Llegaba tarde a su vuelo cuando la empresaria distinguió, a un costado del aeropuerto, a una mujer sin hogar de rasgos delicados que cargaba a un bebé envuelto en mantas. Algo en esa imagen le apretó el pecho. Sin pensarlo demasiado, se detuvo, sacó de su bolso un llavero y se lo tendió a la desconocida.
—Me voy tres meses a cerrar negociaciones —le explicó con prisa—. Pueden quedarse en mi casa de descanso mientras tanto.
Las negociaciones resultaron mucho más duras de lo previsto. Entre juntas interminables y acuerdos que se caían a última hora, el tiempo se le fue de las manos y regresó hasta medio año después. Solo entonces, al acordarse de aquella mujer con el bebé, decidió pasar por la casa de campo. Lo que encontró ahí la dejó helada.
Verónica Salgado había heredado el negocio familiar de su padre y lo dirigía con mano firme. A los veinticinco años, cuando muchos apenas empezaban su carrera, ella ya cargaba con toda la responsabilidad de la empresa. El trabajo se convirtió en el eje de su existencia y, en el camino, la vida personal quedó relegada. Nunca formó una familia propia. Solo tenía a su madre, quien no perdía oportunidad de recordarle lo importante que era encontrar pareja, comentario que a Verónica la sacaba de quicio.
Aquella noche estacionó su sedán negro frente a la casa exactamente a las 23:40. Se recargó en el asiento, cerró los ojos unos segundos y soltó el aire con cansancio. La jornada había sido extenuante: discusiones eternas con proveedores, un problema serio en el almacén y, para rematar, dos horas revisando reportes trimestrales. A los cincuenta y cinco años, el cuerpo ya no perdonaba ese ritmo.
Se observó en el espejo retrovisor. La mirada apagada, finas líneas marcando las sienes, el peinado impecable que ya empezaba a deshacerse. Tres décadas atrás, cuando su padre le cedió el control de la empresa, era otra persona: rebosante de energía y ambición. Ahora, cada día se sentía como una batalla necesaria solo para mantener el negocio a flote.

Bajó del auto, sacó el portafolio de la cajuela y entró a la casa. La recibió una luz tenue en el recibidor y un silencio engañoso. Desde la cocina se colaba el murmullo de un televisor. Se quitó los tacones, colgó el abrigo y caminó hacia ahí.
Tal como lo esperaba, su madre, Consuelo Barrenechea, estaba sentada a la mesa con una taza de té casi intacta, absorta en un programa de salud.
—Otra vez llegas casi a medianoche —dijo Consuelo sin voltearla a ver—. Siempre igual.
El tono era cansado, pero cargado de reproche.
—¿Cuándo vas a dejar de exigirte tanto? A tu edad ya deberías pensar en descansar.
Cada noche la misma cantaleta. Verónica fue al bar, sacó una botella de vino tinto y se sirvió una copa.
—¡Ya basta, mamá! —respondió más fuerte de lo que quería—. Estoy harta de escuchar lo mismo todos los días.
Consuelo por fin se giró hacia ella, sorprendida.
—¿De qué hablas? Solo me preocupo. Trabajas como si no hubiera mañana.
—¿Y nunca te has preguntado por qué terminé así? —la interrumpió Verónica, dando un trago largo. El alcohol le quemó la garganta.
—¿A qué te refieres?
Consuelo se irguió, alerta. Verónica dejó la copa sobre la mesa y cruzó los brazos. Todo lo guardado durante años salió de golpe.
—A nada… o a todo. ¿Qué hicieron tú y papá conmigo? —su voz temblaba—. Ustedes me separaron de Rafael Montoya diciendo que no era suficiente para mí.
Bebió de nuevo, nerviosa.
—¿Rafael? —Consuelo abrió los ojos—. Verónica, eso fue hace más de treinta años. No tenía ni un peso, era solo un estudiante.
