PARTE 1: LA TRAICIÓN EN EL PASILLO
Lo más desconcertante de enterarte de que tu matrimonio entero es una mentira no ocurre como en las telenovelas, con violines desgarradores y primeros planos dramáticos. No. Sucede en instantes ordinarios, casi ridículamente comunes. En mi caso pasó un martes cualquiera, durante una cena previa a Navidad, mientras buscaba un baño en la descomunal casa de mi suegra, en La Moraleja, uno de los rincones más exclusivos de Madrid. Llevaba puesto un vestido verde esmeralda que había comprado exclusivamente para complacerla, porque, por el amor de Dios, no podía darme el lujo de aparecer con algo que Lorena Pacheco considerara “inadecuado” o “corriente”.
Mientras avanzaba por el pasillo, me llegó el murmullo de voces desde el despacho revestido de madera oscura. Al principio no le di importancia. En familias adineradas, esas mini “juntas de negocios” improvisadas durante cenas familiares eran parte del paisaje, casi un ritual. Pero entonces escuché mi nombre y sentí como si el mármol helado se tragara mis pies.
—Adriana Cervantes de verdad cree que la respetamos —dijo Mónica Treviño, mi cuñada, con un tono cargado de burla venenosa—. Da hasta pena lo mucho que se esfuerza, ¿no? Parece perrito buscando aprobación.

Me apoyé en la pared del corredor y contuve el aire. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que juré que se escuchaba del otro lado de la puerta.
—La fiesta de Año Nuevo será impecable —intervino Lorena, mi suegra—. Ya dejé todo amarrado.
Esa frase ya la había escuchado antes, casi siempre justo antes de que alguien de la familia fuera exhibido en público por no cumplir sus estándares imposibles o por cometer algún “error social”. Sin embargo, esta vez su tono no era el habitual. Sonaba final, irreversible.
—Tenemos las fotos, la línea del tiempo, absolutamente todo —continuó—. Cuando lo mostremos a todos, minutos antes de la medianoche, nadie pondrá en duda el divorcio. Quedará claro que Adriana engañó a Emilio Salazar. Para nosotros será un corte definitivo.
La sangre se me congeló. Un zumbido me llenó los oídos. ¿Fotos? ¿Una cronología? Yo jamás había sido infiel. Mi lealtad hacia esa familia había sido total, casi enfermiza.
—¿Seguro que las imágenes se ven auténticas, mamá? —preguntó una voz que me partió por dentro.
Era Emilio. Mi esposo. El hombre al que amé durante siete años, con quien llevaba cinco de casada. El mismo al que apoyé mientras cursaba su maestría en administración y cuyo negocio familiar ayudé a crecer como nunca gracias a mi experiencia en marketing digital.
—Cariño, se ven totalmente reales —lo tranquilizó Lorena—. Costaron una fortuna. El fotógrafo sabía perfectamente lo que necesitábamos: tomas preparadas de Adriana entrando a un hotel con algún hombre, subiendo a un coche, comiendo en terrazas discretas. A distancia, con el ángulo correcto, nadie va a cuestionar nada. Y cuando su reputación esté hecha pedazos y sea el chisme de todo Madrid, podrás divorciarte por infidelidad, proteger los negocios y casarte, ahora sí, con Paula Ibarra.
Paula.
Ese nombre me cayó como un golpe seco en el estómago. Paula, la del despacho de Emilio. La “simple colega”. La mujer con la que intercambiaba mensajes a cualquier hora, la de las supuestas emergencias nocturnas, la misma con la que cenaba por trabajo tres veces por semana en restaurantes de moda de la calle Jorge Juan.
—Yo sigo pensando que bastaba con decirle que se fuera —comentó Emilio, con una apatía que helaba la sangre—. Todo esto suena a demasiado esfuerzo para la víspera de Año Nuevo.
—Emilio, por una vez usa la cabeza —saltó Mónica—. Si te divorcias ahora, se queda con la mitad de todo. Es sociedad conyugal, ¿ya se te olvidó? Pero si demostramos que fue infiel y armamos un escándalo público, va a estar tan avergonzada que firmará lo que sea con tal de desaparecer. Además, nadie en nuestro círculo volverá a hablarle. Se va a quedar destruida social y profesionalmente. Es lo que se merece por creer que podía formar parte de esta familia. ¿En qué estábamos pensando cuando la aceptamos?
Lorena dejó escapar una risita burlona.
—A ver, Emilio, entiendo que te pareciera atractiva, pero siendo sinceros… es tan común. Tan de barrio. Paula viene de buena familia, de los Ibarra de toda la vida. Ella sí entiende cómo funciona nuestro mundo.
Ya era demasiado. O, mejor dicho, ya había escuchado más de lo que cualquier persona debería. Aun así, mis piernas no respondían. Permanecí ahí, inmóvil, oyendo a las tres personas que se suponía eran mi familia planear con absoluta calma la destrucción de mi vida mientras bebían jerez.
Lo peor no fueron las pruebas falsas ni la humillación pública que tenían preparada. Lo verdaderamente devastador fue la naturalidad con la que lo decían. La indiferencia total.
—La fiesta es en dos semanas —dijo Emilio—. ¿De verdad estará todo listo antes de las doce?
—Por supuesto —respondió Lorena—. Lo revelaremos justo antes de la medianoche. Ya mandé instalar las pantallas en el salón principal. Van a estar todos los pesos pesados de Madrid. Cuando termine la noche y se coman las uvas, Adriana estará tan destrozada que seguramente se irá de la ciudad, quizá vuelva arrastrándose al departamento espantoso de sus padres. Y entonces tú y Paula podrán estar juntos sin esconderse.
—Perfecto —contestó Emilio, con un alivio evidente—. Estoy harto de fingir. Paula ya se está impacientando.
Los tres rieron, una risa cómplice, altiva, y algo dentro de mí se rompió. No fue exactamente el corazón; ese dolor vendría después. Lo que murió en ese pasillo fue la parte de mí que se había esforzado hasta el cansancio por encajar, por ser “suficiente” para merecer su respeto. Esa Adriana dejó de existir ahí mismo.
Regresé al comedor como si estuviera en automático. La mesa estaba rodeada por la familia extendida de Emilio: ropa carísima, sonrisas ensayadas, platos de jamón ibérico que costaban más que la renta de mi primer departamento.
Durante cinco años asistí a esas cenas, riéndome cuando tocaba, elogiando las decisiones de decoración recargada de Lorena y fingiendo no notar cómo me dejaban fuera de las fotos familiares o “olvidaban” invitarme a viajes importantes.
—Aquí estás, querida —dijo Lorena al aparecer minutos después, con una sonrisa tan dulce que empalagaba—. Nos preguntábamos dónde te habías metido.
—Solo necesitaba un respiro —respondí, sujetando con fuerza mi copa de Ribera del Duero. Por dentro, todo ardía. Por fuera, estaba fría, imperturbable.
Emilio se acercó y tomó mi mano por encima del mantel de lino.
—¿Estás bien, amor?
Lo miré de verdad. Observé su rostro atractivo, la mandíbula firme que besaba cada mañana antes de irme a trabajar, y levanté la vista hasta encontrar sus ojos, esos que durante años creí llenos de amor, sin imaginar que esa simple mirada sería el preludio de todo lo que estaba por venir.
