…matrimonio.
—Gracias por avisarme.
Cargué la caja hasta el coche y me senté un momento en el estacionamiento, con las manos todavía apoyadas en el volante, dejando que la información terminara de asentarse. Emiliano Valencia sin trabajo. Emiliano me debía dinero. Emiliano expuesto y desacreditado públicamente en la empresa donde había construido toda su identidad adulta. Respiré hondo y abrí la caja.
Dentro encontré restos de una vida que alguna vez creí sólida. Fotografías nuestras de tiempos más ligeros: una tomada durante aquel viaje a París, otra en la boda de mi prima, sonrisas que ahora parecían pertenecerle a otras personas. Estaba también la pluma fuente Montblanc que le regalé en nuestro séptimo aniversario, con las iniciales grabadas, un detalle que en su momento me pareció eterno. Había varios libros de estrategia empresarial subrayados, como si el éxito pudiera aprenderse a fuerza de marcadores. Una taza blanca con la frase “El Mejor Esposo del Mundo”, comprada en Tiger como una broma cariñosa. La ironía era tan brutal que estuve a punto de soltar una carcajada.
Hasta el fondo de la caja apareció algo que no esperaba: un sobre blanco, cerrado, con mi nombre escrito a mano. Reconocí de inmediato la letra apresurada de Emiliano.
Lo sostuve unos segundos sin decidirme. Podía tirarlo a la basura sin leerlo. Podía romperlo. Podía dejarlo ahí para siempre. Al final, lo abrí.
La carta estaba fechada una semana atrás.
“Regina:
Sé que no contestas mis llamadas ni mis mensajes. No te culpo. Aun así, necesito que sepas que jamás quise que todo terminara de esta manera. Cometí errores, errores serios. Me dejé arrastrar por algo que parecía emocionante y distinto, y perdí de vista lo que de verdad importaba. Cuando reaccioné, ya era demasiado tarde.
La infidelidad estuvo mal. Ocultar el dinero estuvo mal. No te escribo para pedirte perdón, porque sé que no lo merezco. Solo necesito que sepas que lo lamento. Lamento el dolor que te causé. Lamento haber faltado al respeto a nuestro matrimonio. Lamento haber destruido diez años de algo bueno por ser egoísta y estúpido.
Lo perdí todo: mi trabajo, mi reputación, mi matrimonio. Me lo gané. Soy consciente. Y también sé que tú merecías mucho más de lo que yo te di. Ojalá algún día seas feliz con alguien que te trate como debiste haber sido tratada desde el principio. Alguien que no te dé por sentada.
Fui un imbécil.
Lo siento,
Emiliano.”
Leí la carta dos veces. Luego la doblé con cuidado y la devolví al sobre.
Era una disculpa correcta. Bien redactada. Probablemente sincera dentro de su propio narcisismo. Pero no cambiaba nada. Un “lo siento” no deshacía la traición. Un “lo siento” no borraba seis meses de humillación pública. Un “lo siento” no me regresaba el tiempo ni la energía emocional que gasté tratando de mantenerme entera mientras él paseaba a su amante por Madrid como si nada.
Además, noté algo más: incluso en la disculpa, todo giraba en torno a él. Sus errores, sus pérdidas, su caída. Hasta su arrepentimiento estaba centrado en su propio reflejo.
Volví a meter la carta en la caja, cerré la tapa y manejé de regreso a casa. La caja terminó en la cochera, junto a equipo de campamento viejo y adornos navideños rotos. Fuera de la vista. Algo que quizá resolvería después… o nunca.
Esa noche, Itzel Navarro vino a cenar, como solía hacerlo una vez por semana. Yo había retomado el gusto por cocinar, ya no como una obligación sino como un placer. Preparé lasaña casera y pan de ajo.
—Te ves tranquila —comentó Itzel al aceptar una copa de vino.
—Me siento tranquila —respondí, sorprendida de que fuera verdad.
—¿Supiste algo de Emiliano?
—La empresa me llamó. Lo despidieron. Y dejó una carta disculpándose por todo.
Los ojos de Itzel se abrieron con sorpresa.
—¿Y tú cómo estás con eso?
—No lo sé. Una disculpa no cambia lo que pasó. No pienso contestar. ¿Qué podría decirle? ¿“Gracias por disculparte por intentar vaciar mis ahorros”? Ya no hay conversación posible. Todo eso quedó atrás.
