«Lo siento, pero creo que se equivoca. No la conozco» — respondió Consuelo sin reconocer a su hija

¡Qué injusto y desgarrador es todo esto!
Historias

Aceptó esa realidad como algo inevitable: su madre había desaparecido y, en el fondo, Verónica entendía que probablemente jamás volvería a verla. La idea le desgarraba el pecho, pero no había alternativa; tenía que aprender a existir con ese vacío. Con el tiempo, el dolor dejó de ser un grito constante y se transformó en una presencia silenciosa. Ya no lloraba hasta quedarse dormida ni se sobresaltaba cada vez que sonaba el teléfono. Simplemente seguía adelante, día tras día, cargando esa ausencia como quien carga una cicatriz invisible.

La casa de descanso estaba ubicada en un sitio privilegiado, rodeada de pinos altos que llenaban el aire de un aroma fresco y profundo. Era una construcción de dos niveles, con una terraza amplia y un jardín bien cuidado. Ernesto Valdivia había comprado ese lugar muchos años atrás, cuando Verónica apenas era una adolescente. Allí habían pasado veranos interminables, celebraciones familiares, cumpleaños y reuniones que ahora solo existían en su memoria. Después de la muerte de su padre, ella casi no volvió; cada rincón le recordaba demasiado lo que había perdido.

El auto se internó por el camino de terracería que Verónica conocía de memoria. Bastaron unos minutos para que la casa apareciera entre los árboles. Y de inmediato notó que algo no cuadraba. Los macizos de flores estaban llenos de color, la reja lucía recién pintada y detrás de las ventanas colgaban cortinas nuevas. Todo daba la impresión de estar habitado, cálido, vivo.

—¿Ya viste? —comentó Julián Robles con evidente satisfacción—. Margarita de verdad ha cuidado el lugar como si fuera suyo.

Bajaron del coche. Verónica recorrió el jardín con la mirada: los senderos barridos, el césped recortado, ni una hoja fuera de lugar. Avanzó hacia la casa cuando, de pronto, un sonido la detuvo: una risa infantil, clara y alegre, proveniente del fondo del terreno. Rodeó la construcción y llegó hasta el cenador, ubicado junto a un pequeño estanque. Lo que vio la dejó clavada en el suelo.

En una silla de mimbre estaba sentada una mujer mayor, vestida con tonos claros. Sobre sus piernas, un niño de rizos oscuros escuchaba atento mientras ella le hablaba y señalaba a los patos que nadaban en el agua. El pequeño palmoteaba, encantado, soltando carcajadas.

El mundo pareció inclinarse bajo los pies de Verónica. Reconoció a esa mujer al instante. La habría reconocido en cualquier lugar.

—¿Mamá…? —su voz salió rota, apenas audible.

La mujer levantó la vista. El rostro era inconfundible: los mismos ojos castaños, la nariz fina, los labios delgados. Pero en su expresión no había reconocimiento, solo una curiosidad suave.

—¿Perdón? —preguntó Consuelo Barrenechea inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Nos conocemos?

—Dijiste “mamá”… —Verónica dio un paso, luego otro. Las piernas le temblaban, el corazón le golpeaba con fuerza—. Mamá, soy yo. Verónica. Tu hija.

Consuelo la observó con atención, como si buscara un recuerdo escondido. Después negó despacio.

—Lo siento, pero creo que se equivoca. No la conozco.

—Mamá… —Verónica aspiró aire con dificultad. Medio año de búsquedas, de esperanza y desesperación. Y todo ese tiempo su madre había estado ahí, en esa casa, a apenas cincuenta kilómetros de la ciudad.

En ese momento, desde la casa salió Margarita Beltrán cargando una olla grande. Al ver a Verónica, sonrió con naturalidad.

—¡Qué gusto verla! Bienvenida. —Dejó la olla sobre la mesa del cenador—. ¿Se queda a comer con nosotros? Justo acabo de hacer sopa.

—Margarita… —Verónica señaló a su madre con la mano temblorosa—. Esta mujer… ¿cómo llegó aquí?

—Ah, Consuelo —respondió Margarita con cariño—. Vive con nosotros desde hace varios meses. ¿Por qué?

El niño en brazos de Consuelo le hizo un gesto de saludo a Verónica.

—Margarita —dijo ella acercándose, la voz quebrada—. Esa es mi mamá. Consuelo Barrenechea es mi madre.

Margarita se quedó paralizada. Por poco se le cae la olla.

