«Lo siento, pero creo que se equivoca. No la conozco» — respondió Consuelo sin reconocer a su hija

¡Qué injusto y desgarrador es todo esto!
Historias

Miró largo rato la fotografía de su padre grabada en la lápida. El rostro serio, casi severo, parecía observarla desde otra dimensión, como si siguiera evaluando cada decisión que tomaba.

—¿A dónde pudo haberse ido mamá? —susurró, con la voz quebrada—. Yo no quería lastimarla… solo estaba cansada. Cansada de fingir que todo estaba bien cuando no lo estaba.

Ernesto Valdivia la miraba desde la imagen con esa calma firme que siempre lo había caracterizado en vida. Verónica recordó cómo, cuando era niña, bastaba una sola mirada suya para tranquilizarla; cómo encontraba las palabras exactas incluso en los momentos más complicados, sin alzar la voz, sin reproches.

—¿Qué hago ahora, papá? —preguntó casi en un murmullo, sabiendo que no habría respuesta.

Permaneció sentada unos minutos más, dejando que el llanto se agotara por sí solo. Luego se secó las mejillas con el dorso de la mano y se puso de pie. Llorar no iba a traer a su madre de vuelta. Tenía que moverse, hacer algo.

Durante el trayecto a casa empezó a marcar números al azar en su celular, uno tras otro. Hospitales. Clínicas privadas. Centros de urgencias. La idea de que Consuelo Barrenechea hubiera sufrido un accidente o un infarto le hacía temblar las manos.

—Buenas tardes, ¿hablo al área de admisiones? —decía una y otra vez—. ¿Ingresó hoy alguna mujer de aproximadamente setenta y nueve años? Se llama Consuelo Barrenechea…

—Permítame un momento… —respondían del otro lado—. No, señora, no tenemos a ninguna paciente con esos datos.

Colgó y volvió a marcar. Cuatro hospitales. Cuatro respuestas negativas. La angustia crecía como un nudo en el pecho. Sin pensarlo más, cambió de rumbo y se dirigió a la comandancia.

El oficial de guardia la recibió con evidente desgano, más pendiente de unos papeles que de ella.

—Quiero reportar la desaparición de una persona —dijo Verónica, esforzándose por mantener la voz firme.

—Tome asiento. ¿Desde cuándo no sabe de ella? ¿Desapareció hoy en la mañana o durante la noche?

—No lo sé con exactitud.

El policía alzó la vista, evaluándola.

—¿Hoy por la mañana? ¿Sabe que legalmente debemos esperar veinticuatro horas antes de iniciar una búsqueda formal?

—Tiene setenta y nueve años —la voz de Verónica se quebró—. Y problemas cardíacos.

El hombre suspiró.

—De acuerdo. Vamos a levantar el reporte. —Sacó un formato—. Nombre completo y edad.

—Consuelo Barrenechea, setenta y nueve años.

—Descripción física.

—Es una mujer arreglada… —Verónica hizo un esfuerzo por concentrarse—. Estatura media, como metro sesenta y cinco. Cabello canoso, normalmente lo recoge en un chongo. Ojos cafés. Usa lentes para leer.

—¿Sabe cómo iba vestida?

—No… no lo sé. Salí muy temprano, no la vi.

—¿Tiene problemas de memoria? ¿Algún antecedente de que se haya ido sin avisar?

—No —negó con la cabeza—. Siempre ha estado perfectamente lúcida.

—¿Hubo algún conflicto reciente? Algo que pudiera haberla motivado a irse.

Verónica guardó silencio. La discusión de la noche anterior apareció en su mente con una claridad dolorosa.

—Tuvimos una discusión —admitió—. Pero eso no justifica que desaparezca.

—Entiendo. —El oficial anotó algo más—. Déjenos sus datos de contacto. Haremos lo posible, aunque en la mayoría de los casos las personas regresan solas. A veces solo quieren dar una lección.

—¿Una lección? —la rabia le subió de golpe—. No es una adolescente. Tiene setenta y nueve años.

—Aun así, pasa —respondió él con calma—. Regrese a casa y espere. Si en veinticuatro horas no aparece, reforzaremos la búsqueda.

Verónica salió de la comandancia sintiéndose vacía, como si le hubieran drenado toda la energía. Al llegar a casa, encontró a Margarita Beltrán con todas las luces encendidas, como si la claridad pudiera espantar la ausencia.

—¿Nada? —preguntó la empleada con esperanza.

—Nada —respondió Verónica, dejándose caer en el sillón de la sala.

—¿Y si fue a ver a algún familiar?

—No tiene a nadie más —contestó con cansancio—. Margarita, ¿notaste algo raro en su comportamiento últimamente?

—No, señorita Verónica. Todo normal. Solo… quizás un poco pensativa estos días, pero nada fuera de lo común.

