«Hoy fui yo ese vagabundo al que usted mira por encima del hombro» — reveló Ernesto Rivera, destituyendo a Gerardo y promoviendo a Ximena

¿Cómo puede ser tan cruel la indiferencia?
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El rugido de su voz cayó como un martillazo.

—¡Ximena Torres! —bramó Gerardo Luna, logrando que el murmullo del restaurante muriera al instante—. ¿Se puede saber qué demonios crees que estás haciendo? ¡Regalándole comida a esa gente! ¿Cuántas veces te he repetido que no quiero indigentes rondando mi propiedad? —escupió cada palabra con desprecio—. Estás despedida. ¡En este mismo momento! Tú, fuera de mi restaurante… ¡y tú también, lárgate de aquí!

El rostro de Ximena perdió todo color. Sintió como si el piso se abriera bajo sus pies. Un nudo se le atoró en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas, pero apretó los dientes con fuerza. No iba a darle el gusto de verla quebrarse frente a todos. A unos pasos de ella, Gerardo avanzó decidido hacia el hombre que había entrado discretamente al local al escuchar los gritos, con la clara intención de sacarlo a empujones.

Sin embargo, justo cuando la mano del gerente estaba a punto de tocarle el hombro, el desconocido se incorporó con calma. Ya no había rastro de sumisión en su postura. Sus ojos, antes apagados y cansados, brillaban ahora con una firmeza inesperada. Enderezó el cuello de su chamarra gastada, como si se acomodara un traje invisible, y habló con un tono sereno pero cargado de autoridad:

—Señor, me parece que hay algo importante que usted debería saber acerca de mí…

El silencio que siguió fue absoluto. Nadie se movió. Ximena contuvo el aliento, incapaz de apartar la mirada. Gerardo quedó inmóvil, con el brazo extendido en el aire, su expresión furiosa transformándose poco a poco en desconcierto. ¿Quién era ese hombre para hablarle así?

—¿Y tú quién te crees para decirme eso? —replicó Gerardo, recuperando parte de su dureza—. ¿Qué podría importarme lo que tenga que decir alguien como usted? No voy a perder el tiempo. ¡Salga ahora mismo o llamo a seguridad!

El hombre no se dejó intimidar. Levantó ligeramente el mentón y, bajo el cabello enmarañado, sus ojos azules se fijaron con intensidad en los del gerente. Una media sonrisa, enigmática, apareció en su rostro.

—Creo que sí le importa —respondió con calma—. Sobre todo si le preocupa el futuro de este lugar… y su propio puesto dentro de él.

Ximena observaba la escena con una mezcla de temor y asombro. Había algo en la voz de aquel sujeto que imponía respeto, una presencia que no concordaba en absoluto con su ropa desgastada. Los clientes, que hasta entonces habían permanecido en un silencio incómodo, empezaron a murmurar entre ellos.

—¿De qué está hablando? —preguntó Gerardo, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda—. No tengo la menor idea de quién es usted.

—Entonces permítame aclararlo —dijo el hombre, avanzando un paso con sorprendente elegancia—. Mi nombre es Ernesto Rivera.

Un murmullo recorrió el restaurante como una ola. Ximena sintió que el corazón le golpeaba el pecho con fuerza. Ernesto Rivera. El nombre era casi un mito en la ciudad. El creador de la cadena de restaurantes El Sabor Dorado, un empresario legendario que había levantado un imperio desde cero. Se decía que tenía más de setenta años y que llevaba una vida reservada, lejos del ojo público. Nadie imaginaba verlo ahí… y mucho menos con la apariencia de un vagabundo.

Gerardo, en cambio, soltó una risa incrédula.

—¿Ernesto Rivera? No me haga reír —bufó—. Ese hombre vive rodeado de lujos y apenas se deja ver. ¿De verdad espera que crea que usted es él? Es evidente que es un farsante intentando aprovecharse del momento.

El hombre respondió con una carcajada profunda, que resonó con fuerza entre las mesas.

—No se equivoca en lo de la edad, señor Luna. Ya pasé los setenta —admitió—. Y también es cierto que, muchas veces, vivo rodeado de comodidades. Pero incluso alguien en lo más alto necesita bajar de vez en cuando, caminar entre la gente y observar con sus propios ojos cómo marchan las cosas.

Tomó una silla vacía con agilidad inesperada, la colocó en medio del pasillo y se sentó con total naturalidad, cruzando las piernas como si estuviera en su propia sala.

—Durante las últimas semanas he estado moviéndome de incógnito —continuó—. Quería conocer mis negocios desde abajo, sin informes maquillados ni juntas interminables. Quería ver la realidad tal cual es… y créame, ha sido una experiencia reveladora.

Sus ojos se posaron un instante en Ximena, dedicándole una sonrisa cálida y sincera. Luego volvió a mirar a Gerardo, y su expresión se endureció.

—Porque he visto cómo trata a su gente, señor Luna. He sido testigo directo de decisiones que dicen mucho sobre su manera de dirigir, y de actitudes que explican por qué este lugar ya no es lo que debería ser.

El ambiente se volvió pesado, cargado de tensión, mientras todos esperaban, en silencio, lo que aquel hombre estaba a punto de revelar.

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