—…rara —alcancé a decir, respirando hondo.
—No te disculpes —me interrumpió Mariana Cárdenas con tono firme—. Dime qué pasó. Te escucho tensa, como si cargaras el mundo encima.
—Necesito una abogada de divorcios. De las buenas. Y, sobre todo, a alguien en quien pueda confiar sin reservas.
La calidez desapareció de inmediato de su voz y dio paso a una seriedad profesional que siempre le admiré.
—Habla —pidió, directa.
Hice exactamente lo mismo que ya había hecho con Esteban Velasco: no guardé nada. Le conté todo con lujo de detalle, desde la traición hasta el plan torcido que estaban cocinando a mis espaldas.
—Qué par de monstruos —soltó Mariana cuando terminé—. Bien, pon atención. Vamos paso a paso. Primero: no dejes que sospechen que tú sabes algo. Sigue actuando como la esposa perfecta. Segundo: reúne absolutamente todos los documentos financieros que encuentres. Estados de cuenta, movimientos de la empresa, declaraciones de impuestos. Todo. Tercero: empieza a separar tus bienes personales. Abre una cuenta a tu nombre en otro banco y ve moviendo lo que sea tuyo.
—¿Eso es legal? —pregunté, todavía con miedo de dar un paso en falso.
—Si es dinero tuyo, claro que sí. Tú trabajas en la empresa, ¿no?
—Me encargo del marketing. En cinco años tripliqué las ventas en línea.
—Entonces es aún mejor. Tienes derecho a una compensación por tu aportación al crecimiento del negocio, además de lo que te corresponde como parte de la sociedad conyugal. ¿Tienes pruebas de tu trabajo?
—Correos, reportes, métricas, resultados de campañas. Nunca tiro nada.
—Excelente. Envíame copias. Vamos a asegurarnos de que recibas cada peso que te toca. Y Adriana… vas a estar bien. Más que bien. De esta sales más fuerte.
La semana siguiente dejé de ser yo y me convertí en un papel cuidadosamente ensayado. De día, era la Adriana que todos conocían. Le sonreía a Emilio Salazar como si nada. Iba a la oficina central en Santa Fe como cualquier otra mañana. Comía con Mónica Treviño, quien fingía ser mi amiga mientras, seguramente, planeaba mi caída entre bocado y bocado de ensalada César. Acompañé a Lorena Pacheco a un evento benéfico y agradecí, con la mejor de mis actuaciones, que me hubiera “incluido”.
Pero al caer la noche, emergía otra versión de mí. Mientras Emilio dormía, yo copiaba archivos y descargaba registros financieros. Me reunía con Esteban para revisar las fotos y los videos que su equipo había conseguido. Emilio y Paula Ibarra no se cuidaban en absoluto: se veían religiosamente en el mismo hotel boutique del centro los martes y jueves. Comían juntos casi a diario. El archivo ya sumaba cientos de imágenes, pruebas contundentes de una relación extramarital.
Gracias a Esteban, salió a la luz algo más. Mónica llevaba años desviando pequeñas cantidades de la empresa familiar para alimentar su adicción a las compras en línea y a las apuestas deportivas. Y Lorena… bueno, Lorena había dejado un rastro vergonzoso de correos con el fotógrafo turbio que contrató para fabricar las fotos falsas mías.
Todo empezaba a encajar con una precisión casi quirúrgica.
Una semana antes de Año Nuevo, Esteban me llamó con novedades.
—Ya lo tenemos todo —me aseguró—. Videos, fotografías, movimientos financieros que prueban el uso indebido de fondos, registros telefónicos. Es irrefutable.
—Perfecto —respondí—. Justo lo que voy a necesitar.
Ese mismo día conocí a Rodrigo Mena, un especialista en tecnología que Esteban me recomendó sin dudar.
—Entonces, ¿quieres armar una presentación? —preguntó, curioso.
—Más que eso —aclaré—. Quiero un video que lo muestre todo: la infidelidad, las pruebas, la línea de tiempo, el desfalco de mi cuñada y la conspiración de mi suegra. Tiene que ser claro, imposible de negar. Quiero que se proyecte en las pantallas gigantes que ella mandó instalar para humillarme. ¿Puedes intervenir el sistema para que pase mi material en lugar del suyo?
