—Sí.
—Entiendo. Tuviste mucha suerte, Yaretzi —comentó Martha Romero con una media sonrisa—. No cualquiera recibe una herencia así.
Yaretzi prefirió no responder. La frase “tuviste suerte” le sonó amarga, casi ofensiva. Como si el departamento hubiera sido un premio caído del cielo y no el resultado de perder a sus padres. Apretó los labios y guardó silencio.
Héctor Espinoza, por su parte, tampoco intervino cuando su madre siguió haciendo preguntas veladas. Más tarde, cuando Yaretzi intentó hablar con él sobre lo incómodas que se habían vuelto esas visitas tan frecuentes, él simplemente restó importancia.
—Ay, ya, es mi mamá. Viene, se sienta un rato, ¿y qué? Está sola, se aburre, por eso nos cae seguido.
—Sí, pero cada vez revisa todo con los ojos, como si estuviera calculando algo —insistió ella.
—Te estás imaginando cosas. No le busques tres pies al gato.
Yaretzi decidió no insistir. Tal vez estaba exagerando. Al final, Martha siempre era correcta, sonreía, agradecía el té y se despedía con buenos modales. Armar un problema por intuiciones podía parecer exagerado.
Pasaron algunos meses y llegó el anuncio: Paulina Velázquez, la hermana menor de Héctor, se había comprometido. Tenía veinticuatro años, trabajaba como gerente junior y ganaba poco. Su prometido, Salvador Ochoa, laboraba en una obra y tampoco tenía ingresos estables. Vivían juntos en un diminuto departamento de una sola recámara rentado, y aun así apenas lograban cubrir los gastos.
La boda fue sencilla, celebrada en un café discreto, con unas treinta personas. Martha Romero estaba radiante: dio discursos, abrazó a su hija una y otra vez, no cabía de orgullo. Héctor felicitó a su hermana y Yaretzi también les dedicó palabras amables. La noche transcurrió entre risas y brindis, y los invitados se fueron entrada la madrugada.
Una semana después del enlace, Martha apareció de nuevo en el departamento de Yaretzi y Héctor. Esta vez no traía postre ni flores. Su expresión era seria y llevaba una bolsa grande bajo el brazo. Héctor estaba en casa, tirado en el sillón viendo televisión, mientras Yaretzi preparaba la cena en la cocina.
—Héctor, Yaretzi, tenemos que platicar —anunció Martha al entrar a la sala.
Yaretzi se secó las manos y salió. Martha se sentó a la mesa y sacó varios papeles de la bolsa. Héctor se acercó y tomó asiento junto a ella; Yaretzi permaneció de pie.
—¿De qué se trata, señora Martha? —preguntó Yaretzi con cautela.
—De Paulina. Ella y Salvador están pasando por dificultades con la vivienda. La renta es carísima y prácticamente todo su sueldo se les va ahí. Comprar algo propio es imposible, no les alcanza.
—Eso es asunto de ellos —respondió Yaretzi con cuidado—. Ya son adultos.
—Claro que lo son. Pero somos familia, y la familia se apoya.
Yaretzi sintió un nudo en el estómago. La palabra “apoyar” sonó ambigua, peligrosa.
—¿Y qué tipo de apoyo tiene en mente?
Martha miró primero a su hijo y luego a Yaretzi. Sonrió, como si fuera una idea obvia.
—Aquí hay muchísimo espacio. Tres recámaras para dos personas. Sobra lugar, se podría decir.
—¿Sobra? —Yaretzi frunció el ceño—. ¿A qué se refiere exactamente?
—Pensé que podrían cambiar este departamento por dos más pequeños, de una recámara cada uno. Uno para ustedes y otro para Paulina y Salvador. Todos ganarían. De hecho, ya estuvimos revisando opciones, aquí traigo fotos y datos.
Lo dijo con la misma naturalidad con la que alguien propone salir por tortillas. Yaretzi se quedó inmóvil, tratando de procesar lo que escuchaba. ¿Cambiar el departamento? ¿El suyo?
—¿Está hablando en serio? —preguntó con la voz temblorosa.
—Por supuesto. Así cada pareja tendría su espacio. Paulina tendría su hogar y ustedes seguirían teniendo dónde vivir. Y si sobra algo de dinero, yo podría irme a un balneario, atenderme la salud un poco.
Martha continuó desarrollando la idea con seguridad, como si no estuviera hablando de una propiedad ajena, sino de algo que pertenecía a todos por igual. Yaretzi escuchaba, sintiendo cómo la tensión le recorría el cuerpo.
—Señora Martha, este departamento es mío —dijo al fin, despacio.
—Sí, claro, tuyo. Pero estás casada con Héctor, son una familia. Todo se comparte.
—No. No todo. Este departamento lo heredé de mis padres antes de casarme. Legalmente es mío.
—Ay, ¿eso qué importa? Viven juntos. La familia está primero.
Yaretzi volteó a ver a Héctor. Él seguía callado, mirando al suelo, con el gesto rígido y la mandíbula apretada.
—Héctor… ¿tú no vas a decir nada?
