…cada vez que hablaba de su papá, de lo mucho que quería hacerlo sonreír, de las flores que habían sembrado juntos en el jardín. Lucía Beltrán no estaba generando dependencia alguna; por el contrario, estaba ayudando a reforzar los lazos familiares que ya existían.
Rodrigo Salvatierra sintió una mezcla extraña de alivio y confusión. Además, el tema de la edad de Lucía dejaba de parecerle un problema. Al contrario: Emilia no la percibía como una madre sustituta ni como alguien que pretendiera ocupar un lugar que no le correspondía. Para la niña, Lucía era una especie de hermana mayor en quien podía confiar, alguien cercana y protectora, y eso —desde cualquier punto de vista psicológico— resultaba mucho más sano. Esa noche, Rodrigo pasó largo rato despierto, dándole vueltas a todo lo que había escuchado y aprendido.
Quizá Aurelia Castañeda se equivocaba respecto a las verdaderas intenciones de Lucía. Tal vez él mismo había permitido que el miedo hablara más fuerte que la realidad. A lo mejor ya era momento de confiar más en los hechos visibles y no tanto en las sospechas heredadas. Sin embargo, a la mañana siguiente, antes incluso de que pudiera salir rumbo a la oficina, Aurelia lo interceptó en el despacho.
—Señor Rodrigo, necesitamos hablar cuanto antes.
—¿Qué sucede ahora, Aurelia? —preguntó él, con un dejo de cansancio.
—Descubrí algo muy serio sobre esa muchacha, Lucía Beltrán.
Rodrigo exhaló lentamente, preparándose para una nueva acusación.
—Diga de una vez.
—No vive donde aseguró vivir. La dirección que proporcionó no es real.
Eso sí logró sorprenderlo.
—¿Cómo que no es real?
—Mandé a mi sobrina a comprobarlo. En ese domicilio no vive ninguna Lucía Beltrán, ni con hermanos ni sola. Es una casa de familia que jamás ha escuchado hablar de ella.
La preocupación comenzó a filtrarse en la mente de Rodrigo.
—Tal vez se mudó hace poco —intentó justificar—, o quizá…
—O quizá está mintiendo en todo, señor Rodrigo —interrumpió Aurelia—. ¿Y si no tiene hermanos que mantener? ¿Y si inventó toda esa historia solo para despertar su compasión?
La duda volvió a instalarse con fuerza. Si Lucía había mentido sobre su domicilio, ¿qué más podría no ser verdad? Rodrigo sintió un nudo en el estómago.
—Hoy mismo voy a hablar con ella —sentenció.
Aurelia insistió, sin disimular su molestia:
—Con todo respeto, señor Rodrigo, esa joven lo está engañando. Y lo peor es que está utilizando a una niña vulnerable para lograrlo.
Ese día, Rodrigo apenas logró concentrarse en el trabajo. Las palabras de Aurelia retumbaban una y otra vez en su cabeza. Si Lucía había falseado datos de su vida personal, quizá su cercanía con Emilia no era tan espontánea como parecía. Al caer la tarde, regresó a casa decidido a enfrentar la situación.
Encontró a Lucía acomodando la sala, mientras Emilia jugaba con sus muñecas sobre la alfombra.
—Lucía, necesito hablar contigo —dijo con seriedad.
—Claro, señor Rodrigo.
—Emilia, ve un ratito a tu cuarto, ¿sí? Papá tiene que platicar algo importante con la tía Lucía.
La niña obedeció, aunque no sin antes lanzar una mirada inquieta al notar el tono tenso de la conversación.
—Lucía —continuó él—, necesito que seas completamente sincera conmigo.
—Siempre lo he sido, señor Rodrigo.
—Entonces dime por qué la dirección que me diste no coincide con el lugar donde realmente vives.
Lucía se quedó pálida.
—¿Cómo… cómo dice?
—Mandé a verificar. En esa dirección no vive ninguna Lucía Beltrán.
Ella tragó saliva, visiblemente nerviosa.
—Puedo explicarlo —dijo con la voz temblorosa.
—Te escucho.
—No mentí del todo. Vivía ahí… hasta el mes pasado.
—¿Y qué pasó?
—Tuvimos que irnos porque ya no podíamos pagar la renta.
—¿A dónde se mudaron?
Lucía bajó la mirada, avergonzada.
—A un edificio ocupado, en el centro de la ciudad.
—¿Una ocupación?
—Sí, señor Rodrigo. Es un inmueble abandonado donde se instalaron varias familias sin hogar. Sé que no es legal, pero fue la única opción que encontramos.
Rodrigo guardó silencio, asimilando lo que escuchaba.
—¿Por qué no me lo dijiste desde el principio?
