Rodrigo permaneció varios minutos en silencio después de aquella conversación. Las palabras de Aurelia Castañeda resonaban con fuerza en su cabeza, enfrentándose a una verdad incómoda: la mujer que había sido un pilar en su casa durante años quizá no tenía del todo razón. Se descubrió atrapado entre la gratitud que sentía hacia ella y la necesidad urgente de proteger la estabilidad emocional de su hija.
—Lo voy a pensar con calma —respondió al final, sin comprometerse.
Sin embargo, la decisión de no decidir también tuvo consecuencias. Durante los días siguientes, el ambiente en la casa se volvió denso, casi irrespirable. Aurelia adoptó una actitud rígida y comenzó a tratar a Lucía Beltrán con frialdad abierta. Le asignaba tareas sin previo aviso, le hablaba con tono seco y, lo más evidente, redujo cualquier interacción entre ella y Emilia Cornejo a lo estrictamente indispensable. Nada de juegos, nada de charlas fuera de horario, nada de risas compartidas.
Emilia lo percibió de inmediato. La niña, que había empezado a mostrarse más expresiva y participativa, volvió a encerrarse en sí misma. Respondía con monosílabos, evitaba el contacto visual y pasaba largos ratos abrazando su muñeca favorita. Rodrigo observaba todo desde la distancia, con una mezcla de culpa y confusión.
El sábado siguiente, intentando romper ese clima tenso, se le ocurrió una idea. Decidió llevar a Emilia a conocer la empresa. Hasta entonces, su hija solo sabía que su papá “trabajaba mucho”, pero nunca había visto dónde ni cómo. Pensó que compartir ese espacio podría ayudarlos a acercarse.
Esa mañana, mientras la abrochaba en el asiento trasero del auto, Emilia preguntó con naturalidad:
—¿Por qué no vino la tía Lucía?
Rodrigo apretó el volante un segundo de más antes de responder.
—Porque hoy es nuestro día, princesa. Solo tú y yo.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—A la tía Lucía le gustaría ver dónde trabajas. Dice que los lugares importantes cuentan historias.
Rodrigo esbozó una sonrisa forzada. Incluso en un plan pensado exclusivamente para fortalecer su vínculo con Emilia, Lucía aparecía de una u otra forma. Aquello le provocó una punzada de frustración que se esforzó por disimular.
En la oficina, la visita fue un pequeño acontecimiento. Los empleados se acercaban a saludar, divertidos por la presencia de la niña. Emilia respondió con educación, pero se mantenía siempre pegada al costado de su padre, sujetándole la mano con fuerza.
—Señor Salvatierra, su hija es encantadora —comentó Renata Solís desde la recepción—. Dice que en su casa tiene una amiga especial que le enseña cosas muy interesantes.
—¿Una amiga? —preguntó Rodrigo, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí —continuó Renata—. Le pregunté si era alguien de su escuela y me explicó que no, que es una señorita que vive con ustedes y que hace que todo sea más divertido.
Rodrigo asintió sin decir nada más. En el trayecto de regreso, Emilia se quedó dormida en el asiento trasero. El silencio del auto le dio espacio para pensar. Para su hija, Lucía no era una empleada ni una simple cuidadora. Era alguien más cercano a una figura materna.
La pregunta que lo inquietaba no era sencilla: ¿esa cercanía era algo positivo o representaba un riesgo?
Al llegar a casa, encontró a Aurelia esperándolo en la sala. Su expresión era severa, casi acusadora.
—Señor Rodrigo, tenemos que hablar ahora mismo —dijo sin rodeos—. Encontré esto en el cuarto de Lucía.
Le tendió un papel arrugado. Rodrigo lo tomó y lo examinó con atención. Era una lista detallada de colegios privados de la Ciudad de México, con anotaciones al margen.
—¿Y esto qué prueba? —preguntó, levantando la vista.
—¿No le parece sospechoso? —insistió Aurelia—. ¿Para qué una muchacha como ella investiga escuelas tan caras? ¿No cree que está planeando algo? Tal vez quiere insinuar que Emilia debería cambiarse de colegio, o colocarse como asesora educativa. O quién sabe, aprovecharse de su buena voluntad.
La desconfianza constante empezaba a cansarlo. Aun así, reconocía que el hallazgo resultaba extraño. Decidió no discutir y optó por aclararlo directamente con Lucía.
El lunes, regresó a casa a la hora de la comida. Desde la cocina escuchó risas. Al entrar, vio a Lucía y a Emilia preparando sándwiches.
