Alicia Montes yacía recostada en la cama del hospital, con una mano apoyada en el borde de la cobija, mirando fijo el techo blanco. Después de cada sesión de quimioterapia siempre terminaba igual: exhausta, hueca por dentro, como si alguien le hubiera drenado lo poco que aún la mantenía en pie. Cinco años. Cinco años desde aquel día en que escuchó el diagnóstico de cáncer de mama y su mundo se desacomodó para siempre.
Cinco años enteros.
Los médicos habían sido claros desde el inicio: tres años, tal vez. Con suerte. Sin embargo, Alicia seguía ahí. Todavía resistía. Todavía… todavía respiraba.
Aunque había días —muchos— en los que ya no entendía para qué.
A su lado estaba sentado su hijo menor, Emiliano Ramírez, apenas recargado en una silla de hospital, con el celular entre las manos. Tenía treinta y cinco años, aún joven, con la seguridad de quien había logrado salir adelante. Tres años atrás había levantado su propia empresa y ahora las cosas marchaban viento en popa. Auto nuevo, departamento moderno, estabilidad económica. Todo parecía estar en orden.

Y mes tras mes, sin falta, Emiliano le transfería dinero a Alicia. Para medicinas. Para tratamientos. Para consultas interminables.
Ella jamás se lo pidió… al menos no durante los primeros tres años. Pero en los últimos dos ya no hubo alternativa. La pensión mínima que recibía no alcanzaba para cubrir los costos cada vez más altos. Y Emiliano… Emiliano simplemente enviaba el dinero, siempre al inicio del mes, sin reproches y sin que ella tuviera que recordárselo.
Pero ese día era distinto.
Ese día, Alicia fue quien habló.
El médico había mencionado una opción nueva. Un tratamiento experimental. Carísimo. Exageradamente caro. Pero quizá… quizá le regalaría algunos años más de vida.
Y Alicia deseaba esos años con una fuerza que la sorprendía.
Cuando Emiliano escuchó la cifra, el color se le fue del rostro. No se negó. No discutió. Solo asintió despacio y dijo:
—Está bien, mamá. Yo veo cómo le hago.
Pero ella lo notó. Vio en sus ojos que aquello pesaba demasiado. Que esa cantidad era, tal vez, una carga imposible.
Fue en ese momento, mientras Alicia permanecía inmóvil en la cama y Emiliano fingía distraerse con el teléfono, cuando alguien más entró a la habitación.
Guillermo Velázquez. El hijo mayor. Cuarenta y dos años, padre de dos niños, empleo estable, esposa, casa en la periferia.
Guillermo llevaba tres años sin aportar un solo peso para el tratamiento de su madre. Ni uno.
Alicia nunca le preguntó la razón. No hacía falta. Karla Rivera, su esposa, había sido muy clara:
—Cinco años enferma. Cinco. ¿Cuándo se va a terminar esto? ¿Hasta cuándo vamos a mantenerla?
Alicia escuchó esas palabras por accidente, dos años atrás, cuando salió del baño del hospital y Guillermo hablaba por teléfono en el pasillo.
Desde entonces, Guillermo aparecía poco. Y cuando lo hacía, se limitaba a preguntar con voz neutra:
—¿Cómo estás, mamá?
Luego se iba.
Pero ahora estaba ahí.
Emiliano levantó la vista.
—Hola, Guillermo —saludó en voz baja.
Guillermo asintió apenas.
—Hola. ¿Cómo está mamá?
Emiliano miró a Alicia. Ella intentó forzar una sonrisa.
—Mejor —susurró, aunque no era verdad.
Guillermo tomó asiento en la silla del otro lado de la cama. El silencio cayó pesado, incómodo, difícil de sostener.
Entonces Emiliano se puso de pie.
—Voy por un café —dijo—. ¿Vienes, Guillermo?
Guillermo aceptó con un gesto y se levantó también.
Alicia los siguió con la mirada. Sabía perfectamente de qué iban a hablar. Sabía que Emiliano le diría el monto. Sabía que Guillermo respondería lo mismo que Karla repetía desde hacía años.
“Ya basta. Cinco años enferma. Cinco años.”
No podía hacer nada. Solo quedarse ahí, mirando cómo sus hijos salían de la habitación.
La puerta se cerró.
Alicia quedó sola.
Y entonces… entonces los escuchó.
Voces en el pasillo. Guillermo Velázquez y Emiliano Ramírez hablando en tono bajo, sin gritos, pero lo suficientemente cerca.
Porque la puerta… la puerta no se había cerrado del todo.
Alicia giró lentamente la cabeza y vio que había quedado apenas entreabierta.
