«¿Estás enamorada de mi papá?» — respondió Adriana con una sonrisa temblorosa y una lágrima en la mejilla

Un gesto inesperado desarma una vida vanidosa.
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La madrugada madrileña estaba helada cuando el reloj marcaba las tres en punto. En ese instante, Adriana Ochoa, joven heredera de una fortuna colosal, tuvo que frenar su Ferrari en plena Gran Vía. Del cofre salió un sonido áspero, anormal, y el tablero lanzó una advertencia encendida que ella decidió ignorar. Convencida de que alcanzaría su departamento sin contratiempos, siguió avanzando, pero el auto decidió lo contrario. A los pocos minutos se apagó de golpe, dejándola varada en una zona industrial, dentro de un barrio que le resultaba completamente ajeno. Lejos de su mundo habitual y sin opciones claras, no tuvo más remedio que buscar auxilio.

A cierta distancia distinguió un foco encendido: un taller mecánico que seguía abierto a esas horas. El lugar era sencillo, rodeado de bodegas y naves silenciosas, y al bajar del coche Adriana sintió cómo el orgullo le pesaba tanto como la irritación. Aun así, optó por entrar sin llamar a su chofer ni a su asistente, decidida a resolverlo por sí misma. Dentro conoció a Ramón Espinoza, un mecánico de colonia, manos manchadas de aceite y expresión agotada, alguien que difícilmente encajaba en el universo de lujo al que ella pertenecía.

Ramón, cubierto de grasa hasta los codos, aceptó revisar el vehículo sin dudar. Le explicó con calma que el problema provenía del sistema de enfriamiento y que podía solucionarlo en ese mismo momento. Mientras trabajaba entre herramientas y piezas calientes, Adriana notó algo que la desarmó: en un rincón del taller había una cama improvisada, donde dormía una niña pequeña, aferrada a un osito de peluche, ajena al ruido y al frío, una imagen que anunciaba una historia mucho más profunda que estaba a punto de revelarse.

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