefirieron no saber. La ignorancia cómoda siempre es una elección.
Rodrigo intentó tomar el control de la escena, atropellando palabras, elevando el volumen:
—¡Fue un error! Yo… yo no tenía idea de quién era usted. Si lo hubiera sabido…
Adriana giró hacia él con brusquedad.
—Ahí está el verdadero problema, señor Chávez.
Usted solo muestra respeto cuando conoce el precio de las personas.
Avanzó un paso. Él retrocedió por reflejo.
—En Altavista no hay espacio para quienes confunden autoridad con crueldad.
Luego se dirigió al consejo directivo.
—A partir de este momento, Rodrigo Chávez queda separado de su cargo. De forma inmediata. Bloqueen todos sus accesos. Seguridad, acompáñenlo fuera del edificio.
—¡No pueden hacerme esto así nada más! —gritó él, con la voz quebrada—. ¡Llevo diez años trabajando aquí!
Adriana lo observó largo rato. Demasiado.
—Yo llevo aquí toda una vida —contestó al fin—. Y precisamente por eso no voy a permitir que esta empresa siga funcionando como una fábrica de miedo.
Los guardias entraron sin decir una palabra.
Rodrigo forcejeó, intentó zafarse, pero ya nadie le prestaba atención. Cuarenta empleados miraban cómo el hombre que una hora antes se sentía intocable era escoltado hacia la salida: derrotado, humillado, vacío de poder.
Cuando la puerta se cerró, Adriana soltó un respiro profundo.
—Ahora escúchenme bien —dijo, mirando a todos—. Este lugar no pertenece a quien grita más fuerte ni a quien aplasta a los demás. Pertenece a quienes trabajan con dignidad.
Se quitó la chamarra empapada y la dejó sobre la mesa.
—Desde hoy, en Altavista hay tolerancia cero a la humillación, al abuso y al miedo. Cualquier denuncia será atendida. Directamente por mí.
No hubo aplausos.
Pero muchos lloraban en silencio.
Más tarde, cuando la oficina quedó casi vacía, Adriana permaneció sola frente al ventanal. El sol ya dominaba el cielo de la Ciudad de México y se reflejaba en las torres de vidrio.
Ya no era invisible.
Y no pensaba volver a serlo jamás.
A veces, para entender la verdad,
hay que permitir que el mundo muestre su rostro más desagradable.
Rodrigo fue sacado del edificio y las puertas se cerraron tras él con un chasquido seco.
Ese sonido marcó el punto de no retorno.
Adriana caminó despacio entre los escritorios. La gente se hacía a un lado, como si apenas ahora comprendieran quién era en realidad. No una mujer con la ropa mojada. No una “pobretona”. Sino una fuerza que había dejado de esconderse.
—Quiero que cada uno de ustedes lo tenga claro —dijo, deteniéndose en el centro del salón—. Hoy fui humillada.
