Todo quedó bajo control en cuanto tomé el mando de las pantallas. Mariana Cárdenas ya tenía listos los documentos, ordenados y clasificados como si se tratara de una auditoría impecable.
Me arreglé sin prisas, disfrutando cada movimiento. El vestido rojo se me ajustaba perfecto, como si lo hubieran diseñado pensando en esa noche. Cargué la mano con el maquillaje; ojos marcados, labios del mismo rojo intenso del vestido. Rematé con mis tacones más altos, los que siempre me daban una postura distinta, más firme.
El trayecto hasta la residencia de Lorena Pacheco, en La Moraleja, fue silencioso. Nadie dijo una palabra. Al llegar, la escena parecía sacada de una revista de lujo: la fachada iluminada como si fuera un castillo moderno, autos de alta gama acomodados en la glorieta y meseros deslizándose con charolas de jamón ibérico y copas de champaña francesa.
Lorena nos recibió en la entrada. Llevaba un vestido de diseñador que, sin exagerar, seguramente costaba más que el coche de mi hermano. Su sonrisa no era amable; era calculada, casi de cacería.
—Adriana Cervantes… —dijo, recorriéndome con la mirada—. Vaya vestido. Bastante… rojo.
—Gracias, Lorena. Tú también te ves espectacular —respondí con calma.
—Te noto distinta esta noche. Segura de ti. No es lo habitual —añadió, ladeando la cabeza.
Le devolví la sonrisa, sin bajar la guardia.
—Supongo que es el espíritu de Año Nuevo. Nuevas etapas, nuevas decisiones.
Más tarde, cerca de la barra, apareció Mónica Treviño con un vestido cubierto de lentejuelas que rozaba lo excesivo.
—Adriana, qué gusto que vinieras. Este año va a marcar un antes y un después, lo siento —comentó entusiasmada—. Se viene un cambio enorme.
“Si supieras”, pensé, guardándome la respuesta.
A las diez de la noche vi llegar a Paula Ibarra. Vestía de plateado y caminaba del brazo de un hombre que no conocía, claramente una coartada para despistar. Aun así, sus ojos recorrían el salón buscando a Emilio Salazar. Me acerqué.
—Paula, qué sorpresa verte por aquí.
Se puso tensa al instante.
—Adriana… yo… espero que no te moleste que esté aquí. Emilio dijo que su familia nos había invitado.
—Por supuesto que no —contesté—. Cualquier “amigo” de Emilio es bienvenido. Disfruta la noche. Seguro será inolvidable.
A las once en punto, Lorena pidió silencio y captó la atención de todos.
—Gracias por acompañarnos. Tenemos algunos anuncios importantes que haremos justo antes de las uvas —anunció con voz solemne.
Los aplausos llenaron el salón. Vi a Mónica sonreír con malicia contenida. Emilio lucía inquieto, pero decidido. Ese era el momento que ellos habían planeado para exhibirme. Lo que no sabían era que la fiesta iba a cambiar de rumbo.
A las once con veinticinco confirmé desde mi celular que la conexión al sistema que Rodrigo Mena había preparado funcionaba sin fallas.
Cinco minutos después, un empleado entró empujando una caja grande, azul intenso.
—Señora Lorena, acaban de entregar esto. Es un obsequio especial. Las instrucciones indican que debe abrirse antes de las uvas.
Lorena frunció el ceño, intrigada. No estaba en su guion, pero su vanidad pudo más.
—Tráiganlo. Mónica, ayúdame.
Me desplacé discretamente hasta un punto donde podía verlo todo y, al mismo tiempo, tener cerca la salida hacia la terraza. El corazón me latía con fuerza, pero mi mente estaba clara.
Romperon el empaque. Al asomarse al interior, sus expresiones lo dijeron todo. Carpetas. Muchas. El color se le fue del rostro a Lorena. Mónica contuvo el aliento. Emilio se acercó, desconcertado.
—¿Mamá? ¿Qué es eso?
Lorena sacó una fotografía: Emilio besando a Paula. Mónica abrió su carpeta y palideció al reconocer pruebas del desvío de dinero.