—Porque tuve miedo de que me despidiera. La gente cree que quienes viven en ocupaciones son peligrosos o problemáticos. No quise perder este trabajo.
—¿Y tus hermanos? ¿Existen de verdad?
—Claro que sí —respondió ella, con lágrimas en los ojos—. Matías tiene diecisiete años, Tomás doce, y Elena ocho.
—¿Estudian?
—Sí, en una escuela pública cerca de donde estamos ahora.
—Entonces, ¿por qué mentiste sobre la dirección?
—Di la dirección anterior. Pensé que, si lograba estabilidad aquí, podría regresar o rentar algo parecido. Nunca quise engañarlo.
Rodrigo la observó con atención. Ya no veía a una manipuladora frente a él, sino a una joven asustada, cargando responsabilidades demasiado grandes para su edad.
—Necesito poder confiar en quien cuida de mi hija —dijo con firmeza.
—Lo sé —respondió Lucía—. Y entiendo si decide despedirme. Solo le pido que me deje despedirme de Emilia.
Rodrigo permaneció callado unos segundos.
—No voy a despedirte —dijo finalmente—. Pero quiero conocer a tus hermanos y ver dónde viven.
—No es necesario…
—Para mí sí lo es.
Si Emilia era tan importante para Lucía como Lucía lo era para Emilia, entonces su familia también merecía atención.
El sábado por la mañana, Rodrigo llevó a Emilia con él. El edificio ocupado en pleno centro de la Ciudad de México contrastaba brutalmente con la vida a la que él estaba acostumbrado. Sin embargo, al subir los tres pisos de escaleras y entrar al pequeño departamento improvisado, se encontró con algo inesperado.
Había poco espacio y pocos muebles, pero abundaban el orden y el cariño. Matías ayudaba a Tomás con tareas de matemáticas en una mesita; Elena, de rizos idénticos a los de su hermana, dibujaba en el suelo con crayones gastados.
—Él es mi jefe, el señor Rodrigo, y ella es Emilia —dijo Lucía con una sonrisa nerviosa.
—Mucho gusto —saludó Matías con educación.
Emilia, tras un momento de timidez, se acercó a Elena.
—¿Te gusta dibujar?
—Sí.
—¿Lo hacemos juntas?
Rodrigo observó cada detalle: los certificados escolares colgados con orgullo, la limpieza, el ambiente de respeto. Habló con cada uno de los hermanos y quedó impresionado.
—Lucía —dijo después, ya en la pequeña cocina—, necesito preguntarte algo con honestidad.
—Dígame.
—¿Por qué no me contaste tu situación real desde el inicio?
—Porque vivimos en mundos distintos, señor Rodrigo. Para usted, los problemas se arreglan con dinero. Para nosotros, con esfuerzo y esperanza. No quería que pensara que buscaba aprovecharme.
—Pero pareciera que te estás apoyando en mi hija para llenar un vacío.
Lucía abrió los ojos, dolida.
—Eso no es verdad. Quiero a Emilia porque es una niña maravillosa que necesitaba cariño, no para reemplazar nada en mi vida.
—Entonces, ¿por qué te entregas tanto?
—Porque la familia no siempre es sangre. Es quien cuida y quien ama.
Rodrigo miró los dibujos pegados al refrigerador, los libros acomodados, la ropa secándose en un tendedero improvisado.
—Tienes una familia hermosa.
—Gracias. No tenemos mucho, pero nos tenemos.
—Si les ofreciera un lugar mejor para vivir… ¿aceptarías?
Lucía dudó.
—Solo si no es caridad. Tendría que poder pagarlo, aunque sea poco a poco.
De regreso a la mansión, Aurelia los esperaba.
—¿Confirmó mis sospechas?
—No —respondió Rodrigo—. Confirmé que me equivoqué.
—Está dejando que el corazón decida.
—No. Estoy dejando atrás los prejuicios.
Aurelia se mostró ofendida.
—Si así piensa, quizá sea mejor que me vaya.
—No quiero que se vaya —respondió Rodrigo—, pero tampoco puedo despedir a Lucía por celos.
—¿Celos?
—Sí. Porque Emilia creó con ella un vínculo distinto.
Esa noche, Rodrigo habló con Emilia.
—La señora Aurelia está pensando en jubilarse.
—¿Eso significa que se va?
—Algún día.
—¿Y la tía Lucía se queda?
—Sí.
—Qué bueno —dijo Emilia—. Ella me recuerda a mi mamá, pero como amiga.
Rodrigo sonrió, conmovido. Emilia había encontrado una forma sana de amar sin reemplazar.
La semana siguiente, Aurelia anunció oficialmente que se retiraría a fin de mes. A pesar de todo, Rodrigo organizó una despedida digna, sin imaginar que ese adiós marcaría el inicio de un cambio profundo para todos los que vivían en aquella casa.