—¡Me amaba! —gritó—. Y ustedes me convencieron de que merecía algo “mejor”.
—Queríamos lo mejor para ti —intentó decir Consuelo.
—Luego apareció otro, el competidor de papá —continuó Verónica—. Demasiado ambicioso, decían. Que nos iba a quitar todo. Después siempre había una excusa: que la edad, que los estudios, que la carrera.
Se dejó caer en la silla frente a su madre, con los ojos llenos de lágrimas.
—Y luego tuve que hacerme cargo de la empresa —susurró—. Papá murió y todo cayó sobre mí. ¿Cuándo iba a conocer a alguien si trabajaba catorce horas diarias para no perder lo que él construyó?
Consuelo guardó silencio, estrujando una servilleta.
—No nos culpes de todo —dijo al fin, con dureza—. Tu padre levantó esto desde cero. Queríamos asegurarte un futuro.
—¿Y dónde está ese futuro? —rió Verónica con amargura—. Tengo cincuenta y cinco años. No tengo esposo, ni hijos, ni los nietos que tanto quieres. Solo reproches.
—No me hables así —Consuelo se levantó, pálida—. Soy tu madre.
—¿Eso te da derecho a manejar mi vida? —Verónica también se puso de pie—. La destruiste, mamá.
—¡Tú sola te encerraste en el trabajo! —replicó Consuelo—. Otras mujeres pueden con todo.
—¡Otras mujeres no cargan una empresa millonaria! —respondió Verónica—. Ni viven con padres que creen que nadie es digno de su hija.
—Solo queríamos que no te equivocaras.
—Ya me equivoqué —rió histérica—. Rafael hoy tiene restaurantes en tres ciudades. Sergio Ledezma, el rival de papá, tiene hijos y una familia. ¿Y yo? Estoy sola.
El silencio cayó pesado. Consuelo volvió a sentarse, derrotada.
—Eres injusta —murmuró—. Te dimos educación, empresa, esta casa.
—¡Yo no quería la empresa! —gritó Verónica—. Quería amar y que me amaran.
—Entonces, ¿por qué aceptaste dirigirla? —la retó Consuelo.
—Porque papá, desde el hospital, me rogó que no la dejara caer —las lágrimas por fin brotaron—. Y tú me decías que sin mí todo se perdería.
Consuelo se volvió hacia la ventana, con los hombros temblando.
—No sabía que te sentías así —susurró.
—Nunca preguntaste —respondió Verónica, exhausta.
Terminó el vino.
—Necesito dormir. Mañana tengo una junta importante.
Antes de salir, añadió sin mirarla:
—Sí, perdí tiempo… pero no fue solo mi decisión.
Subió a su cuarto, cerró la puerta y se recargó en ella. Sabía que nada cambiaría. Por la mañana volverían a fingir normalidad.
Despertó con la cabeza pesada y la boca amarga. Eran las siete. En la cocina no estaba su madre. Se preparó café, dejó una nota rápida —“Regreso tarde”— y se fue.
En la oficina, Andrés Quiñones le llevó documentos y ella se sumergió en el trabajo. Cerca de las dos, sonó el teléfono. Era Margarita Beltrán, la empleada doméstica.
—Señora Verónica… Consuelo no está —dijo, alterada.
—¿Cómo que no está?
—Busqué por toda la casa. Su celular está en la recámara.
Verónica salió disparada. Avisó a Andrés, canceló reuniones y condujo de regreso. Llamó a Alicia Cornejo, luego a Teresa Ugalde. Nadie sabía nada.
Entonces pensó en el cementerio. Con el corazón acelerado, manejó hasta ahí. Veinte minutos eternos.
Corrió entre las tumbas hasta la de su padre. Había flores frescas, pero Consuelo no estaba. Se sentó en la banca, derrotada, y mirando la fotografía de Ernesto Valdivia en la lápida, murmuró entre sollozos, preguntándose a dónde pudo haberse ido su madre y por qué todo había tenido que llegar a ese punto.
