El silencio que quedó después pesaba como una losa. Héctor estaba pálido; las manos le temblaban sin que pudiera disimularlo.
—Yaretzi… esto no era necesario —murmuró al fin—. Mi mamá solo quería ayudar.
—¿Ayudar? —soltó una risa seca, cargada de amargura—. ¿A quién, dime? ¿A Paulina? ¿A ustedes dos? ¿O a mí también?
—A todos.
—A todos —repitió ella con ironía—, menos a mí.
Sin agregar nada más, Yaretzi caminó hasta la puerta y la abrió de par en par.
—Señora Martha, le pido que se retire.
Martha Romero tomó su bolso de un jalón y clavó en Yaretzi una mirada llena de desprecio.
—Eres una persona horrible. No tienes corazón.
Salió dando un portazo que hizo vibrar las paredes. Yaretzi cerró despacio y se recargó contra el muro. Le costaba trabajo respirar; el corazón le golpeaba el pecho con fuerza desordenada.
Héctor seguía en medio de la sala, observándola como si no supiera quién era.
—¿Por qué la trataste así? —preguntó, con la voz tensa.
—¿Y por qué ella me trató así a mí?
—Solo quería echarle la mano a mi hermana.
—A costa mía, Héctor. ¿Te queda claro? A costa de lo mío.
—Somos familia. La familia se apoya.
—Apoyar no significa entregarlo todo.
—No es todo, solo cambiar el departamento.
—¡No quiero cambiarlo! ¿Cuántas veces tengo que decirlo?
Héctor se dejó caer en el sillón y se pasó la mano por la cara, agotado.
—Entonces… si no vas a ayudar a Paulina, tal vez deberíamos preguntarnos si tiene sentido seguir juntos.
Lo dijo en voz baja, casi sin énfasis, pero esas palabras dolieron más que un grito. Yaretzi lo miró fijamente y no reconoció al hombre con el que llevaba dos años compartiendo la vida.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una pregunta.
—La respuesta es no. No tiene sentido.
Héctor levantó la vista, sorprendido.
—¿Hablas en serio?
—Completamente. Si para ti el matrimonio implica que yo renuncie a mi casa, entonces ese matrimonio no me sirve.
—Yaretzi…
—Ya basta, Héctor. No hay nada más que decir.
Él se puso de pie y entró a la recámara. Ella escuchó cómo abría el clóset, el ruido de las bolsas, el movimiento apresurado. Veinte minutos después regresó con una maleta en la mano.
—Me voy a quedar un tiempo con mi mamá.
—Eso ya depende de ti.
Héctor la miró, como si quisiera decir algo más, pero se quedó callado. Caminó hacia la entrada, se puso la chamarra y tomó las llaves.
—Si cambias de opinión, llámame.
—No lo voy a hacer.
La puerta se cerró. Yaretzi se quedó sola. Entró a la sala y se sentó en el sillón. Observó las paredes conocidas, las fotos familiares en los estantes, el piso que sus padres habían mandado colocar con tanto esfuerzo.
Silencio. Un silencio absoluto. Y, sin embargo, dentro de ella no había miedo. Tampoco arrepentimiento. Solo una certeza firme: había tomado la decisión correcta.
Se levantó y se acercó a la ventana. Afuera, la ciudad comenzaba a iluminarse; en los edificios vecinos brillaban ventanas encendidas. El departamento seguía siendo suyo. El hogar que sus padres construyeron, lleno de recuerdos, intacto. Nadie se lo iba a arrebatar. Nadie la obligaría a sacrificarlo por conveniencia ajena.
Héctor se había ido. Martha Romero había sido rechazada. Paulina seguía sin la ayuda que esperaba. Y aun así, Yaretzi no sentía culpa. Ayudar no es perder lo que te pertenece.
Tomó el celular y le escribió a su amiga Diana Guerrero:
“Héctor se fue. Es largo de contar. ¿Mañana puedes venir?”
La respuesta llegó casi de inmediato:
“Claro que sí. Caigo con vino. Aguanta.”
Yaretzi sonrió. La vida continuaba. Sin un esposo que pusiera los intereses de otros por encima de los suyos. Sin una suegra que creyera tener derecho sobre lo que no era suyo. Sin personas que no respetaran sus decisiones.
El departamento seguía ahí. El hogar seguía ahí. El recuerdo de sus padres también. Todo lo demás era secundario.
Entró a la cocina y se sentó a la mesa, mirando la silla vacía frente a ella. Antes, Héctor ocupaba ese lugar. Ahora no. Y así estaba bien.
Pensó que al día siguiente tendría que cambiar las cerraduras. Por precaución. Héctor podría volver, intentar presionarla. Pero la puerta estaría cerrada. Su casa, protegida.
Yaretzi fue a la recámara y se recostó en la cama. Cerró los ojos. Mañana sería un día nuevo. Sin discusiones, sin chantajes, sin cargar expectativas ajenas.
Solo ella y su hogar. Su refugio. Su vida. Y eso no se lo quitaría nadie.
