«Cuando lo mostremos a todos, minutos antes de la medianoche, nadie pondrá en duda el divorcio» — dijo Lorena con una risita que dejó a Adriana helada

Qué traición tan cruel y despreciable.
Historias

…aquellos ojos que durante años juré ver colmados de ternura. Ahora, al sostenerle la mirada, no encontraba nada de eso: frente a mí solo había un farsante, un infiel sin agallas, alguien capaz de mentir con la misma facilidad con la que respiraba.

—Estoy bien —mentí, dibujando una sonrisa correcta, pulida—. De hecho, mejor que bien. Acabo de entender algo fundamental.

—¿Ah, sí? ¿Y eso qué es? —preguntó Emilio Salazar con desinterés apenas disimulado, mientras revisaba la hora en su reloj de lujo.

—Que he desperdiciado demasiado tiempo —respondí con calma—. Pero ya se acabó.

Soltó una carcajada, convencido de que hablaba de algún asunto laboral o de una de mis supuestas obsesiones pasajeras.

—A veces eres muy rara, ¿sabías?

—Sí —murmuré—. Lo sé perfectamente.

Sobreviví al resto de la cena con una precisión casi quirúrgica. Me reí en los momentos correctos de las historias interminables de Lorena Pacheco sobre sus escapadas a Suiza. Halagué el nuevo corte de cabello de Mónica Treviño, aunque por dentro pensaba que la hacía ver fatal. Cumplí, por última vez, con el papel de nuera impecable. Y cuando Emilio nos llevó de regreso a casa esa noche en su Audi negro, jamás habría imaginado que la mujer sentada a su lado ya estaba diseñando, paso a paso, su caída.

—¿Ves? No estuvo tan mal —comentó él al cerrar la puerta del garaje de nuestra casa en Polanco.

—No —admití—. Para nada. Fue… revelador.

Esa noche me acosté junto a mi esposo, escuchando su respiración pesada convertirse en ronquidos, y me hice una promesa silenciosa. Querían humillarme. Pretendían borrarme. Planeaban arrebatarme todo lo que había construido para luego desecharme como si no valiera nada. Perfecto. Ese juego podía jugarlo yo también… y mucho mejor. Cuando todo terminara, Emilio Salazar y su familia lamentarían no haberme dejado marchar sin ruido. Porque si creían que iba a quedarme de brazos cruzados mientras me destrozaban, era evidente que nunca me habían conocido de verdad.

Durante siete años fui la mujer comprensiva, la esposa paciente, la que tragaba el orgullo ajeno y sonreía frente a insultos disfrazados de bromas. Esa versión de Adriana Cervantes murió esa noche, en el pasillo del departamento de Lorena. La mujer que despertaría al día siguiente era distinta. Tenía un plan. Y todo comenzó con tres palabras que repetía como un rezo obstinado: reunir pruebas.

PARTE 2: ESTRATEGIA Y VERDAD

A la mañana siguiente al infame banquete, desperté con una claridad mental casi dolorosa. Emilio ya se había ido a su “reunión tempranera”, que ahora sabía que probablemente implicaba desayunar con Paula Ibarra. Aquello me regaló algo invaluable: tiempo.

Empecé por su computadora portátil. Emilio nunca fue cuidadoso con las contraseñas; su soberbia lo hacía torpe. Usaba la misma combinación para todo: la fecha de nacimiento de su madre y el año en que fundaron la empresa familiar. En menos de cinco minutos ya estaba dentro de su correo personal y de su nube.

Lo que encontré me revolvió el estómago. Meses enteros de mensajes entre él y Paula. Declaraciones empalagosas, planes para un futuro juntos, conversaciones frías y calculadas sobre lo que harían una vez que “el asunto de Adriana” quedara resuelto. Había facturas de hoteles en Querétaro y San Miguel de Allende, cuentas de restaurantes con estrellas Michelin y hasta el comprobante de una joyería en Avenida Masaryk por una pulsera que costó más que el anillo con el que me pidió matrimonio.