El murmullo se apagó. El silencio pesó en el ambiente. Supe que era ahora o nunca. Avancé al centro del salón con el celular en la mano.
—Yo puedo aclararlo —dije en voz alta—. Ese regalo lo mandé yo. Pensé que ya era hora de que todos conocieran la verdad.
Las miradas se clavaron en mí.
—Hace dos semanas —continué, firme— escuché a Lorena, Mónica y Emilio planear cómo humillarme esta noche. Fabricaron evidencias falsas de una supuesta infidelidad para forzar un divorcio y limpiar el nombre de Emilio. Todo eso pensaban proyectarlo aquí.
Se escucharon exclamaciones ahogadas.
—¡Eso es absurdo! —gritó Lorena, aunque su voz temblaba.
—¿Seguro? —levanté el celular—. Rodrigo, dale play.
Las pantallas gigantes se encendieron. No mostraron lo que ellos esperaban.
El título apareció claro: LA VERDAD SOBRE LA FAMILIA SALAZAR.
Las imágenes se sucedieron sin piedad: Emilio y Paula en un hotel, recibos de joyas, videos burlándose de mí. Luego, documentos que probaban cómo Mónica había vaciado cuentas familiares. Finalmente, el audio de la cena navideña. La voz de Lorena, fría, estratégica, detallando mi caída.
Nadie se movía. El único sonido era el del video. Paula lloraba en un rincón. Emilio parecía desmoronarse.
Cuando terminó, Lorena intentó recomponerse.
—Esto… esto es un montaje.
—Nada de eso —respondí—. Todo fue verificado por investigadores privados. Hay copias en la nube, en manos de mi abogado, y programadas para enviarse a la prensa si intentan tocarme.
Miré a Emilio.
—¿Sabes qué es lo que más duele? No la mentira, sino tu cobardía. Preferiste destruirme en público antes que decirme la verdad de frente.
Saqué un sobre de mi bolso.
—Aquí están los papeles del divorcio. Quiero lo que me corresponde de los negocios que ayudé a levantar y salir de esta familia enferma.
Se lo entregué. Le temblaban las manos.
—Lorena, Mónica… no tengo nada más que decirles. Ya no finjan aceptación.
Recorrí el salón con la mirada. La élite madrileña observaba en shock.
—Perdón por arruinar la fiesta. Ustedes iban a arruinar mi vida. Feliz Año Nuevo.
Me di la vuelta y caminé hacia la salida. El vestido rojo se movía con cada paso.
—¡Adriana! —gritó Lorena—. ¡Regresa! ¡Destruiste a esta familia!
Me detuve en la puerta y volteé por última vez.
—No, Lorena. Ustedes se destruyeron solos. Yo solo prendí la luz.
Afuera, el aire de diciembre cortaba la piel. Un auto negro esperaba con el motor encendido. Enrique Ledesma bajó y me abrió la puerta.
—¿Ya terminó todo? —preguntó.
—Sí. Ya está hecho.
Subí al coche justo cuando las campanas comenzaron a sonar a lo lejos. Mientras Madrid celebraba comiendo uvas, yo me alejaba de la mansión, de las mentiras y de años de dolor.
PARTE 4: RENACER
Desperté el primero de enero en un hotel, con mi mamá y mi hermano cerca. El celular no dejaba de vibrar. El video se había filtrado; era tendencia. No me importó.
En los meses siguientes, la caída de los Salazar fue imparable. Socios que se retiraban, contratos cancelados. El padre de Emilio, ajeno a todo, tomó el control y obligó a Mónica a devolver el dinero. Emilio y Paula terminaron entre reproches y escándalos.
El divorcio salió rápido y con un acuerdo generoso para evitar más exposición. Con esos recursos fundé mi propia agencia de consultoría: Verdad y Estrategia.
Hoy, un año después, estoy sentada en la terraza de mi departamento, luminoso, decorado a mi manera. El negocio crece, me rodean personas genuinas y recuperé algo que creí perdido: mi sonrisa.
A veces, vengarse no es herir, sino elegirse a uno mismo cuando nadie más lo hizo. Intentaron enterrarme, sin saber que era semilla. Y ahora, por fin, florecí.
