«Tú y yo venimos del mismo barro» — murmuró ella mientras Tormenta apoyaba el hocico en su pecho

Qué valiente mirada desafía tanto abandono.
Historias

No salió a pedir pan ni se acercó a hurgar entre los desechos del mercado. Pasó casi toda la jornada aferrada a la malla, con la vista clavada en el corral y un nudo apretándole la garganta. Algo la jalaba hacia ese caballo. Sentía una ligazón rara, como si en ese cuerpo oscuro y lustroso se hubieran quedado atrapados todos los alaridos que ella jamás se permitió soltar.

Al caer la tarde, cuando los hombres se retiraron a comer, volvió a escabullirse entre las tablas. Tormenta permanecía quieto, recargado en la sombra de un poste. Al notar su presencia, movió la cabeza con nervio, pero no intentó atacarla.

—Hola —murmuró ella—. ¿Todavía te acuerdas de mí?

Se acomodó en el suelo igual que la noche anterior. No era de hablar; las palabras casi nunca le servían. Sin embargo, frente a él comenzaron a brotar sin esfuerzo. No eran discursos ni frases bonitas, sino retazos de lo que había vivido.

Le contó cómo era guarecerse bajo los portales cuando la lluvia caía de golpe, lo que se sentía llevar el estómago vacío durante días, y esa costumbre de la gente de atravesarla con la mirada como si fuera aire o polvo. Confesó su terror a borrarse sin dejar rastro, a que nadie notara su ausencia. Y mientras hablaba, lo entendió: no le tenía miedo. No a él.

El momento se hizo pedazos cuando una voz áspera le rugió por la espalda.

—¿Qué carajos haces ahí, escuincla?

Omar Montes la sujetó del brazo y la sacó a tirones del corral. Tormenta reaccionó de inmediato, relinchando con furia. Los peones empezaron a gritar y Rafael Sandoval salió de la oficina.

—La encontramos adentro con el potro —escupió Omar, rojo de coraje—. ¡Como si fuera de su propiedad!

El patrón la observó en silencio. Citlali León bajó la cabeza por costumbre, esperando el golpe, el empujón o el desprecio. No estaba preparada para lo que siguió.

—Suéltenla —ordenó Rafael—. No le pongan un dedo encima.

El asombro dejó mudos a los hombres.

—Por ahora —agregó— quiero entender qué hizo para que ese animal dejara de comportarse como una bestia.

No era una invitación, pero tampoco la corrían. Para alguien que siempre había vivido en el filo, eso ya significaba demasiado.

Esa noche, Citlali León se quedó hecha bola junto a la cerca, tiritando. Nadie le acercó agua ni un pedazo de tortilla. Nadie le dijo dónde acomodarse. Aun así, nadie la echó. En su mundo, esa omisión ya era una promesa.

Del otro lado, Tormenta caminaba inquieto. Ella había escuchado bien: el veterinario llegaría el lunes, con las primeras luces. Quedaban dos noches. Nada más dos.

Cuando el rancho se apagó por completo, regresó al corral. Se sentó en el mismo sitio, lo miró largo rato y, por primera vez, dejó salir lo que le ardía en el pecho.

—No quiero que te maten —susurró—. No es justo lo que te van a hacer.

El caballo movió una oreja, atento.

—Sé lo que se siente que te traten como un estorbo —siguió—, como algo que es más fácil desaparecer.

La voz se le quebró. Se abrazó para no tiritar. Entonces Tormenta avanzó un paso. Solo uno. Bastó para encenderle algo por dentro.

—No voy a lastimarte —dijo apenas—, y tampoco quiero que tú me lastimes a mí.

Extendió la mano, no para tocarlo, sino para mostrarla vacía. Él no se acercó más, pero tampoco retrocedió. Permanecieron así, respirando el mismo aire, hasta que el cielo empezó a aclarar.

La segunda noche fue igual. La tercera… ya no hubo necesidad de esconderse.

Rafael Sandoval, curioso y receloso, decidió comprobarlo por sí mismo. Desde entonces, Citlali León solo podría entrar al corral bajo vigilancia. Una hora diaria. Ni un segundo extra.

El primer día, los peones se amontonaron junto a la cerca como si esperaran un truco. Citlali cruzó descalza, con el vestido hecho jirones y las manos húmedas. Tormenta la aguardaba. En cuanto ella entró, bajó la cabeza y se acercó con cuidado, sin rastro de agresión.

La niña se sentó en su pequeño círculo de tierra y, muy despacio, rozó su cuello con la punta de los dedos. Tormenta no se apartó. Cerró los ojos un instante, como si ese contacto mínimo fuera algo que llevaba años esperando y nadie se había atrevido a ofrecerle.

Los peones no sabían si persignarse o salir corriendo.

—Está embrujado —susurró uno.

—Embrujados nosotros, si pensamos que eso es brujería —replicó Mercedes Palacios desde el porche—. A veces lo quebrado se reconoce entre sí.

Desde ese día, el rancho cambió sin anuncio. Citlali León dejó de ser solo la niña de la calle: pasó a ser “la de Tormenta”. Se burlaban de ella, le decían bruja, le arrojaban paja, pero ya no se hacía chiquita. Tenía a dónde volver después de cada ofensa: un hocico tibio apoyado en su pecho y una mirada oscura que la veía completa, como si supiera su nombre desde mucho antes.

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