Seguimos cenando y hablamos de otras cosas: su trabajo, un chico nuevo con el que había empezado a salir, planes vagos para el fin de semana.
Después de levantar la mesa, salimos al patio. El jardín estaba descuidado; las hierbas malas crecían entre las plantas. Pequeños proyectos que ahora sí tenía energía para enfrentar.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Itzel después de un rato—. ¿Has pensado en salir con alguien?
Consideré la idea con honestidad. ¿Estaba lista?
—No lo sé. Tal vez más adelante. Por ahora estoy enfocada en otras cosas: crecer en el trabajo, arreglar la casa, volver a armar mi vida.
—Eso está bien. Solo no te cierres del todo. Sé que Emiliano te lastimó, pero no todo el mundo es igual.
—Lo sé, al menos en teoría. Pero volver a confiar… eso se siente complicado. Yo confié por completo en él. Y mira cómo acabó todo.
La semana siguiente tuve la entrevista formal para el puesto de Coordinadora. Me preparé con detalle, armando una presentación clara sobre mi visión para el departamento. El comité estaba integrado por el director, la coordinadora pedagógica y dos miembros del consejo escolar.
—¿Cuál diría que es su mayor fortaleza como orientadora? —preguntó uno de ellos.
—Escuchar —respondí—. Escuchar de verdad. No solo lo que los alumnos dicen, sino lo que callan. Y crear espacios seguros donde puedan hablar sin miedo a ser juzgados.
Al finalizar, Mónica Delgado me dedicó una sonrisa sincera.
—Tomaremos una decisión esta semana, pero puedo decirle que nos dejó muy buena impresión.
Tres días después me ofrecieron el puesto.
Esa noche celebré sola en casa. Puse música que me gustaba y bailé en la sala. Era mi momento. Mi logro. La confirmación de que la vida seguía avanzando.
Mi papá llamó para felicitarme y, de paso, darme noticias.
—Emiliano contactó a Alberto Velázquez ayer. Quería apelar la sentencia.
Se me encogió el estómago.
—¿Vas a hacerlo?
—Lo pensé, pero Velázquez le dijo que sería tirar el dinero. Con las pruebas que hay, ningún tribunal de apelación revertiría eso. Emiliano se rindió.
Un alivio profundo me recorrió el cuerpo.
—Entonces… ¿ya terminó?
—Terminó. Solo queda asegurarnos de que pague. Si se atrasa, vamos a embargarle todo.
La primavera llegó a Madrid con días más largos y una luz dorada. Retomé el hábito de correr por las mañanas en el Parque del Retiro, algo que hacía antes de casarme y que había abandonado. La rutina me ayudó: ejercicio, aire fresco, silencio.
Una mañana pasé frente a un centro cultural que anunciaba clases de pintura. Sin pensarlo demasiado, entré y me inscribí.
El jueves por la noche llegué al estudio con nervios. La instructora, Ana Herrera, una mujer de sesenta y tantos años cubierta de manchas de pintura, nos pidió que trabajáramos una escena de paisaje.
Al principio mi mano estaba torpe, rígida, pero poco a poco la memoria corporal regresó. El placer de mezclar colores, de ver formas aparecer sobre el lienzo.
—Tienes buen ojo para el color —me dijo Ana—. Sigue viniendo. Tu estilo va a reaparecer.
Colgué el cuadro en mi recámara. No era una obra maestra, pero simbolizaba algo esencial: estaba recuperando partes de mí que había dejado en pausa.
Una tarde, en la escuela, una de mis alumnas, Alejandra Soto, entró a mi oficina llorando.
—Mis papás se van a divorciar —dijo entre sollozos—. Y es por mi culpa.
Le ofrecí pañuelos y la dejé llorar. Luego hablé con suavidad.
—Un divorcio nunca es culpa de los hijos, Alejandra. Los adultos toman sus propias decisiones.
Dudé un instante antes de compartir algo personal.
—Yo me divorcié hace poco —le conté—. Fue doloroso. Pero no fue culpa de nadie. Fue porque mi esposo y yo no supimos hacerlo funcionar.
Alejandra me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Te sentiste culpable?
—Por un tiempo, sí. Luego entendí que hice todo lo que estaba en mis manos. Algunas relaciones simplemente terminan. Y eso no significa que alguien haya fallado. Significa que hay que seguir adelante.