—¡Papá! —exclamó Emilia—. La tía Lucía me está enseñando a hacer el sándwich de queso como el que hacía mamá.
El recuerdo de Mariana Ledesma cruzó su mente como un golpe suave pero profundo. Ella solía cortar el pan con moldes en forma de estrella. Rodrigo tragó saliva.
—Lucía, ¿podemos hablar un momento? —pidió con voz controlada.
—Claro, señor —respondió ella—. Emilia, termina de comer, ¿sí?
Ya en el despacho, Rodrigo le mostró el papel.
—¿Me explica esto?
Lucía bajó la mirada, visiblemente apenada.
—Es por mi hermano, Matías —confesó—. Está en secundaria, es muy inteligente. Quería investigar opciones para ver si podía aspirar a una beca.
—¿Por qué no me lo comentó?
—Porque no quería que pensara que le estaba pidiendo ayuda. Mi familia es mi responsabilidad.
—Pero estas escuelas son muy caras —señaló él.
—Lo sé. Las becas son pocas… pero soñar no cuesta nada —dijo, con una sonrisa triste—. Matías merece una oportunidad. Es tan brillante como Emilia.
La comparación lo sorprendió.
—¿De verdad cree que mi hija es así?
Lucía levantó la vista, sincera.
—Emilia es extraordinaria. Aprende rápido, pregunta cosas profundas, siente mucho. Tiene una sensibilidad que no es común en una niña tan pequeña. Usted debería sentirse muy orgulloso.
—Conmigo no se muestra así —admitió Rodrigo.
—Porque usted llega agotado —respondió ella con suavidad—. Ella lo nota y no quiere ser una carga. Pero cuando estamos solas, habla de usted todo el tiempo.
—¿Qué dice?
—Que su papá trabaja mucho para cuidarla, que a veces se pone triste igual que ella. Emilia entiende más de lo que imaginamos.
Esa charla le abrió los ojos. Tal vez el problema no era la influencia de Lucía, sino su propia incapacidad para conectar con su hija. Decidió intentarlo.
Esa misma tarde llegó temprano y pidió que prepararan un refrigerio en el jardín. Sin Lucía presente.
—Hoy quiero jugar contigo —le dijo a Emilia.
—¿A qué?
—A lo que tú quieras.
La niña pensó un instante.
—¿Puedo enseñarte algo que me enseñó la tía Lucía?
Rodrigo dudó apenas, pero aceptó.
—Dice que cuando uno está triste puede plantar una semilla —explicó Emilia—. Si la cuidas, cuando crece te acuerdas de que aún pueden pasar cosas buenas.
—¿Y qué te gustaría plantar?
—Una rosa roja para mamá.
Rodrigo sintió que los ojos se le humedecían. Pasaron la tarde entera trabajando en el jardín. Emilia daba instrucciones con seriedad, repitiendo cada detalle.
—No mucha agua, porque se enferma —decía—. La tía Lucía sabe mucho. Su abuelita le enseñó antes de irse al cielo, como mamá.
Aquella noche, Rodrigo observó los rosales bajo la luz tenue y sintió una calma olvidada.
Al día siguiente recibió una llamada de la psicóloga infantil, Patricia Montoya.
—Señor Salvatierra, quisiera hacer una visita hoy para observar a Emilia en casa. Es parte de la evaluación.
Aceptó y pidió que todo siguiera su curso habitual. No avisó a Lucía.
La doctora llegó puntual. Mientras conversaban, se escucharon risas desde la cocina. Aurelia apareció, visiblemente molesta.
—Lucía está haciendo desorden otra vez con la niña.
—Déjelas —respondió Rodrigo—. Doctora, acompáñeme.
Desde la puerta observaron a Emilia sobre un banquito, ayudando a Lucía a hacer galletas. Hablaban de formas y colores con naturalidad.
La psicóloga observó en silencio durante varios minutos.
—¿Puedo hablar con ella? —preguntó después.
La entrevista confirmó lo evidente. El progreso de Emilia era notable. En privado, Patricia fue clara:
—Lucía Beltrán está haciendo un trabajo excepcional. No está sustituyéndolo, señor Salvatierra. Está construyendo un puente. Emilia habla constantemente de usted en las sesiones, de cómo su papá trabaja duro para cuidarla y de cuánto desea pasar más tiempo a su lado, lo que dejaba claro que el vínculo entre padre e hija seguía intacto y listo para fortalecerse aún más.
