
Con el paso de los minutos, Adriana terminó de atar cabos. La pequeña que dormía entre cobijas viejas era Valeria Rivera, la hija de Ramón Espinoza. A pesar de sus apenas seis años, cargaba con una enfermedad cardíaca severa que exigía una intervención urgente. El diagnóstico había sido devastador, no solo por el riesgo, sino por el costo: una operación valuada en 80 000 euros, una cantidad imposible de reunir para alguien que apenas lograba sostener su taller y pagar lo básico. A Ramón ese número le quemaba el pecho, porque detrás de la cifra estaba la vida de su hija.
Mientras él seguía concentrado bajo el cofre del Ferrari, Adriana observaba en silencio. Veía a un padre agotado, con las manos cubiertas de grasa y el cuerpo rendido, pero impulsado por algo mucho más fuerte que el dinero. No era ambición, era amor puro y desesperado. Ella, rodeada siempre de lujos, cuentas ilimitadas y relaciones vacías, sintió un golpe seco en el alma. Por primera vez entendió lo que significaba luchar por alguien más, y esa revelación la dejó vulnerable, casi rota por dentro.
Cuando el trabajo quedó terminado, Ramón le dio un precio absurdamente bajo por la reparación. Adriana, incómoda, intentó pagarle más, pero él se negó sin titubeos. No aceptaba limosnas ni favores. Su dignidad seguía intacta, y ella lo respetó, comprendiendo que lo que deseaba ofrecerle no era caridad, sino una puerta distinta para su futuro.
Al abandonar el taller, Adriana regresó a su mundo de comodidad, aunque ya no era la misma. La imagen de Ramón esforzándose sin descanso para salvar a su hija la acompañó toda la noche. Al día siguiente, incapaz de ignorar lo que sentía, comenzó a investigar la historia de Ramón Espinoza con mayor profundidad, decidida a confirmar si todo aquello era tan real como parecía.
