—¿Cuánto dinero le enviaba su hija cada mes? —insistió el fiscal.
—Unos quinientos dólares… a veces un poco más —respondió Elena Montes, con la voz frágil.
—¿Y nunca le pareció sospechoso que una trabajadora del hogar pudiera mandar esas cantidades con tanta regularidad?
Elena dudó. Se llevó las manos una contra la otra, buscando firmeza.
—Vivía en la casa, casi no tenía gastos… o quizá tenía otros ingresos que yo no conocía.
—Objeción —se levantó de inmediato Julián Cervantes—. Eso es pura especulación.
—Con lugar —dictaminó el juez sin levantar la voz—. El jurado desestimará la última pregunta.
Pero el daño ya estaba sembrado. Varias personas en el jurado anotaban con rapidez, otros intercambiaban miradas cargadas de duda. Julián respiró hondo y continuó con su estrategia. Llamó a más testigos: vecinos del barrio donde Valeria había crecido, antiguos conocidos, el director de la escuela donde había colaborado como voluntaria.
Todos coincidían en lo mismo. Valeria Montes era honrada, cumplida, incapaz de apropiarse de lo ajeno. Nadie tenía una sola mala palabra sobre ella. Sin embargo, ninguno había estado presente el día del supuesto robo. Nadie había visto qué ocurrió dentro de esa casa. Con el paso de las horas, la atención del jurado se diluía; uno de ellos bostezó sin disimulo, otro revisó su reloj. Valeria sintió que el aire no le alcanzaba, como si las paredes se cerraran poco a poco.
Esa misma noche llegó la jugada del fiscal. Julián apareció en el área de visitas del reclusorio con un sobre en la mano y el cansancio marcado en el rostro.
—¿Qué es eso? —preguntó Valeria al verlo.
—Una propuesta —respondió él, dejándole el papel frente a ella—. Un acuerdo.
Valeria lo abrió con dedos temblorosos.
—Si te declaras culpable de robo simple, el ministerio público retira los cargos agravados.
—¿Y eso qué significa? —susurró.
—Una condena de tres a cinco años, en lugar de diez a quince.
La habitación pareció inclinarse. Valeria tuvo que apoyarse en la mesa.
—¿Y si no acepto?
—Seguimos hasta el final del juicio —contestó Julián, sin rodeos—. Pero tengo que ser honesto contigo: el jurado no nos está favoreciendo.
—¿Me estás pidiendo que me rinda? —lo miró fijamente.
—Te estoy pidiendo que seas realista.
Julián dejó caer el papel con frustración.
—En tres años podrías estar fuera. Rehacer tu vida. Ayudar a tu familia.
Las letras bailaban frente a los ojos de Valeria.
—¿Y mi inocencia?
Julián tardó en responder.
—Tu inocencia no te va a salvar.
Las palabras quedaron suspendidas, pesadas, irrespirables. Valeria levantó la mirada. Julián se cubría el rostro con las manos.
—Estás agotado —dijo ella con suavidad—. Vete a casa, descansa.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si me voy, significa que ya me rendí.
—¿Y si me rindo yo contigo? —preguntó, con una mezcla de calma y tristeza.
No terminó la frase, pero algo se agitó en el pecho de ambos. Valeria tragó saliva.
—Ríndete, Julián. Ya fue demasiado.
—No —negó él de pronto—. He estado pensando… tal vez aceptar el acuerdo sea lo mejor.
—Tres años no son para siempre —continuó ella, como si se convenciera a sí misma—. Mi mamá podrá venir a verme. Mi hermano encontrará otro trabajo cuando esto pase.
Hizo una pausa.
—Y tú… —la voz se le quebró—. Tú podrás defender a alguien que todavía tenga oportunidad real.
Julián la miró como si acabara de recibir un golpe.
—¿Eso crees? ¿Que eres un caso perdido?
—Estoy siendo realista. Como tú dijiste.
—No —respondió él, poniéndose de pie—. Yo estaba equivocado.
Respiró profundo.
—Estaba siendo cobarde. Dejé que el miedo me dominara.
No golpeó la mesa, no alzó la voz.
—Miedo a fallar. A no ser suficiente.
Se quedó en silencio, agitado.
—¿Miedo a qué? —preguntó Valeria en un murmullo.
Julián levantó la vista. Sus ojos cafés brillaban con algo que ella no se atrevía a nombrar.
—Miedo a perderte.
El silencio fue brutal.
—No me conoces —dijo Valeria al final—. Solo soy tu clienta.
—Eres más que eso, y lo sabes —respondió él—. Llevo semanas pensando en ti. No como abogada… como mujer.
Habló de sus conversaciones, de cómo hablaba de Renata Salgado, de cómo se obligaba a no llorar frente al jurado aunque estuviera hecha pedazos por dentro. Las lágrimas llegaron de todos modos.