Rodrigo sonrió con picardía.
—Puedo hacer que parezca un documental de Netflix —dijo—. Con que me des acceso al Wi‑Fi de la casa o a un puerto USB, está hecho. ¿Para cuándo lo necesitas?
—La noche del 31. Justo antes de las campanadas.
Descubrí que planear una venganza se parece mucho a organizar una boda: requiere obsesión por los detalles, tiempos exactos y que todo funcione en perfecta sincronía. La diferencia es que una celebra el amor y la otra lo sepulta sin ceremonias.
Con Mariana trabajé cada documento legal. Ella dejó listos los papeles del divorcio, alegando adulterio y solicitando una repartición justa de los bienes. También preparó mi renuncia formal a la empresa y un expediente que demostraba, con números, cuánto valor había aportado yo a lo largo de los años.
Aun así, ganar en lo legal no me bastaba. Yo quería que sintieran, aunque fuera un poco, lo que yo sentí aquella noche en el pasillo de la casa de Lorena. Quería exponerlos. Que quedaran en evidencia frente a todos los que admiraban.
Así que diseñé la entrega perfecta. Mandé hacer una caja de regalo grande, elegante, de esas que ves en las boutiques de lujo de Polanco: azul marino, con un moño plateado impecable. Dentro coloqué carpetas individuales, una para cada miembro de la familia.
La de Lorena contenía pruebas detalladas de cómo había orquestado el plan para fabricar evidencia falsa. La de Mónica revelaba cada peso que había desviado. La de Emilio era la más gruesa: ahí estaba documentado todo su romance con Paula. Además, incluí un pen drive con el video completo.
También pensé en mí. Salí de compras y me regalé ropa para la vida que venía. Colores intensos que siempre me habían gustado y que dejé de usar porque Lorena decía que eran “demasiado llamativos”. Compré un vestido rojo espectacular para la fiesta. Rojo sangre. Rojo pasión. Rojo peligro.
Esa noche llamé a mi mamá. Vivía en un barrio sencillo de Iztapalapa y jamás había simpatizado con Emilio ni con su familia pretenciosa, aunque siempre fue demasiado educada para decirlo de frente.
—Mamá —le dije cuando contestó—, necesito contarte algo.
Se lo conté todo. Y, a diferencia de cuando hablé con Esteban y Mariana, con ella sí lloré. Porque era mi madre y no tenía que fingir fortaleza.
—Ay, hija —me dijo con ternura—. Estoy tan orgullosa de ti. No dejes que te destruyan. Aquí estamos contigo: tu papá, tu hermano Enrique Ledesma y yo.
—Quiero que Enrique esté cerca esa noche —le pedí—. Voy a necesitar una salida rápida.
—Ahí estará —me aseguró—. Con el coche encendido.
Llegó, por fin, la víspera de Año Nuevo.
La mañana del 31 de diciembre amaneció con una normalidad engañosa. El sol de invierno se colaba por las ventanas del cuarto. Emilio despertó de buen humor y me dio un beso en la frente antes de meterse a bañar.
—Mamá quiere que estemos allá a las ocho para recibir a los invitados —gritó desde el baño—. Ya sabes cómo se pone con la puntualidad.
—Claro —contesté, mirando fijamente al techo. Ese era el último día de mi vida anterior.
Me levanté y preparé el desayuno, como había hecho incontables veces. Emilio bajó las escaleras con un traje carísimo, listo para salir.
—Tengo reuniones de último momento —comentó—. Cierre del año fiscal.
Yo sabía perfectamente que iba a ver a Paula. Asentí y sonreí.
—Te noto callado —dije cuando levantó la vista del celular—. ¿Nervioso por la fiesta?
—Es la emoción de esta noche —respondió—. Va a ser inolvidable.
Cuando se fue, me di un baño largo, casi ceremonial. Necesitaba concentración. El plan estaba sólido: Esteban había confirmado que la caja sería entregada a las 11:30 de la noche como un “regalo sorpresa”, Rodrigo tenía el video listo y todo estaba encaminado para que, al caer la noche, nada quedara fuera de su lugar y la siguiente parte de la historia pudiera comenzar sin contratiempos.