Cuando se fue, entendí que al ayudarla también me estaba ayudando a mí. Estaba transformando mi dolor en una herramienta para sanar a otros.
Esa noche escribí en mi diario: “Hoy ayudé a una alumna a enfrentar el divorcio de sus padres. Le hablé del mío. Fue extraño y correcto al mismo tiempo. Tal vez así se ve la redención: no borrar el dolor, sino usarlo para aliviar el de alguien más”.
Emiliano me había quitado muchas cosas: confianza, estabilidad financiera temporal, paz mental. Pero no me había arrebatado todo. Mi fortaleza, mi capacidad de crecer y de construir una vida digna seguían intactas. Siempre fueron mías.
PARTE 4: PORTUGAL Y EL RENACER DE REGINA
Tres meses después del fallo definitivo, mi vida había encontrado un ritmo que se sentía nuevo y, al mismo tiempo, perfectamente ajustado. Las mañanas comenzaban con el aire fresco del Retiro, mis días laborales tenían sentido en mi nuevo puesto como coordinadora y las tardes me pertenecían por completo.
Llegó el momento de la liquidación de bienes. Un martes por la mañana apareció en mi cuenta una transferencia enorme: el setenta por ciento de todo. La cifra me mareó, pero más que el dinero, lo que representaba era libertad. Seguridad. La posibilidad real de decir “no” a lo que no quería y “sí” a lo que siempre había postergado.
Decidí usar una parte para remodelar la casa —despedirme de los muebles que Emiliano eligió—, otra para una cuenta de ahorro intocable. Y una tercera, para algo solo para mí. Algo frívolo y necesario.
—Deberías viajar —me dijo Itzel una noche—. Un viaje de verdad. No una escapada corta. Vete lejos.
—Ya he estado viendo opciones —admití—. Portugal. Siempre quise recorrer la costa, del Porto al Algarve.
—Hazlo. Y hazlo sola. Te va a cambiar.
Reservé el viaje para julio: tres semanas, coche rentado, hoteles pequeños, sin itinerario rígido.
Cuando se lo conté a mis compañeros, Silvia Vargas me miró con admiración.
—¿Sola? Qué valiente. Yo no podría.
—Creo que lo necesito —respondí—. Necesito saber quién soy cuando nadie me está mirando.
El día que aterricé en Lisboa, el calor era intenso pero lleno de vida. La ciudad olía a mar, a pasteles de nata y a piedra antigua. Me alojé en un hotel pequeño en Alfama, con vista al río Tajo.
Los primeros días fueron raros. Comer sola, caminar sola por calles empedradas. Sentía miradas imaginarias, como si la gente se preguntara por qué una mujer de mi edad viajaba sin compañía. Al tercer día, esa sensación se disolvió y dio paso a una alegría serena.
Podía despertar cuando quisiera. Comer lo que se me antojara. Pasar horas en un museo o sentarme a leer sin negociar con nadie.
Una tarde ventosa en Porto, estaba en una terraza tomando Vinho Verde y escribiendo en mi diario cuando el hombre de la mesa contigua me habló.
—Disculpa, ¿eres escritora? Llevas una hora escribiendo sin parar.
Alcé la vista. Tenía unos cuarenta años, aspecto de viajero, barba bien cuidada y un libro sobre la mesa. Hablaba con acento británico.
—No —respondí en inglés—, solo estoy… procesando cosas.
—Soy Ignacio Ayala.
—Regina.
Ignacio era arquitecto, vivía en Londres y estaba haciendo un recorrido fotográfico por la arquitectura de Porto. Conversamos dos horas: de viajes, libros, edificios. No mencioné mi divorcio. No mencioné a Emiliano. Por primera vez en mucho tiempo, no era “la divorciada”. Era solo Regina, una mujer viajando por Portugal.
—¿Te gustaría cenar conmigo? —preguntó cuando el sol empezó a ocultarse—. Conozco un lugar increíble cerca del puente.
Dudé apenas un segundo. La voz de Itzel resonó en mi cabeza: “No te aísles”.
—Me encantaría.
La cena fue sencilla y maravillosa. Sin expectativas exageradas, solo una conexión genuina. Ignacio era atento, divertido, sabía escuchar. Me habló de su vida en Londres; yo, de mi nuevo trabajo.