—No puedes decirme esto —susurró ella—. Hay reglas.
—Lo sé —admitió Julián, retrocediendo—. Tienes razón. No debí hacerlo. No es justo para ti.
—¿Por qué no es justo?
—Porque estás encerrada y yo soy lo único entre tú y una sentencia. No tienes una opción real.
Valeria se levantó. Caminó hasta el vidrio, verificó que el guardia no estuviera atento. Regresó y extendió la mano sobre la mesa.
—¿Esto también está contaminado? —preguntó.
Julián miró su mano, luego su rostro. Lentamente apoyó la suya encima. Sus dedos se entrelazaron apenas un segundo.
—No puedo —dijo, retirándose—. No mientras seas mi clienta.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Ganamos —respondió—. Probamos tu inocencia.
—¿Y después?
—Después… te invito a cenar. Como dos personas normales.
Valeria soltó una risa que era medio sollozo.
—¿Y cómo ganamos?
Julián volvió a sentarse. Sacó documentos de su portafolio.
—Hay una carta que no hemos jugado. Es peligrosa.
—¿Cuál? —preguntó ella, aunque ya lo intuía.
—Renata Salgado.
El estómago de Valeria se desplomó.
—Es una niña. No puedes meterla en esto.
—Es la única que estuvo en esa casa —dijo él—. La única que puede desmentir a su madre.
—Tiene seis años. La van a destrozar en el contrainterrogatorio.
—O va a decir la verdad. Los niños no mienten como los adultos.
—¿Y si Claudia Figueroa la amenazó? —insistió Valeria—. ¿Y si le enseñó qué decir?
—Si no lo intento, ya perdimos —respondió Julián con firmeza.
Valeria cerró los ojos. Imaginó a Renata en el estrado, asustada.
—No quiero que sufra por mi culpa.
—Ya está sufriendo sin ti —contestó él.
Eso fue un golpe certero.
—¿De verdad crees que funcione?
—Es nuestra única oportunidad.
A la mañana siguiente, Julián presentó la moción.
—La defensa solicita permiso para llamar a Renata Salgado como testigo.
La sala estalló.
—¡Objeción! —gritó el fiscal—. Es una menor de seis años. Esto es abusivo.
—La niña estaba presente en el lugar de los hechos —argumentó Julián—. Su testimonio es relevante.
—Es una maniobra desesperada para manipular al jurado.
El juez levantó la mano.
—Un testigo infantil es poco común —dijo—, pero no ilegal.
Tras unos segundos eternos, decidió:
—Lo permitiré, bajo condiciones estrictas. Nada de presión. Al menor indicio de daño, se detiene.
Esa noche, Claudia Figueroa entró al cuarto de Renata. La niña abrazaba su peluche.
—Tenemos que hablar —dijo Claudia.
—No quiero —respondió la niña.
La voz de su madre se endureció.
—Mañana irás a la corte. Dirás exactamente lo que te diga.
—No —negó Renata—. Valeria no hizo nada.
Claudia se arrodilló frente a ella y le apretó los hombros.
—Si dices algo distinto, Valeria se irá para siempre.
Las lágrimas rodaron.
—Me lastimas…
—Nadie te va a creer —susurró Claudia—. Eres solo una niña.
Cuando salió, Renata lloró hasta dormirse, aferrada a su osito, soñando que Valeria sonreía y que ella era valiente.
Al día siguiente, su voz rompió el silencio de la sala.
—Vi a mi mamá meter el dinero en su bolso rojo.
Cada palabra cayó como un martillazo. Describió los billetes, la caja fuerte, el cajón del cuarto de Valeria. Dijo que Valeria estaba abajo, que no pudo ver nada. Contó las amenazas.
—Yo no soy tonta —interrumpió cuando el fiscal quiso acorralarla—. Sé lo que vi.
Señaló el bolso rojo, con correas doradas y una mancha de vino.
El juez ordenó un receso y una revisión inmediata de los registros financieros. Dos horas después, regresó con el rostro de piedra.
—Se encontraron depósitos por cincuenta mil dólares —anunció—, deudas de juego y un contador inexistente: Ramón Pacheco.
Golpeó el mazo.
—Se desechan todos los cargos contra Valeria Montes. Y ordeno el arresto inmediato de Claudia Figueroa.
El caos estalló. Valeria apenas podía sostenerse. Julián la abrazó.
—Eres libre.
Renata corrió hacia ella.
—Dije la verdad.
—Fuiste valiente —le susurró Valeria—. Ya no me voy.
Entonces, un hombre de mediana edad se acercó con paso inseguro. Valeria lo reconoció por las fotos: el padre de Renata, que hasta ese momento había permanecido al margen.
