El gerente la humilló por su apariencia miserable… sin imaginar siquiera que frente a él se encontraba una millonaria y la auténtica dueña del consorcio.
—¡Lárgate de aquí, muerta de hambre!
El grito atravesó el área abierta como un latigazo seco.
Cuarenta empleados dejaron de teclear al mismo tiempo, como si alguien hubiera oprimido un botón invisible de pausa. Todas las miradas se clavaron en Rodrigo Chávez, director regional de Grupo Altavista, quien sin el menor pudor estaba denigrando a la mujer parada junto a una mesa auxiliar.
Adriana Montoya no respondió.

Vestía una chamarra negra gastada, vencida por los años, y unos zapatos que ya habían visto épocas mejores. El rubor le encendía las mejillas. Las miradas de sus compañeros —unas cargadas de lástima, otras de burla abierta— la atravesaban como filos afilados.
—Gente como tú ni siquiera debería pisar el vestíbulo de este edificio —continuó Rodrigo, con una sonrisa cruel—. Altavista es una empresa seria, no un refugio para fracasados.
Un silencio helado se deslizó por la oficina.
Y entonces ocurrió lo impensable.
Rodrigo caminó con parsimonia hacia el dispensador de agua. Junto a la copiadora había una cubeta de limpieza. La tomó y regresó, igual de despacio, hasta colocarse frente a Adriana. El aire se volvió denso. Todos entendieron que algo terrible estaba a punto de suceder.
Pero nadie se atrevió a detenerlo.
—A ver si así entiendes cuál es tu lugar en este mundo —murmuró, con un dejo enfermizo de satisfacción.
Sin previo aviso, vació sobre ella la cubeta entera de agua helada.
El frío la golpeó como un azote.
La chamarra se le pegó al cuerpo al instante. El cabello se oscureció y comenzó a gotear. El agua se coló dentro de los zapatos. Chorros helados resbalaron por su rostro, mezclándose con lágrimas de humillación que ya no pudo contener.
Cuarenta personas observaron, paralizadas, cómo Adriana permanecía ahí, empapada de pies a cabeza, temblando… pero sosteniendo una dignidad que ningún balde de agua en el mundo podía borrar.
Nadie en esa oficina comprendía que acababan de presenciar el acto de humillación más brutal infligido a la mujer más poderosa de todo el edificio.
Nadie sospechaba que aquella “pordiosera”, silenciosa y mojada, tenía en sus manos una autoridad capaz de transformar para siempre la vida de todos ellos.
Las dos torres de Grupo Altavista se alzaban en el corazón financiero de Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México, reflejando el sol de la mañana en sus fachadas de cristal. Tras esos muros corporativos, donde cada día circulaban millones de pesos, acababa de nacer una historia que ninguno de los presentes olvidaría jamás.
Pero para entender cómo se llegó a ese instante de humillación despiadada, era necesario retroceder tres horas en el tiempo.
Eran las 6:30 de la mañana cuando Adriana Montoya abrió los ojos en su penthouse de Polanco.
Un departamento de trescientos metros cuadrados, vistas panorámicas de la ciudad y obras de arte cuyo valor superaba con creces el de muchas casas marcaban el escenario de donde, sin que nadie lo imaginara aún, había comenzado todo.
