«Lo que no se lava es la tristeza» — dijo Rocío con voz temblorosa pero firme mientras las niñas se aferraban a su delantal

Cruel orgullo, hermoso arrepentimiento indispensable.
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El estruendo del motor se extinguió frente al rancho y, por un parpadeo, pareció que todo alrededor se quedaba inmóvil, conteniendo el aliento. Ignacio Sandoval descendió de la camioneta blindada con la precisión que lo caracterizaba: postura erguida, nudo de la corbata perfecto, ojos midiendo cada detalle. El acceso era de terracería y rastrojo, pero aun así él traía consigo el brillo distante de la ciudad, como si llevara puesta una coraza que nunca aprendió a dejar en casa.

No tendría que haber llegado tan pronto. Su calendario marcaba tres horas más tarde. Sin embargo, una junta suspendida lo regresó antes de lo previsto a ese sitio que le provocaba una sensación contradictoria: satisfacción por lo levantado con esfuerzo y una punzada constante por lo que ya no estaba. El rancho era amplio, luminoso, imponente; también era un recordatorio persistente de Dolores Ortiz: su esposa, la mujer que llenaba cada cuarto con carcajadas, movimiento y un caos feliz… hasta que una noche lluviosa el destino se la llevó sin aviso.

Desde entonces, el silencio se había vuelto comensal fijo. Y no había forma de correrlo.

Sus cuatro hijas —las cuatrillizas— dejaron de usar la voz, como si hablar implicara cruzar un puente a punto de romperse. Los especialistas lo llamaron “mutismo postraumático”. Ignacio, cuando estaba a solas, lo nombraba de otra manera: el costo de seguir vivo. Probó de todo: consultas interminables, juguetes educativos, recámaras diseñadas al milímetro, paletas de colores calmantes, rutinas exactas, vigilancia en cada esquina. Transformó la casa en una cápsula pulcra donde nada se quebrara… ni se ensuciara… ni lastimara.

Por eso, al oír aquella carcajada infantil, el pecho se le cerró.

No era un intento tímido. Era una risa que brotaba desde las entrañas y estallaba sin pedir permiso, franca, caótica, real. Luego apareció otra. Y otra más, hasta formar un coro desalineado y precioso. Ignacio avanzó guiado por el sonido, como si alguien hubiera encendido una lámpara en medio del luto. Cruzó los establos, respiró el aroma del heno añejo, bordeó el granero. Al girar la esquina, se quedó paralizado.

Ahí estaba Rocío Contreras, la empleada recién llegada: veintitrés años, referencias intachables, palabras como “protocolo” y “discreción” en su expediente. Pero la mujer frente a él no parecía fabricada de normas. Llevaba el uniforme azul salpicado de lodo, el mandil blanco irreconocible y unos guantes de hule amarillos que relucían al sol como señales de advertencia. De rodillas sobre la tierra, agitaba los brazos a manera de alas, imitando gallinas con una solemnidad juguetona que rozaba lo sagrado.

Y a su alrededor, como si el calendario hubiera retrocedido medio año, estaban sus hijas.

Andrea Vega, Dolores Ortiz, Claudia Herrera y Valeria Vega corrían en círculos, con vestidos de diseñador convertidos en harapos embarrados. Los moños vencidos, los calcetines desaparecidos; las piernas, libres. Reían las cuatro al mismo tiempo, con los ojos cerrados de felicidad, las mejillas encendidas, las manos sucias lanzando tierra al aire como si fuera confeti.

Una de ellas tropezó y se fue de frente al barro. Ignacio sintió el reflejo inmediato de intervenir, de poner orden, de marcar límites. Pero la niña se levantó riendo todavía más fuerte, se limpió el rostro con el antebrazo y regresó al juego como si la vida fuera exactamente eso: caer, mancharse y seguir.

Durante un instante, Ignacio experimentó algo que había olvidado: alivio. Una ternura tibia le apretó la garganta, una esperanza inesperada que se coló sin permiso y lo dejó respirando hondo, justo antes de que otras emociones comenzaran a removerse en el fondo de su pecho.

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