«Tú dices que mamá solo está aplazando la muerte. Pero yo… yo digo que mamá está viva» — dijo Emiliano con la voz temblorosa

Es dolorosamente bello y terriblemente real.
Historias

Se quedó de pie junto a la cama, observando con detenimiento el rostro de su madre. Las lágrimas seguían ahí, brillándole en la piel.

—Mamá —susurró Emiliano, casi sin voz—. ¿Escuchaste?

Alicia Montes abrió los ojos despacio y los clavó en él.

—Todo —respondió en un murmullo.

Emiliano se sentó a su lado y le tomó la mano con cuidado.

—Perdón —dijo—. No quería que te enteraras así.

Ella negó suavemente con la cabeza.

—No me pidas disculpas —contestó bajito—. Gracias… gracias por verme. Por no pasar de largo.

Emiliano rompió en llanto. Se inclinó hasta apoyar su frente contra la de ella, respirando entrecortado.

—Mamá, yo… yo no hago esto porque me toque —confesó—. Lo hago porque, por primera vez en mi vida, siento que tengo mamá. Y no quiero perderte.

Alicia lo rodeó con los brazos. Y por primera vez en mucho tiempo, algo se acomodó dentro de ella: no era una carga. Nunca lo había sido.

La puerta volvió a abrirse.

Guillermo Velázquez estaba ahí, detenido en el umbral. Tenía el rostro enrojecido y los ojos húmedos.

Alicia lo miró sin decir palabra. Guillermo entró despacio y se sentó en la otra silla.

—Mamá —dijo con voz quebrada—. Perdóname.

Ella guardó silencio. Solo lo observó.

—Emiliano… Emiliano tenía razón —continuó Guillermo—. Yo no te vi. No en estos últimos cinco años… quizá nunca.

Alicia sintió como si algo se resquebrajara por dentro.

—Guillermo…

—No, mamá —la interrumpió, negando con la cabeza—. Déjame decirlo. Cuando papá murió, creí que yo tenía que ser el fuerte. Porque tú lo eras. Porque tú resolvías todo. Y yo… yo no me permití ser débil.

Se detuvo un momento y se limpió las lágrimas con la mano.

—Pero Emiliano sí se lo permitió —prosiguió—. Se permitió preguntarte: “¿Cómo estás, mamá?”. Y tú le contestaste. De verdad.

Alicia asintió, mientras las lágrimas le recorrían las mejillas.

—Yo pensaba que ser fuerte era no llorar —dijo Guillermo—. No pedir ayuda. Guardarse todo. Porque así te vi siempre. Y eso aprendí de ti.

—Perdóname, Guillermo —susurró ella.

—Pero Emiliano me enseñó otra cosa —continuó—. Que la fortaleza no es callar, sino atreverse a pedir. Y tú… tú te atreviste. Por primera vez en tu vida.

Guillermo se levantó, se acercó a la cama y tomó la mano de su madre.

—Y no voy a dejarte —afirmó—. No por Karla Rivera. No por dinero. Por nada. Emiliano tiene razón: cinco años no son muerte. Son vida. Y yo… yo no quiero perderla.

Alicia no pudo hablar. Solo lloró, aferrándose a las manos de sus dos hijos.

—Gracias, Guillermo —dijo Emiliano en voz baja.

Guillermo lo miró.

—No —respondió—. Gracias a ti. Porque tú no soltaste.

Emiliano asintió.

—Jamás lo habría hecho —dijo—. Porque mamá… mamá lo es todo.

Esa noche, cuando Alicia regresó del hospital, los dos hijos la acompañaron. Guillermo cargó las bolsas del súper. Emiliano preparó la cena. Y se sentaron juntos a la mesa, algo que no ocurría desde hacía cinco años.

Y Alicia comprendió entonces que la enfermedad no le había quitado la vida. Al contrario… le había devuelto a sus hijos. A los dos.

A veces la enfermedad no destruye. A veces arranca las máscaras y deja al descubierto quiénes somos en realidad.

Alicia llevaba cinco años enferma. Pero por primera vez en cincuenta y dos… por primera vez se sentía viva. De verdad viva.

Porque ahora no era fuerte.
Porque ahora no era perfecta.

Ahora, por primera vez, era madre.

Y sus hijos… por primera vez, la vieron.

Y eso lo cambió todo.

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