No lloré. Para él ya no me quedaban lágrimas. En lugar de eso, documenté todo. Capturas de pantalla, respaldos, copias. Cada correo, cada recibo, cada mensaje asqueroso en el que se burlaban de mi confianza. Aun así, sabía que no bastaba. Necesitaba pruebas que resistieran ante un juez y ante la opinión pública. Evidencia tan sólida que ni el dinero ni las influencias de Lorena pudieran borrar. Algo irrefutable.

Fue entonces cuando llamé a Esteban Velasco.

Esteban Velasco era un investigador privado a quien había conocido dos años antes en una gala benéfica del Hospital ABC. Hablamos de su trabajo, me dio su tarjeta y bromeó diciendo que lo buscara si alguna vez necesitaba desenmascarar a un cónyuge infiel o destapar fraudes empresariales. En aquel momento me reí y guardé la tarjeta sin pensarlo. Ahora la encontré, arrugada, al fondo de un cajón, y marqué su número.

—Velasco Investigaciones —contestó al segundo timbrazo.

—Hola, Esteban. Soy Adriana Cervantes… la de la gala del hospital.

—Claro que me acuerdo de ti —respondió con cordialidad—. La especialista en marketing. ¿En qué puedo ayudarte?

—Necesito contratarte. Mi esposo tiene una aventura y su familia está preparando algo para culparme. Requiero pruebas. Muchas. Y las necesito ya.

—¿Qué tan pronto?

—Tengo menos de dos semanas. Antes de la víspera de Año Nuevo.

Hubo un breve silencio.

—Es poco tiempo —admitió—, pero es posible. ¿Cuándo nos vemos?

Quedamos de encontrarnos esa misma tarde en un café discreto de la Roma Norte, lejos de miradas conocidas y del territorio habitual de Emilio. El resto de la mañana actué con normalidad: respondí correos del trabajo, dejé la casa impecable. Cuando Emilio llamó para avisar que llegaría tarde, le dije que no había problema. Incluso pronuncié las palabras correctas: “te amo”. Interpreté mi papel a la perfección.

Reunirme con Esteban fue lo primero honesto que hice en días. Alto, mirada atenta, con una serenidad profesional que inspiraba confianza inmediata.

—Cuéntame todo —pidió, sacando una libreta.

Y lo hice. Le hablé de la cena, de la conversación que escuché sobre el plan, de Paula, de las pruebas falsas que estaban fabricando. Le mostré los correos. Su expresión se ensombreció conforme avanzaba.

—Suena a gente peligrosa —dijo al final—. Nuevos ricos creyéndose intocables.

—Lo son. Pero necesito ir un paso adelante. ¿Puedes ayudarme?

—Por supuesto. Pondré a mi mejor equipo. Seguiremos a tu esposo, documentaremos cada encuentro con Paula, grabaciones, registros. Si usan hoteles, los tendremos. Si están desviando dinero de la empresa, aparecerán los comprobantes. Dos semanas alcanzan si, como dices, son descuidados.

—Gracias —respiré aliviada—. Quiero que se sepa todo. No solo él. Todos.

—Una cosa más —añadió—. Busca un abogado. Arregla tu situación legal. ¿Hay alguien de confianza?

Pensé en ello. Muchos de los abogados que conocía tenían vínculos con la familia Salazar. Entonces recordé a Mariana Cárdenas. Habíamos sido compañeras en la universidad pública. Ella estudió Derecho, se especializó en derecho familiar y ahora dirigía su propio despacho. Nos distanciamos porque Lorena despreciaba mis amistades “bohemias” y yo, ingenua, lo permití.

Esa noche llamé a Mariana desde mi coche, estacionado frente a un Soriana donde supuestamente compraba cosas para la cena.

—¿Adriana? —su voz sonó sorprendida y contenta—. ¡Cuánto tiempo!

—Lo sé —respondí—. Perdóname por haber sido una amiga tan r…

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