La hoja de la puerta seguía abierta, apenas lo suficiente. Y justo afuera, en el pasillo, estaban detenidos frente a ella.
Guillermo Velázquez y Emiliano Ramírez.
Alicia Montes contuvo el aliento sin darse cuenta, como si hasta respirar pudiera delatarla.
—Emiliano —dijo Guillermo en voz baja—, tenemos que hablar.
—Lo sé —respondió Emiliano casi de inmediato—. Sé perfectamente a qué vienes.
Guillermo soltó un suspiro pesado, cargado de cansancio.
—El doctor ya me dijo la cifra. El monto completo. Emiliano, esto… esto es una locura.
El corazón de Alicia empezó a latir con fuerza, desbocado.
—No es una locura —contestó Emiliano, también en voz baja—. Es la vida de mi mamá.
—Emiliano —el tono de Guillermo se endureció—, mamá lleva cinco años enferma. Cinco. Nos dijeron tres, ¿te acuerdas? Tres años. Y ya pasaron cinco. Y ahora otra vez… otra vez un tratamiento nuevo. Otra vez gastar dinero. Otra vez ilusionarse. ¿Hasta cuándo?
Emiliano guardó silencio.
Guillermo continuó, como si ese mutismo le diera permiso.
—Tú todavía eres joven. Tienes treinta y cinco años. Tienes tu empresa, un futuro por delante. Ese dinero podrías invertirlo. Podrías usarlo para algo que realmente genere vida, no para algo que solo… solo retrasa lo inevitable.
Una lágrima ardiente recorrió la mejilla de Alicia.
Y entonces Emiliano dijo aquello que la dejó paralizada.
Lo que llevaba cinco años esperando escuchar.
Y, al mismo tiempo, lo que más había temido oír.
—Guillermo —dijo Emiliano con la voz temblorosa—, tú dices que mamá solo está aplazando la muerte. Pero yo… yo digo que mamá está viva. Y tú… tú no eres capaz de verlo.
Guillermo se quedó callado. Alicia percibió un movimiento, unos pasos suaves; probablemente Guillermo acercándose más.
—¿Cómo que no lo veo? —preguntó Guillermo en voz baja, aunque en su tono vibraba algo parecido al enojo.
—Que no vienes —respondió Emiliano—. Que llevas tres años sin pisar esta casa. Que no sabes cómo está mamá ahora. Tú solo ves cifras: cinco años, tres años, dinero, tratamientos. Pero a ella… a ella no la ves.
—Emiliano, no me vengas a dar lecciones…
—No te estoy dando lecciones —lo interrumpió Emiliano, y Alicia escuchó el quiebre del llanto—. Pero tú no sabes. No tienes idea de lo que han sido estos cinco años.
Se hizo un silencio denso. Emiliano respiró hondo antes de seguir.
—Mamá siempre fue fuerte. ¿Te acuerdas? Cuando papá murió, yo tenía diez y tú dieciocho. Mamá no se permitió llorar. Se puso a trabajar. Sacó todo adelante. Nunca pidió ayuda. Nunca.
Guillermo no dijo nada.
—Pero en estos cinco años… —continuó Emiliano— mamá cambió. No se volvió débil. Se volvió distinta. Alguien que yo no conocía.
—Emiliano, mamá está enferma…
—¡Ya sé que está enferma! —alzò la voz Emiliano—. Pero sigue viva. Y yo, en estos cinco años, he hablado más con ella que en los treinta anteriores. Porque ahora mamá ya no es esa mujer dura que se lo guardaba todo. Ahora tiene miedo. Llora. Me ha dicho que… que le asusta morirse.
Alicia cerró los ojos con fuerza, tratando de ahogar el sollozo que le subía desde el pecho.
—Y yo —siguió Emiliano—, por primera vez en mi vida, vi a mi mamá de verdad. No a la máquina que trabaja, cocina, lava y resuelve todo. Vi a una persona. Con miedo. Con amor. Que… que me ama.
Guillermo tardó en responder.
—Emiliano —dijo al fin, casi en un susurro—, yo también la quiero.
—Entonces ¿por qué no vienes? —preguntó Emiliano—. ¿Por qué no estás aquí?
Guillermo suspiró.
—Porque… porque Karla…
—¡Karla! —la voz de Emiliano se llenó de amargura—. Karla dice que ya fue suficiente. Que cinco años bastan. Que seguir pagando es tirar el dinero. Y tú… tú le haces caso.
—Emiliano, Karla es mi esposa…
—¿Y mamá… mamá qué es entonces? —preguntó Emiliano, con la voz quebrada pero firme.
