«Lo que no se lava es la tristeza» — dijo Rocío con voz temblorosa pero firme mientras las niñas se aferraban a su delantal

Cruel orgullo, hermoso arrepentimiento indispensable.
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La mesa volvió a llenarse por inercia, con platos servidos y sillas ocupadas, pero lo que regresó fue el mismo vacío: cuatro miradas opacas, cuatro presencias ausentes. La casa lucía impecable otra vez, ordenada hasta el último rincón; aun así, respiraba como un lugar sin pulso, elegante y muerto.

Cuando la tormenta estalló de lleno, los focos titilaron como si dudaran y, de golpe, todo quedó a oscuras. A Ignacio Sandoval le subió por la espalda un miedo antiguo, de esos que no se explican. Subió las escaleras a toda prisa hacia el cuarto de las niñas… y el golpe fue seco: no había nadie. La ventana abierta dejaba entrar el vendaval, las cortinas azotaban el aire y, prendido a una enredadera bajo el marco, colgaba un pedacito de pijama, agitándose como una señal de auxilio.

Se le heló la sangre.

No se trataba solo de que estuvieran extraviadas. Eran niñas sin voz, incapaces de pedir ayuda.

Ignacio se lanzó a la noche con el pecho desbocado. La lluvia le caía a plomo, punzante. Resbaló, se embarró, volvió a ponerse de pie. Gritó nombres al cielo sabiendo que nadie respondería. Entonces lo entendió: ese fango que siempre había despreciado era ahora su única pista. Se arrodilló a buscar y ahí estaban: huellas pequeñas, inseguras, avanzando hacia la negrura… torcidas, confundidas, directo al arroyo.

Ese arroyo que, con lluvia, se transformaba en bestia.

Bajó a la carrera, se desgarró con las ramas, patinó, se estrelló contra un tronco. Un relámpago le abrió la escena y le mostró lo insoportable: sobre una islita de lodo que el agua mordía sin descanso, estaban las cuatro, apretadas unas contra otras, tiritando, con el nivel subiéndoles por las piernas.

—¡Niñas! —bramó Ignacio, con una voz que ya no mandaba, suplicaba.

Intentó descender, pero la pendiente lo traicionó. Quedó colgado de una roca, demasiado lejos para alcanzarlas. En ese instante le cayó encima la verdad más cruel: el hombre que movía fortunas no podía salvar tres metros.

Del lado opuesto del arroyo surgió entonces una silueta.

Rocío Contreras.

Empapada hasta los huesos, el cabello pegado al rostro, la mirada clavada en las niñas. No hubo reproches; no había tiempo. Con una fe que rozaba la locura, saltó hacia la islita, cayó en el barro y envolvió a las cuatro como si su cuerpo pudiera detener al río.

—¡O cooperamos o se mueren! —le gritó a Ignacio, firme, sin titubeos—. No puedo sacarlas por acá. Tengo que pasárselas a usted.

Ignacio comprendió de inmediato. Necesitaba colocarse en firme. Rocío arrancó de la corriente una rama gruesa y se la tendió. Él la sujetó, trepó como pudo y se arrastró hasta su orilla. Ya estaba listo.

—¡Ahora! —gritó, abriendo los brazos.

Rocío alzó a Valeria Vega y le susurró al oído con la voz más dulce que le quedaba.

—Salta, cielo. Papá te agarra.

Valeria cruzó el aire un segundo sobre el agua negra. Ignacio la recibió como si fuera su propia vida, la apretó al pecho y sintió el golpeteo del corazón de la niña contra el suyo. Luego vino Claudia Herrera. Después Dolores Ortiz. Andrea Vega. Una por una, el padre recibió lo que antes solo sabía exigir.

Cuando tomó a la última, el arroyo cambió de ánimo. Un tronco chocó contra la islita. El barro cedió.

—¡Rocío! —gritaron todos; las niñas lo hicieron sin voz, con los ojos abiertos de terror.

La corriente se la arrancó.

Ignacio no dudó. Dejó a las niñas a salvo y se lanzó al agua. El frío le robó el aire, la noche se volvió estruendo y fuerza ciega. Luchó por avanzar, tragó agua, chocó contra algo duro y volvió a salir a la superficie, buscando con desesperación una forma de alcanzarla.

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