Rodrigo Salvatierra jamás se había sentido tan desorientado como durante aquellos últimos meses. El magnate de la construcción, dueño de una de las empresas inmobiliarias más poderosas de la Ciudad de México, había descubierto de golpe que su fortuna, sus contactos y su influencia no servían absolutamente de nada cuando se trataba de recomponer el corazón herido de una niña de apenas tres años.
Aquella tarde decidió levantarse antes de tiempo de una reunión interminable con inversionistas japoneses. No dio explicaciones detalladas; simplemente sintió un impulso difícil de describir, una inquietud que lo empujaba de regreso a casa. Mientras conducía hacia su residencia en Lomas de Chapultepec, una sensación incómoda se le instaló en el pecho, como si algo importante estuviera ocurriendo sin que él lo supiera.
Al cruzar la puerta de la cocina, el mundo pareció detenerse. Rodrigo tuvo que apoyarse del marco para no perder el equilibrio. La escena frente a él lo dejó sin aliento.
Su hija Emilia Cornejo estaba sentada sobre los hombros de la empleada doméstica. Las dos reían, canturreando una canción infantil mientras lavaban los platos juntas. La risa de la niña, clara y viva, era un sonido que Rodrigo no escuchaba desde hacía meses.
—Ahora frota bien aquí, princesa —decía Lucía Beltrán con tono paciente, guiando las manitas pequeñas—. Así, muy bien. Eres una niña listísima.
—Tía Lucía, ¿puedo hacer burbujas con el jabón? —preguntó Emilia con una voz tan natural que Rodrigo sintió un nudo en la garganta.

Las piernas le flaquearon. Desde la muerte de Mariana Ledesma en aquel trágico accidente automovilístico, Emilia había permanecido en silencio absoluto. Ni una palabra. Los especialistas más reconocidos del país le habían repetido que era una reacción esperable, que el mutismo era parte del duelo, que el tiempo haría su trabajo. Sin embargo, ahí estaba su hija, hablando, preguntando, riendo, como si algo dentro de ella hubiera vuelto a encenderse.
Lucía notó la presencia de Rodrigo y estuvo a punto de perder el equilibrio.
—Señor Rodrigo… yo no sabía que ya había llegado —dijo nerviosa.
—¡Papá! —gritó Emilia de inmediato, aunque enseguida se encogió, como si temiera haber hecho algo incorrecto.
Rodrigo no respondió. Se dio la vuelta y caminó apresuradamente hacia su despacho, cerrando la puerta con un golpe seco. Sirvió un vaso de whisky sin siquiera sentarse. Las manos le temblaban. La imagen no dejaba de repetirse en su mente: su hija hablando con otra persona, con una cercanía que ya no tenía con él.
Lo que acababa de presenciar lo sacudió profundamente. No lograba comprender cómo aquella joven había conseguido, en tan poco tiempo, algo que él no había podido alcanzar con todo su amor, su dinero y sus esfuerzos. ¿En qué momento Emilia había encontrado en Lucía el refugio que él no supo ofrecerle?
A la mañana siguiente fingió salir rumbo a la oficina como siempre, pero dejó el auto estacionado a unas cuadras y regresó caminando. Necesitaba respuestas. Entró por la parte trasera de la casa y subió directo a su despacho. Sin perder tiempo, instaló discretamente unas cámaras pequeñas que había comprado de camino, ocultándolas en puntos estratégicos.
Durante los días siguientes, Rodrigo salía antes del trabajo con cualquier pretexto y se encerraba a revisar las grabaciones. Lo que vio lo dejó aún más confundido. Lucía Beltrán, de apenas veinticuatro años, transformaba cada tarea doméstica en una oportunidad de aprendizaje. Doblar ropa se convertía en una lección de colores; cocinar era una excusa para contar, preguntar y escuchar.
—A ver, princesa, ¿cuántas zanahorias tenemos aquí? —preguntaba Lucía mientras picaba verduras.
—Una, dos, tres… cinco —respondía Emilia dando palmas.
—Exacto. ¿Y sabes por qué son naranjas?
—No sé, tía Lucía.
—Porque tienen algo especial que ayuda a que nuestros ojitos vean todo lo bonito del mundo.
Rodrigo observaba esas escenas con sentimientos encontrados. Por un lado, un alivio profundo al ver a su hija despertar poco a poco; por otro, una punzada de celos al darse cuenta de que él no sabía cómo lograr esa conexión.
Las grabaciones revelaron también otra cosa. Aurelia Castañeda, la gobernanta de la casa desde hacía más de dos décadas, vigilaba a Lucía con evidente recelo. Aurelia había sido prácticamente una segunda madre para Rodrigo cuando era niño y no ocultaba su desaprobación hacia la joven empleada.
—Lucía, estás cruzando la línea —se le escuchó decir en una de las grabaciones—. A ti te contrataron para limpiar, no para educar a la niña.
—Solo intento ayudar, doña Aurelia —respondía Lucía con calma—. Emilia es especial.
—Especial o no, no es asunto tuyo. Limítate a hacer tu trabajo.
La tensión era evidente incluso a través de la pantalla. Rodrigo comenzó a entender que en su casa convivían dos visiones opuestas, y que él estaba atrapado en medio sin haberse dado cuenta.
El jueves de esa semana recibió una llamada que lo sacudió por completo.
—Señor Rodrigo, tengo noticias excelentes —dijo Beatriz Quiñones, directora de la guardería de Emilia—. Su hija por fin empezó a relacionarse con otros niños. Hoy jugó con varias niñas y contó historias sobre lo que hace con la tía Lucía en casa.
Rodrigo dejó caer los documentos que tenía en las manos.
—¿Cómo dice?
—Ha cambiado muchísimo. Dice que aprende a cocinar, que le cuentan cuentos de princesas que ayudan en casa. ¿Han probado algún tratamiento nuevo?
—No… no exactamente —balbuceó él.
—Pues sigan así. Es maravilloso verla de esta manera.
Canceló todas sus citas de la tarde y regresó a casa a toda prisa. Llegó justo cuando Aurelia reprendía a Lucía en el jardín trasero.
—Te dije que no sacaras a la niña sin autorización —gritaba la gobernanta.
Emilia se aferraba a las piernas de Lucía, llorando con desesperación.
—¡No quiero que la tía Lucía se vaya! —sollozaba.
Rodrigo se quedó inmóvil observando. Era la primera vez en meses que escuchaba a su hija expresar emociones con tanta intensidad.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó finalmente.
—Esta muchacha sacó a la niña sin permiso —respondió Aurelia de inmediato.
—Emilia quiso ver las flores —explicó Lucía—. Pensé que sería bueno enseñarle las diferencias.
—¡No pensaste! —interrumpió Aurelia—. No te pagan para pensar.
Rodrigo miró a su hija aferrada a Lucía y tomó una decisión inesperada.
—Doña Aurelia, déjenos solos, por favor.
Cuando quedaron a solas, se arrodilló frente a Emilia.
—¿Estás bien, hija?
—La tía Lucía me enseñó que las rosas rojas significan amor —dijo la niña—. Como el amor de mamá.
El corazón de Rodrigo se encogió. Era la primera vez que Emilia mencionaba a su madre.
—¿Y qué más te ha enseñado?
—Que el amor no se pierde, se comparte.
Esa noche, Rodrigo llamó a Aurelia y a Lucía a su despacho. Sabía que lo que dijera a continuación cambiaría el rumbo de su hogar, y que las decisiones que tomara a partir de ese momento tendrían consecuencias que aún no alcanzaba a dimensionar.
