Con la certeza de que nada había sido una exageración, Adriana decidió ir más allá y tomar una decisión que alteraría el rumbo de sus vidas para siempre.
Siete días después regresó al taller, esta vez sin escoltas ni pretensiones, dejando atrás cualquier rastro de opulencia. Frente a Ramón Espinoza fue directa: le propuso hacerse cargo de la jefatura mecánica de toda la flotilla de su empresa, con un salario suficiente para cubrir la cirugía de Valeria Rivera en menos de medio año. Al inicio, Ramón se mostró receloso; la oferta sonaba demasiado buena para ser verdad. Sin embargo, tras pensarlo con calma, aceptó. Así, un mecánico de barrio cruzó la puerta hacia un universo de trajes caros y decisiones empresariales, aunque el destino aún tenía cartas guardadas.
Con el paso de los meses, entre juntas, largas jornadas y silencios compartidos, comenzó a tejerse un vínculo distinto entre Adriana y Ramón. Aquello que nació como un acto de apoyo fue tomando una profundidad inesperada. Compartieron angustias y pequeñas victorias, y la más grande llegó cuando la operación de Valeria Rivera resultó un éxito rotundo.
La niña, acostumbrada a crecer entre carencias y esfuerzos, empezó a mirar a Adriana con ojos distintos, como si encontrara en ella un refugio. Una tarde, mientras hacían la tarea juntas, Valeria le preguntó sin rodeos si estaba enamorada de su papá. Adriana no pudo ocultar la emoción: respondió con una sonrisa temblorosa mientras una lágrima le recorría la mejilla. Desde entonces, Valeria comenzó a llamarla “mamá”, y algo muy hondo se quebró dentro de Adriana.
Para Ramón, la vida dio un vuelco definitivo: dejó de verse solo como mecánico y empezó a entender que había alcanzado un lugar que jamás imaginó posible, justo cuando su historia estaba por abrir un nuevo capítulo.