Verónica volvió a tomar el teléfono. Llamó a hospitales otra vez, a servicios forenses, a centros de atención. Cada negativa era como un golpe más. Ya entrada la noche recibió la llamada de Andrés Quiñones.

—Señorita Verónica, ¿hay noticias? ¿Ya apareció su mamá?

—No —respondió con un hilo de voz—. Andrés, cancela también mis reuniones de mañana. No puedo concentrarme en nada.

—Claro. ¿Quiere que publiquemos avisos? ¿O contratar a un investigador privado?

—¿Un investigador…? —repitió—. Sí. Mañana mismo.

Esa noche no logró dormir. Se quedó sentada en un sillón, envuelta en una manta, mirando fijamente el celular. Esperaba que sonara, que su madre llamara diciendo que todo estaba bien, que solo necesitaba estar sola. Pero el teléfono permaneció mudo. Una idea se repetía sin tregua: ¿Y si no la vuelvo a ver? ¿Y si lo último que nos dijimos fue lleno de reproches?

Cerró los ojos y volvió a llorar. Hacía años que no se sentía tan indefensa. Dirigir una empresa, cerrar contratos, resolver crisis financieras… todo eso sabía hacerlo. Pero ¿cómo se encuentra a alguien que simplemente se esfuma?

Pasaron tres días desde la desaparición de Consuelo Barrenechea y Verónica sentía que la cordura se le escapaba poco a poco. La policía decía trabajar, pero sin verdadero empeño. Demasiados casos, pocos recursos. Cada llamada terminaba igual: “Las diligencias continúan, tenga paciencia”.

Desde su oficina, Verónica miraba el cielo gris del otoño. Los documentos frente a ella seguían intactos. La computadora estaba encendida, pero su mente no lograba enfocarse. Cada intento de leer un reporte terminaba con el rostro de su madre apareciendo frente a sus ojos.

La puerta se abrió suavemente. Andrés entró con una carpeta.

—Señorita Verónica, necesita firmar…

—Andrés —lo interrumpió—. ¿Conoces a algún buen detective privado?

Él se quedó inmóvil.

—¿Quiere contratar a uno?

—La policía va demasiado lento. Necesito a alguien dedicado solo a esto.

—Conozco a uno —asintió—. Héctor Villaseñor. Antes trabajó en homicidios, ahora es investigador privado. Muy meticuloso. Mi hermano recurrió a él hace un par de años y resolvió el caso en una semana.

—Consígueme su número. Ya.

Media hora después, Héctor Villaseñor estaba sentado frente a ella. Un hombre de unos cincuenta años, mirada aguda y modales tranquilos. Sacó una libreta.

—Cuénteme desde el principio —pidió.

Verónica relató todo: la discusión, la mañana en que salió temprano, la llamada de Margarita.

—¿Motivo de la pelea? —preguntó él.

—La culpé de cosas que no debía —confesó—. Fui cruel.

—No la juzgo —dijo él con suavidad—. Necesito entender el contexto.

—No se llevó nada —añadió ella—. Ni documentos, ni dinero, ni celular.

El detective frunció el ceño.

—Eso no es normal.

Durante más de una hora, Verónica respondió preguntas. Habló del cementerio, de las amigas, de la iglesia.

—Revisaré todo —aseguró él—. Cámaras, testimonios, rutinas.

Los días siguientes fueron una tortura. Héctor llamaba cada noche, siempre con la misma respuesta: nada.

—Salió de casa alrededor de las seis de la mañana —le informó una vez—. Después, no hay rastro.

Verónica siguió trabajando por inercia. Reuniones, videollamadas, firmas… todo le parecía irreal.

—¿Está de acuerdo con las fechas? —preguntó un socio en una llamada.

—Sí… sí, Andrés preparará los documentos.

Cuando terminó la videollamada, se cubrió el rostro con las manos.

—Señorita Verónica —dijo Andrés entrando con café—. Tiene que comer algo.

—No puedo —respondió—. Y encima olvidé la reunión con los inversionistas.

Era el trato más importante del año. El vuelo salía en tres horas.

—Puedo ir solo —ofreció Andrés.

—No —dijo ella, levantándose—. La empresa no puede esperar. Margarita estará en casa. Si mamá aparece, me avisará.

En casa, empacó a toda prisa. Dejó números, instrucciones, contactos.

—¿De verdad se va a ir? —preguntó Margarita, angustiada.

—Tengo que hacerlo —respondió, aunque el corazón le dolía—. Regreso en tres meses, como máximo.

En el camino al aeropuerto llamó a Héctor.

—Me voy de viaje —le dijo—. Pero estaré disponible siempre.

—Sigo trabajando —aseguró él—. Tengo algunas líneas que revisar.

Verónica avanzaba por el estacionamiento del aeropuerto, arrastrando la maleta, cuando vio a Andrés unos pasos adelante, listo para entrar al edificio, y por un instante sintió que dejaba atrás algo mucho más importante que un simple equipaje.

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