…cuyo precio superaba con holgura el de muchas viviendas completas.
Sin embargo, aquella mañana Adriana Montoya tomó una decisión que nadie habría imaginado. Dejó intacto el traje de diseñador y los tacones italianos. En su lugar, se puso una chamarra negra comprada en un tianguis de segunda mano, unos zapatos de imitación que ella misma había rayado a propósito y una bolsa “de marca” falsa, elegida con cuidado para cerrar el disfraz a la perfección.
Desde hacía cinco años —desde que heredó el imperio empresarial de su padre— Adriana dirigía Grupo Altavista desde las sombras. Videollamadas desde salas privadas, juntas donde los empleados solo conocían su voz saliendo de una bocina, decisiones firmadas con una rúbrica que pocos habían visto en persona.
Para la plantilla, ella era un mito corporativo. Un nombre en los contratos. Una leyenda que circulaba en pasillos y correos internos.
Pero en los últimos meses algo no la dejaba en paz.
Rumores persistentes sobre abusos de poder. Denuncias anónimas que señalaban a mandos medios y altos por humillar a su gente. Relatos tan crudos que parecían exageraciones… hasta que dejaron de parecerlo.
Ese día, Adriana decidió comprobarlo por sí misma.
A las ocho en punto cruzó la entrada principal de su propio edificio como si fuera una desconocida más. El guardia ni siquiera levantó la vista. Ejecutivos que compartían el lobby pasaron a su lado sin verla, como si fuera transparente.
Ahí lo entendió todo, con una claridad que dolía.
Ya no necesitaba más pruebas.
Horas después, empapada de pies a cabeza y de pie frente a todos, alzó el rostro con lentitud.
No gritó.
No pidió clemencia.
Tampoco volvió a llorar.
—Gracias —dijo con firmeza—. Esto era exactamente lo que necesitaba presenciar.
Un murmullo incómodo recorrió la oficina. Rodrigo Chávez frunció el ceño.
—¿De qué demonios hablas? —soltó con desdén.
Adriana sacó su celular de la bolsa chorreando agua y marcó un número.
—Consejo de administración —anunció con calma—. Suban de inmediato al piso veintidós.
Diez minutos más tarde, las figuras más influyentes de Grupo Altavista entraron al área. El color se les fue del rostro al verla.
En el despacho se instaló un silencio tan espeso que se escuchaba el goteo del agua cayendo del cabello de Adriana contra el suelo.
Los consejeros se quedaron inmóviles en la puerta.
Un segundo.
Dos.
Tres.
—¿Señora Montoya? —atinó a decir uno, casi en un susurro incrédulo.
Ella asintió, despacio, sin alterarse.
—Sí. Soy yo.
Rodrigo palideció. La sonrisa se le borró como si la hubieran arrancado de golpe. Retrocedió un paso… y luego otro.
—Esto es una broma —balbuceó—. Usted… usted no puede…
—Claro que puedo —lo cortó Adriana, con un tono bajo pero cortante—. Y por eso estoy aquí.
Recorrió la oficina con la mirada: cuarenta personas, cuarenta pares de ojos. Los que observaron con lástima, los que se burlaron y los que eligieron callar.
—Durante cinco años llevé esta empresa desde la sombra —continuó—. Confié en reportes, en cifras, en presentaciones impecables. Pero los números no gritan. Las personas sí. Sobre todo cuando las humillan.
Adriana…