—¿Tu mamá? —preguntó, alternando la mirada entre ambas—. Dios mío… no tenía idea.

—Salió de casa y desapareció hace seis meses —explicó Verónica entre sollozos—. La buscamos por todos lados: la policía, un investigador privado… nadie dio con ella. Yo pensé que la había perdido para siempre.

Margarita se sentó, como si las fuerzas la abandonaran.

—Por favor —suplicó Verónica tomando sus manos—. Cuéntame todo. ¿Cómo llegó hasta aquí?

—Está bien —asintió Margarita—. Siéntate. Te lo diré desde el principio. Consuelo, cariño, ¿puedes quedarte un ratito más jugando con Emilio?

—Claro que sí —sonrió ella—. Vamos a darles de comer a los patitos, ¿verdad?

Verónica se sentó frente a Margarita, apretando los puños para controlar el temblor.

—Empieza.

—Fue cuatro días después de que nos diste las llaves —recordó Margarita—. Emilio y yo salimos a caminar hacia el río. Cerca del puente la vi. Estaba parada en medio del camino, desorientada. Algo en su mirada me hizo acercarme. Le pregunté si necesitaba ayuda y me dijo que buscaba su casa.

Verónica no apartaba los ojos de ella.

—Le pregunté cuál casa. Dijo la calle y el número… este lugar. Yo le dije que vivía aquí y la traje conmigo. Cuando entró, se puso a llorar. Decía que conocía todo, que había estado ahí con “Kiko”. Repetía ese nombre una y otra vez, decía que lo extrañaba.

—Ernesto… —susurró Verónica—. Mi papá.

—Exacto —asintió Margarita—. Vive anclada en esa época. Recuerda a su esposo, su juventud.

—¿Y de mí? —preguntó Verónica mirando a su madre—. ¿No recuerda nada?

—Nada. Hablaba de su trabajo como maestra, del departamento donde vivía con él. Pero de una hija… nada.

—Tenemos que llevarla con un especialista —dijo Verónica limpiándose las lágrimas—. Esto puede ser amnesia, tal vez un golpe.

—La llevé con un médico local —respondió Margarita—. Recomendó estudios, pero ella se negó. Le aterran los hospitales.

—Yo me encargaré —aseguró Verónica—. Buscaré al mejor neurólogo.

Durante unos minutos guardaron silencio. Consuelo reía con Emilio junto al estanque, irradiando una paz que contrastaba con el nudo en el pecho de Verónica.

—Así que todo este tiempo ha vivido aquí —murmuró—. Con ustedes.

—No podía dejarla sola —dijo Margarita—. Estaba perdida. Me quedé hasta que apareciera alguien de su familia.

—¿Y cómo se sostenían? —preguntó Verónica.

—Conseguí trabajo en una tienda del pueblo. El dueño me ayudó mucho. El sueldo era poco, pero suficiente. Consuelo nos ayudaba en casa y cuidaba a Emilio. Él la adora, le dice “abuelita”.

Verónica cerró los ojos un instante. Su madre no la recordaba, pero cuidaba a otro niño con devoción.

—Gracias —dijo al fin—. Gracias por no abandonarla.

Ambas se abrazaron, llorando en silencio.

Más tarde, Margarita le contó su propia historia: su matrimonio con Mauricio Alcántara, el lujo inicial, la violencia que llegó después, el miedo, la huida con su hijo y la casualidad que la llevó hasta Verónica.

—¿Te está buscando? —preguntó ella.

—Tal vez —respondió Margarita—. Pero aquí estoy a salvo.

—Quiero ayudarte —dijo Verónica—. Te ofrezco trabajo en mi empresa y quiero que se muden conmigo. Mi mamá estará mejor atendida, y ustedes también.

Aceptaron. Días después, el neurólogo confirmó el diagnóstico: un microinfarto había afectado la memoria de Consuelo. El pronóstico era incierto.

Se mudaron a la ciudad. Margarita empezó a trabajar con Verónica, demostrando ser eficiente y confiable. Emilio crecía rodeado de cuidados. Poco a poco, la memoria de Consuelo fue regresando: primero rostros, luego lugares, hasta que un día, tres meses después, abrió la puerta y dijo:

—¡Verónica, hija mía!

Ese abrazo selló el inicio de una nueva etapa. Vivían juntos, no por obligación, sino por elección. Y por primera vez en muchos años, Verónica sintió que tenía un hogar de verdad.

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