…y también fui testigo de cómo achica las porciones con el pretexto de “ajustar gastos”, de cómo hace oídos sordos a las reclamaciones de los comensales cuando la comida ya no cumple con el nivel prometido y, peor aún, de cómo antepone el dinero a cualquier rasgo de humanidad.
Gerardo Luna estaba lívido, con un tono cenizo en la piel que lo hacía parecer enfermo. La quijada le vibraba sin control, y cada palabra que Ernesto Rivera había soltado se le clavaba como una navaja. Trató de reaccionar, pero apenas logró tartamudear.
—Señor… señor Rivera… yo… yo no entiendo de qué me habla —balbuceó—. Siempre he sido un administrador responsable. Gracias a mí, este restaurante aumentó sus ingresos un veinte por ciento en este trimestre.
—Claro, las ganancias —lo cortó Ernesto, sin ocultar el desprecio—. Esos números de los que presume son fruto del abuso, Gerardo. De recortar salarios, de comprar insumos baratos y de correr a personas valiosas como esta joven, Ximena, solo por haber mostrado compasión.
Se incorporó lentamente de la silla. Ahora su voz ya no temblaba; era sólida, firme, cargada de una autoridad imposible de ignorar.
—Hoy fui yo ese “vagabundo” al que usted mira por encima del hombro —continuó—. Pasé varios días durmiendo en la calle, soportando el frío, el hambre y la indiferencia de todos. Y, aun así, hubo alguien que me ayudó sin pedir nada a cambio. Esa persona fue Ximena Torres.
Ernesto dio un par de pasos hacia Gerardo. Su mirada era tan penetrante que el gerente retrocedió instintivamente.
—Usted me vio por las cámaras, ¿no es así? —preguntó con calma peligrosa—. Me vio recibir esa hamburguesa de manos de Ximena. Y en vez de reconocer un gesto humano, lo tradujo como una “pérdida” en su balance. Para usted yo era solo un estorbo, no una persona. Y lo más grave: no supo reconocerme. Ni a mí, ni a los principios con los que nació este lugar.
El impacto de esas palabras se podía sentir en el aire. Los clientes, que antes murmuraban entre ellos, guardaron silencio absoluto. Nadie apartaba la vista de la escena. Ximena, por su parte, sentía el pecho apretado; una mezcla extraña de alivio, nervios y miedo le recorría el cuerpo. Todo parecía irreal, como si estuviera atrapada en un sueño demasiado intenso.
—Gerardo Luna —prosiguió Ernesto, con una voz que llenó el restaurante—, usted rompió la confianza que le otorgué. Manchó el nombre de “El Sabor Dorado”. Este negocio se levantó con la idea de ofrecer buena comida, un trato digno y un ambiente cálido. Usted falló en cada uno de esos pilares.
Gerardo, desencajado, intentó aferrarse a lo último que le quedaba.
—Señor Rivera… yo solo quería cuidar sus intereses —dijo con desesperación—. Quería que el restaurante fuera rentable.
—Mis intereses no se limitan al dinero —respondió Ernesto, negando lentamente con la cabeza—. Me importan la reputación, la lealtad de quienes trabajan aquí y la experiencia de quienes nos visitan. Todo eso usted lo ha ido destruyendo poco a poco. Sí, recibí reportes, pero necesitaba comprobarlo personalmente. Y lo que vi hoy no tiene justificación.
Luego se giró hacia los presentes, que lo observaban con asombro.
—Desde este momento —anunció con voz clara—, Gerardo Luna queda destituido de su cargo como gerente de “El Sabor Dorado”. Sus actos no representan ni de lejos los valores de esta empresa.
Un murmullo ahogado recorrió el lugar. Gerardo se tambaleó, como si el golpe hubiera sido físico. Todo aquello que había construido a base de ambición se derrumbaba frente a todos. Sin embargo, la escena aún no había llegado a su punto más alto.
Ernesto volvió la mirada hacia Ximena, que seguía inmóvil, luchando por procesar lo que estaba ocurriendo. Le regaló una sonrisa auténtica, llena de respeto.
—Y usted, Ximena —dijo elevando la voz para que todos escucharan—, ¿qué piensa que debería suceder con una empleada que demuestra tanta empatía y un corazón tan limpio, aun poniendo en riesgo su propio trabajo?
El restaurante quedó sumido en un silencio total, apenas interrumpido por el zumbido lejano de los refrigeradores de la cocina. Todas las miradas iban y venían entre Ernesto Rivera, el dueño cuya presencia imponía, y Ximena Torres, la mesera sencilla cuyo gesto había provocado aquella sacudida. Gerardo Luna, ya sin cargo, permanecía de pie a un costado, con la vista fija en el suelo y el rostro marcado por la vergüenza y el miedo. Su futuro, que minutos antes parecía intocable, se había desvanecido.
Ximena no lograba hablar. Las lágrimas le nublaban los ojos mientras buscaba en el rostro de Ernesto alguna señal que le confirmara que aquello no era una fantasía. La pregunta seguía resonando en su cabeza, insistente.
Ernesto se acercó a ella con paso decidido y le extendió la mano.
—Ximena —dijo con un tono sereno pero firme—, lo que hiciste hoy no solo habla de tu carácter, sino que me recordó el verdadero propósito de este lugar, y por eso es momento de que sepas exactamente lo que significa tu gesto para “El Sabor Dorado”.
