A la niñera la enviaban a prisión por $50,000 pesos.
Una niña de seis años declaró: “Vi a mamá guardar el dinero en su bolso”.
La frase se estrelló contra el silencio de la sala como un trueno. La voz infantil de Renata Salgado no vaciló ni un segundo. Señaló con su dedo pequeño hacia la galería del público, directa, sin dudas. El bolso era grande, rojo, imposible de confundir. Su edad no le restaba firmeza; al contrario, aquella seguridad heló el ambiente.
Valeria Montes sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Abrió la boca para hablar, pero ningún sonido logró salir. Todo su cuerpo se quedó rígido. Juntó las manos frente a su rostro, como si pudiera sostenerse de algo invisible. Las lágrimas que había contenido durante cinco días interminables de juicio finalmente se soltaron, una tras otra.
—¡Objeción! —el fiscal se levantó de golpe—. La menor está siendo influenciada.
El juez golpeó el mazo con fuerza.

—Orden en la sala. La testigo continuará.
Renata volteó a mirar a Valeria. Sus ojos estaban húmedos, pero su voz seguía firme, clara.
—Mamá abrió la caja fuerte. Yo estaba jugando en el pasillo. Ella no sabía que yo estaba ahí.
—¿Qué ocurrió después? —preguntó el juez, inclinándose hacia adelante.
Julián Cervantes, el defensor público, avanzó despacio. Las manos le temblaban ligeramente mientras escuchaba.
—Tomó los billetes y los metió en su bolso —continuó Renata—. El rojo, con correas doradas. Luego entró al cuarto de Valeria.
Un murmullo recorrió la sala como una ola contenida. Al fondo, una oficial abrió los ojos con incredulidad. Claudia Figueroa palideció en su asiento; su abogado se inclinó para susurrarle algo con urgencia.
—Mamá me dijo que dijera que Valeria lo había tomado —agregó Renata, limpiándose la nariz con la mano—. Me dijo que si decía la verdad, Valeria se iría para siempre… y que nadie me creería porque soy chiquita.
El corazón de Valeria golpeaba tan fuerte que creyó que todos podían oírlo.
—¿Estás completamente segura de lo que viste? —preguntó el juez.
Renata asintió. Una lágrima le rodó por la mejilla.
—Valeria nunca agarró ese dinero. Ella me quiere. Me lee cuentos todas las noches. Mamá solo hablaba por teléfono desde hace semanas.
Antes de todo eso, el mundo de Valeria era distinto.
—¡Valeria, mira lo que hice en la escuela!
Renata corrió por el pasillo de la enorme casa de los Figueroa con un dibujo en la mano. Sus zapatos escolares resonaban contra el mármol. Valeria se arrodilló para quedar a su altura y tomó el papel con cuidado.
—Es un arcoíris —dijo Renata con orgullo—. Somos nosotros.
Señaló las figuras de colores.
—Esta eres tú, esta soy yo… y este es el señor Bigotes.
El gato ocupaba más espacio que Claudia en el dibujo. Valeria sonrió.
—Está precioso, corazón. Vamos a ponerlo en el refri.
Miró hacia la escalera.
—¿Y tu mamá?
La puerta del despacho estaba cerrada. De adentro salían voces apagadas.
—Tiene trabajo, amor.
En la cocina, mientras mezclaban la masa para galletas, los ojos de Renata brillaban. Entonces se escucharon los tacones bajando rápido. Valeria levantó la vista.
—¿Señora Figueroa? ¿Necesita algo?
Claudia apareció con el celular pegado a la oreja, el rostro tenso.
—Llévate a Renata al parque ahora mismo —ordenó—. Y quédate al menos tres horas. Después llévala por un helado.
Cortó la llamada. Algo en su tono hizo que el estómago de Valeria se encogiera.
—¿Todo está bien?
—Perfecto —respondió Claudia forzando una sonrisa—. Tengo una reunión importante. No quiero a Renata en casa.
Se fue sin esperar respuesta. Renata jaló la manga de Valeria.
—¿Por qué mamá está enojada?
—No lo está, cielo, solo está ocupada —mintió Valeria, aunque reconoció esa expresión: la cara de alguien desesperado.
Tres horas después, al regresar, patrullas policiales bloqueaban la entrada. Valeria sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué pasa? —susurró.
Un oficial se acercó.
—Valeria Montes —dijo sacando unas esposas—. Está detenida por robo agravado.
El mundo se volvió borroso. El metal frío cerrándose en sus muñecas fue real, demasiado real.
—¡No! —gritó Renata desde el asiento trasero—. ¡Ella no hizo nada!
Claudia salió de la casa con una expresión perfecta de dolor.
—Lo siento, Valeria… nunca quise creer que fueras capaz.
—¿De qué está hablando? —las piernas de Valeria temblaban—. Yo no hice nada.
—Desaparecieron cincuenta mil pesos de mi caja fuerte —respondió Claudia—. Y los encontraron en tu cuarto.
Era imposible. Mientras le leían sus derechos, Renata lloraba golpeando el vidrio del auto.
—No te vayas…
—Todo va a estar bien, mi amor —mintió Valeria por segunda vez.
Desde la patrulla, vio la casa hacerse pequeña. Claudia observaba con la expresión de víctima perfecta… y una satisfacción que nadie más notó.
La comisaría olía a desinfectante y cansancio. La fotografiaron, le tomaron huellas, le quitaron todo.
—Una llamada.
Valeria marcó con manos temblorosas.
—¿Mamá? —sollozó—. Me arrestaron.
Elena Montes lloró al otro lado.
—Voy para allá, hija. Todo se va a arreglar.
Pero en la celda fría, Valeria supo que su vida acababa de romperse.
Horas después, un guardia abrió la puerta.
—Montes, tu abogado.
En la sala de visitas, un hombre joven con ojeras profundas levantó la vista.
—Soy Julián Cervantes. Me asignaron tu caso.
—No robé ese dinero —dijo Valeria—. Por favor, créame.
Julián la escuchó. Vio sus manos ásperas, la mancha de helado en la blusa.
—Voy a investigar —dijo al final—. Esto no huele bien.
Al día siguiente, la sala de audiencias estaba llena. Valeria vestía un uniforme gris que le quedaba grande. El juez anunció el caso. El fiscal se levantó.
—El Estado solicita negar la fianza. Existe riesgo de fuga.
—Objeción —respondió Julián—. Mi clienta no tiene antecedentes, ni recursos, ni intención de huir.
—Tiene dinero escondido, transferencias fallidas y huellas en la caja fuerte —replicó el fiscal—. Y además, su señoría, contamos con el testimonio de una menor de seis años, profundamente afectada por la traición de alguien en quien confiaba.
El juez levantó la vista.
—Que pase la siguiente testigo.
Renata Salgado caminó hacia el estrado, y toda la sala contuvo la respiración.
