«Lo que no se lava es la tristeza» — dijo Rocío con voz temblorosa pero firme mientras las niñas se aferraban a su delantal

Cruel orgullo, hermoso arrepentimiento indispensable.
Historias

La calma apenas le duró un parpadeo. Aquella sensación tibia que le había aflojado el pecho se transformó, sin aviso, en algo denso, áspero, que le subió por el cuello hasta apretarle la mandíbula. Era una ilusión que quemaba. Una esperanza tan breve que dolía más de lo que consolaba.

Y enseguida emergió lo otro. Lo que siempre estaba ahí, agazapado: la ira.

Porque esa escena no le pertenecía. Porque el orden no lo había impuesto él. Porque esas carcajadas infantiles no eran fruto de su disciplina, de su dinero ni de sus reglas. Una joven con guantes amarillos había conseguido en unas horas lo que Ignacio Sandoval no logró comprar en meses de rigidez y control. Dio un paso al frente, y su figura proyectó una sombra dura sobre el corral, cortando la luz como una navaja.

—¿Qué chingados está pasando aquí? —rugió, con una voz que no admitía réplica.

Fue como si alguien hubiera apagado el día. Las risas se quebraron de golpe. Las gallinas revolotearon espantadas, levantando polvo y plumas. Pero lo que realmente lo sacudió no fue el silencio súbito, sino lo que vino después: sus hijas no corrieron hacia él. No lo buscaron. Se hicieron pequeñas… y se refugiaron detrás de Rocío Contreras.

Cuatro cuerpecitos embarrados se pegaron al uniforme azul como si fuera un escudo. Sus manitas sucias dejaron huellas de lodo en el delantal mientras escondían el rostro en la tela. Ignacio se quedó rígido. El golpe fue seco, directo: sus propias hijas le tenían miedo.

La revelación le atravesó el orgullo y la sangre al mismo tiempo.

Avanzó sin detenerse, ignorando el barro que se le pegaba a los zapatos carísimos. Se plantó frente a Rocío con el torso erguido, como si estuviera en una sala de juntas y no en el patio de su rancho.

—Véala nada más —escupió, señalando los vestidos arruinados—. Parecen salvajes. Llenas de mugre, de gérmenes. ¿Tiene idea del riesgo que representa esto?

Rocío tragó saliva. El temor estaba ahí, claro. Pero también sintió cómo las niñas se aferraban a sus piernas, y ese contacto le encendió una valentía que no sabía que tenía.

—Señor Sandoval… solo estaban jugando —dijo con voz temblorosa, pero firme—. Estaban felices. Riéndose. Por primera vez.

La palabra le cayó a Ignacio como ácido sobre una herida abierta.

—Usted está aquí para seguir mis reglas —respondió él, bajando el tono hasta volverlo amenazante—. Nada de suciedad. Nada de peligros. Nada de desorden.

—La ropa se puede lavar, señor —contestó Rocío, sorprendida de escucharse a sí misma—. Lo que no se lava es la tristeza.

Eso fue demasiado. Que alguien a quien ni siquiera consideraba se atreviera a decirle algo así. Y cuando vio que las niñas no obedecían su orden seca de “vengan acá”, cuando comprobó que no se movían de su escondite, el dolor se le convirtió en autoridad sin juicio.

—Ya estuvo. Está despedida.

El aire abandonó los pulmones de Rocío. No por ella. Por las niñas. Intentó hablar, explicar, pedir, cubrirlas con palabras. Pero Ignacio ya había levantado un muro infranqueable.

Víctor Salazar, jefe de seguridad, la condujo hasta el cuartito que le habían asignado. Rocío metió sus pocas cosas en una maleta vieja. Al tomar un libro de cuentos, se deslizó un papel doblado: un dibujo infantil de cuatro niñas y una figura azul bajo un sol enorme. Abajo, escrito con letras torcidas y frágiles, había una palabra inventada, suave como un abrazo: “MamáV”.

Rocío apretó el dibujo contra el pecho y salió.

Desde el ventanal del segundo piso, cuatro manos pequeñas se estrellaban contra el vidrio. Las cuatrillizas lloraban sin sonido, empañando el cristal con su aliento y sus lágrimas. Ignacio apareció detrás, furioso, y las cortinas se cerraron de golpe, como si así pudiera clausurar también el dolor.

Rocío cruzó el portón y se quedó afuera, bajo un árbol, usando la maleta como banco y el corazón como sirena. No podía irse. Algo profundo, terco, le advertía que esa noche no iba a terminar bien.

Dentro de la mansión, Ignacio lavó a sus hijas con movimientos mecánicos, como si intentara borrar lo ocurrido. Les puso pijamas de seda blanca, las peinó con cuidado forzado, tratando de devolverles una pulcritud que no alcanzaba a tocar lo que ya se había roto.

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