«Tú y yo venimos del mismo barro» — murmuró ella mientras Tormenta apoyaba el hocico en su pecho

Qué valiente mirada desafía tanto abandono.
Historias

El rumor que salió del pueblo se volvió un estruendo contenido, como si todos hubieran estado aguantando la respiración al mismo tiempo.

Tormenta avanzó primero con cautela, luego con más seguridad. Un paso, después otro. Echó a andar sin que nadie le marcara el rumbo: no hubo jalones, ni gritos, ni castigos. Solo el cuerpo ligero de la muchacha sobre el lomo y esa confianza callada que se sentía densa, casi visible.

Dieron la vuelta completa al corral. Al cerrar el círculo, el caballo se detuvo por su cuenta, bajó la cabeza con mansedumbre y terminó por recostarse en la tierra.

Rafael Sandoval caminó hacia el centro del ruedo con unos papeles en la mano.

—Estos eran los permisos para sacrificarlo —anunció—. Todo estaba en regla: firmas, sellos, fechas.

Los apretó con fuerza y los deshizo entre los dedos hasta convertirlos en pedazos que el aire se llevó sin pedir permiso.

—Este animal no va a morir —sentenció—. No mientras yo siga respirando. Y nadie volverá a tocarlo sin el consentimiento de la muchacha.

El aplauso fue inmediato, pero no sonó a fiesta. Era más bien un desahogo colectivo, la sensación de que, por una vez, las cosas se habían acomodado del lado correcto para quienes siempre salían perdiendo.

Entre la gente volvió a aparecer la madre de Citlali León, reclamando llevársela. Sin embargo, algo era distinto. Nadie bajó la mirada. Nadie fingió no escuchar. Y, por primera vez, la elección no fue de los adultos, sino de ella.

Citlali la enfrentó. Las manos le temblaban, pero la voz le salió firme.

—No estuviste cuando dormía en la calle —dijo—. Tampoco cuando el hambre me doblaba. Ahora ya no te necesito.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta y regresó junto a Tormenta. El caballo la saludó con un resoplido tranquilo. La mujer quedó sola, rodeada de silencio y de miradas que ya no la respaldaban.

Ahí mismo, frente a todo el pueblo, Citlali decidió quedarse. Y el rancho La Quebrada la aceptó como parte suya.

Con los meses, la niña que nadie veía se volvió el centro del lugar. Mercedes Palacios, la esposa de Rafael, la llevó a la casa grande. Le enseñó a juntar letras, le dio una cama con sábanas claras y una lámpara encendida al alcance de la mano.

—Este va a ser tu cuarto —le aseguró—. Aquí nadie te corre.

Al principio, Citlali dormía con la cobija doblada a los pies, como si aún necesitara estar lista para huir. Poco a poco entendió qué quería decir tener un hogar.

Por las mañanas recorría los corrales junto a Rafael Sandoval, aprendiendo a observar más allá del músculo y la alzada.

—No basta con ver si comen —le decía él—. Hay que aprender a escucharles el alma en la manera en que respiran.

Por las tardes, Mercedes le abría mundos nuevos con palabras. Y cuando el sol empezaba a caer, Citlali corría al encierro de Tormenta. A veces lo montaba; otras, simplemente se sentaba a su lado, recargada en su costado tibio, contándole recuerdos viejos y sueños que apenas estaban naciendo.

El tiempo pasó sin prisa, como un tejido hecho con paciencia. Llegaron más caballos lastimados, maltratados, desechados por considerarlos inútiles. Rafael propuso convertir el rancho en un refugio, y ella aceptó con los ojos encendidos.

Les dieron nombres, espacio y días suficientes para sanar. No todos volvieron a galopar, pero ninguno siguió viviendo con miedo. Personas de lejos llegaban para conocer el sitio donde una muchacha —ya no tan pequeña— podía tranquilizar animales imposibles solo con estar cerca.

Citlali siempre contestaba lo mismo cuando le preguntaban cómo lo lograba:

—Porque yo también fui como ellos.

Tormenta envejeció. Sus andares se hicieron pausados, la crin se le llenó de hebras plateadas, pero en la mirada conservó ese brillo sereno de la mañana en que decidió apoyar el hocico en el pecho de una niña abandonada.

Una tarde, Citlali —ya mujer, con el cabello largo y la piel marcada por el sol— volvió a montarlo y subió a la colina detrás del rancho. Desde ahí se veía todo: los establos, los potreros y el refugio que llevaba el nombre que ella eligió: “Luz de Barro”.

Bajó del caballo, se sentó sobre la hierba y dejó que el viento le despeinara el cabello.

—Si no te hubieran traído aquí —le dijo en voz baja—, yo habría seguido siendo invisible. Si no hubieran querido matarte, nadie se habría dado cuenta de que yo existía.

Tormenta cerró los ojos y acercó la cabeza hasta quedar junto a ella. No hacía falta decir más.

En el pueblo todavía la llamaban “la niña que hablaba con caballos”, aunque ya no lo fuera. Para muchos, era la prueba de que el destino puede cambiarse con algo tan sencillo —y tan difícil— como quedarse al lado de aquello que todos los demás prefieren abandonar.

Y así, entre cascos que ya no golpeaban con rabia sino con calma, entre manos pequeñas que crecieron sin perder la suavidad, Citlali León y Tormenta dejaron claro algo que no cabía en ningún documento ni en ningún sello oficial:

Que, a veces, los lazos más fuertes no nacen de la sangre ni del poder, sino del dolor compartido, de la ternura que no exige nada a cambio y de la decisión valiente de mirar a otro ser roto y decirle, sin palabras:

“Yo también fui como tú. Y aquí me quedo”.

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