Al final me acompañó al hotel.
—Mañana regreso a Lisboa —dijo—. Pero fue un gusto conocerte, Regina.
—Igualmente, Ignacio.
No hubo beso, solo un abrazo cálido y el intercambio de números.
Subí a mi habitación sintiéndome… viva. No porque me hubiera enamorado, sino porque comprobé que aún podía conectar. Que mi corazón no estaba roto, solo en pausa.
El resto del viaje fue una cadena de descubrimientos. Conduje hacia el sur, paré en playas escondidas de la Costa Vicentina, nadé en el Atlántico helado, comí pescado asado en bares de madera frente al mar.
Una tarde, sentada en los acantilados de Sagres viendo el atardecer en el punto más al suroeste de Europa, sentí que algo se aflojaba en mi pecho. Un nudo antiguo.
Escribí en mi diario: “Me perdoné. Por confiar, por no ver las señales, por hacerme pequeña. Hice lo mejor que pude con lo que sabía entonces. Hoy sé más. Hoy soy más. Estoy lista”.
Regresé a Madrid bronceada, con el cabello más claro y una calma que mis amigos notaron enseguida.
—Estás distinta —dijo mi papá en agosto—. Radiante.
—Me siento bien, papá. De verdad.
En septiembre arranqué oficialmente como coordinadora. Mi oficina era más grande, con mesa de juntas. Me entregué al trabajo: programas de mentoría, talleres para padres, capacitación docente sobre ansiedad.
En noviembre, la directora del distrito me llamó.
—Regina, tus programas están dando resultados extraordinarios. Queremos que presentes tu modelo en la conferencia regional de enero. Y estamos considerando crear un puesto distrital para que supervises a todos los orientadores.
—Sería un honor —respondí, sintiendo que el vértigo del éxito era infinitamente mejor que el del miedo.
Mientras tanto, Emiliano seguía apareciendo solo como una nota al pie en mi estado de cuenta. Los pagos llegaban puntuales… al principio.
En octubre se retrasó tres días. En noviembre, una semana. En diciembre, sonó el teléfono.
—Regina, soy yo.
Reconocí la voz, más áspera, más cansada.
—No deberías llamarme. Habla con mi abogado.
—Por favor, escúchame un momento. Trabajo como freelance, pero el mercado está fatal. No puedo seguir el ritmo. Necesito renegociar, aunque sea temporalmente.
Sentí tristeza, no compasión. Realidad.
—La resolución es clara. Si no puedes pagar, solicita una modificación ante el juez y demuestra un cambio sustancial. Pero un despido con causa justificada no suele ser argumento válido.
—¡Eres vengativa! —su tono volvió a ser agresivo—. ¡Tú tienes todo! ¡La casa! ¡Yo vivo en un estudio horrible en Vallecas!
—Estoy siendo justa. Y voy a colgar.
Colgué y llamé a Alejandro Vázquez.
—Me llamó —le dije—. Dice que no puede pagar.
—Que lo solicite ante el juez —respondió mi padre con calma—. Dudo que lo haga. Sabe que revisaremos cada peso que gane. Pagará.
Y pagó. Con retraso, pero pagó.
Llegó la Navidad. Decoré la casa como nunca: luces, un árbol enorme, guirnaldas. Organicé una fiesta para amigos y colegas. Veinte personas riendo en mi sala.
Miré alrededor: Itzel conversando animada, mi papá charlando con el director, mi casa llena de colores y cuadros pintados por mí.
Había reconstruido mi vida desde cero. Emiliano intentó dejarme en ruinas, pero sin saberlo preparó el terreno para algo mejor.
A medianoche de Año Nuevo, Itzel y yo brindamos.
—El año pasado estabas llorando —me recordó.
—El año pasado sobrevivía —corregí—. Este año estoy viviendo.
Mi celular vibró. Un mensaje del Reino Unido.
“Feliz Año Nuevo, Regina. Espero que 2026 sea increíble. Aún pienso en nuestra cena en Porto. ¿Vendrás a Londres pronto? —Ignacio”
Sonreí y respondí.
“Feliz Año Nuevo. Tal vez antes de lo que imaginas.”
Guardé el teléfono y miré los fuegos artificiales sobre Madrid. El futuro era una hoja en blanco y, por primera vez, la pluma estaba en mis manos.
FIN
