…o, al menos, nadie podía asegurar haberla visto antes.
Pero la vida rara vez suelta a quienes ya aprendió a golpear.
Un día, cerca del mediodía, un coche cansado llegó levantando una nube de polvo en la entrada del rancho. Del asiento del copiloto bajó una mujer de sandalias vencidas, pantalones entallados y lentes oscuros que no se quitó ni para mirar alrededor.
—Vengo por mi hija —soltó, sin molestarse en saludar—. Citlali León.
La frase se regó como pólvora húmeda. Para cuando madre e hija quedaron frente a frente, el aire parecía detenido. Citlali no se movió. Aquella mujer no era un rostro nuevo, sino un recuerdo mal enfocado: noches cargadas de gritos, el aliento agrio del alcohol, puertas azotadas que no se volvían a abrir.
—Mírate nada más —comentó la mujer, torciendo la boca en algo parecido a una sonrisa—. Estás más flaca. Ya estuvo bueno de jugar a la vaquerita. Nos vamos.
A Citlali se le abrió un vacío en el estómago. No era la emoción de quien recupera a su madre, sino el miedo antiguo de quien sabe exactamente lo que implica regresar con ella.
—No quiero irme —alcanzó a decir, casi sin voz.
—Eso no te toca decidirlo. Soy tu madre.
Rafael Sandoval intervino con cautela. En los papeles, la mujer llevaba ventaja, pero algo chirriaba. No preguntó si la niña estaba bien, ni dónde había pasado las noches, ni si había comido caliente. Habló, en cambio, de lo que se decía en la radio del pueblo, de la fama repentina, de una hija que “había domado a un animal imposible”.
Antes de irse, lanzó una amenaza envuelta en promesa: volvería con documentos, con policías, con lo que fuera necesario. Esa noche, Citlali no pisó el corral. Se acurrucó en el cuarto vacío del almacén, una cobija doblada junto a ella y el llanto apretado para que no saliera. Nadie lo oyó… salvo Tormenta.
El caballo se descompuso. Rechazó el alimento, astilló la madera a mordidas, relinchó hasta que amaneció, pegado a la cerca como esperando verla aparecer entre la oscuridad. Omar Montes, el mayoral de carácter duro, lo dijo sin rodeos:
—Ese animal se está cayendo a pedazos sin la niña.
Rafael Sandoval tomó entonces otra determinación. Fue al almacén, abrió la puerta y habló sin rodeos:
—Mañana viene el veterinario. Si hoy no haces algo, mañana ya no habrá remedio.
El frío se le metió a Citlali hasta los huesos. No pidió explicaciones. Salió corriendo rumbo al corral con el pecho a punto de estallarle.
En cuanto Tormenta la vio, se quedó quieto. Después de dos días de furia desatada, bastó la silueta de la niña cruzando la entrada para que todo se aquietara. Ella se colgó de su cuello y, por primera vez, lloró sin esconderse.
—Perdóname por dejarte —sollozó, hundiendo el rostro en su pelaje.
Tormenta se echó junto a ella, cerrándole el paso al mundo con su cuerpo, como si así pudiera resguardarla de todo lo que la había herido.
La prueba de verdad llegó con el amanecer.
El corral apareció rodeado de gente: peones, vecinos, curiosos. Todos querían saber en qué acabaría aquello. El veterinario sostenía su maletín; la jeringa esperaba adentro. La mañana olía a neblina y a nervios.
Tormenta estaba suelto. Azotaba el suelo con las patas, lanzaba mordidas al aire, chocaba contra la cerca. Algunos murmuraban que no había arreglo, que los animales así no cambiaban, que lo de la niña había sido puro cuento.
Entonces Citlali salió de entre la gente.
Avanzó descalza sobre la grava helada, con el vestido manchado y los ojos secos, firmes. No volteó a ver a nadie. Fue directo a la puerta del corral.
—¿Estás segura? —le preguntó Rafael Sandoval en voz baja.
Ella asintió. No tenía nada más.
Entró.
Tormenta se levantó sobre las patas traseras, enorme, negro, amenazante. Alguien gritó que la sacaran de ahí, que era una locura. Nadie se movió. El rancho entero contuvo el aliento.
—Tormenta… —dijo ella, con una voz pequeña frente a tanta furia—. Soy yo.
El caballo cayó pesado al suelo, clavando las patas delanteras en la tierra. La miró, resollando, con espuma blanca en el hocico.
—Aquí estoy —siguió ella, avanzando despacio—. No me fui. Me dio miedo, pero ya no.
Un paso. Luego otro. Cada avance era una elección: quedarse, no correr, no repetir lo aprendido.
—Tú y yo venimos del mismo barro —murmuró—. De la misma sombra. No tengas miedo.
Tormenta resopló, giró las orejas y, ante la incredulidad de todos, bajó la cabeza hasta apoyar el hocico en el pecho de la niña.
Citlali le rodeó el cuello con los brazos. Lo sostuvo como se abraza a quien te sostuvo cuando nadie más pudo. El silencio fue absoluto; ni los gallos se atrevieron a cantar.
El veterinario guardó la jeringa. Rafael Sandoval se limpió el sudor de la frente. Omar Montes se quitó el sombrero.
—Lo hizo… —murmuró—. La chamaca lo hizo.
Pero todavía faltaba algo.
Citlali se movió hacia el costado del caballo, acarició su lomo con cuidado y susurró:
—¿Puedo?
Tormenta no respondió con palabras, pero flexionó apenas el cuerpo. Ella apoyó la pierna, se impulsó con los brazos y se subió a pelo, sin montura ni riendas, y un murmullo inquieto comenzó a recorrer a todos los que miraban.
