«Tú y yo venimos del mismo barro» — murmuró ella mientras Tormenta apoyaba el hocico en su pecho

Qué valiente mirada desafía tanto abandono.
Historias

Nadie aguardaba por ella ni preguntaba si faltaba. Citlali León era apenas un bulto delgado que se colaba entre los puestos del tianguis, la chiquilla que levantaba migajas de pan viejo antes de que las gallinas las picotearan, la presencia a la que todos se acostumbraron a no ver. Aquella mañana volvió a salir disparada del local del carnicero, con un trozo de pan apretado en la mano y una ofensa ardiéndole en la espalda.

—¡Fuera de aquí, chamaca! —le gritó el hombre, lanzándole un trapo mugroso que pasó rozándole la cara.

Citlali corrió sin voltear. Esquivó charcos y piedras, con los pies desnudos ya curtidos, insensibles a espinas y al filo del suelo. Cruzó la plaza, tomó la calle polvosa y se coló detrás de los establos del rancho La Quebrada, ese sitio donde siempre lograba borrarse del mundo. Ahí, entre tablas carcomidas y matorrales secos, se hizo bolita, se abrazó las rodillas y mordisqueó el pan duro como si se tratara de un banquete.

Del otro lado de la cerca se oían bufidos. El aroma del heno mezclado con tierra húmeda se colaba hasta su escondrijo, pero lo que de veras le atrapaba la mirada era él: el caballo negro, inmenso, inquieto, ese al que todos le sacaban la vuelta.

Le decían Tormenta, y el nombre no mentía. Azotaba el piso con los cascos, escupía espuma y se alzaba en dos patas cada vez que algún hombre se acercaba. Una semana atrás, un peón había terminado con el brazo quebrado. Desde entonces, nadie entraba al corral sin un palo en la mano y el miedo bien puesto.

Citlali no se perdía detalle. Día tras día, desde su rincón, lo miraba todo. La imponía su potencia, sí, pero había algo más que la tenía prendida: esa soledad clavada en los ojos, esa manera de observar como si el mundo entero le hubiera quedado mal. No lo veía como un animal loco. Lo sentía… lastimado. Igual que ella.

Un golpe de puerta la sacó de ahí. Rafael Sandoval, dueño del rancho, salió de la oficina con el gesto duro, flanqueado por dos trabajadores. Uno cargaba una carpeta; el otro, una soga gruesa.

—No podemos seguir arriesgándonos —soltó el patrón, sin alzar la voz—. Ese caballo no sirve. Es un peligro. El lunes se sacrifica.

La palabra le cayó a la niña como un puñetazo en el pecho. Sacrificar. El pan se le hizo nudo en la garganta. Los hombres se alejaron hablando de gastos y accidentes. Ninguno notó que, detrás de los arbustos, unos ojos grandes, llenos de polvo, se inundaban de un miedo que no era por ella, sino por ese animal que jamás había tocado.

Esa noche, mientras el rancho dormía y en la casona los peones roncaban, Citlali tomó una decisión que ni ella sabía explicar. Cruzó la calle vacía, se deslizó por un hueco entre las tablas del corral y entró.

No llevaba lámpara. No hacía falta. La luna colgaba enorme sobre La Quebrada, bañando de plata la figura del caballo negro.

Tormenta la vio al instante. Relinchó y golpeó el suelo con rabia. La niña se detuvo a unos pasos. No huyó, no gritó, no avanzó. Se sentó en la tierra, rodeó sus piernas con los brazos y bajó la cabeza. Guardó silencio.

El caballo resopló, inquieto. Dio vueltas, la olfateó desde lejos, sin entender qué hacía esa criatura pequeña ahí dentro. Pasaron minutos… quizá horas. Al final, Tormenta inclinó el cuello y se echó, dándole la espalda. Citlali permaneció ahí, callada, escuchando su respiración pesada. Cuando el cielo empezó a clarear, se levantó y salió por donde había entrado.

Nadie supo que estuvo ahí. Nadie se enteró de que, esa madrugada, mientras el rancho dormía, una niña de la calle y un caballo sentenciado compartieron el mismo silencio. Nadie sabía aún… que todo estaba a punto de moverse.

Al amanecer, los peones notaron algo raro en Tormenta. No pateaba las tablas, no tiraba el comedero, no amenazaba a nadie. Permanecía echado en un rincón, con la cabeza baja y los ojos entrecerrados.

—Se ve distinto, patrón —comentó Omar Montes, el mayoral—. Como si anduviera malo.

Rafael Sandoval lo observó con recelo. Dio un par de pasos dentro del corral, listo para salir disparado si el animal se alzaba. Pero Tormenta solo lo siguió con la mirada. Los músculos estaban flojos. Las orejas, tranquilas.

—No te confíes —murmuró el patrón—. Animales así nomás están esperando el momento para soltar la furia.

Ordenó llamar al veterinario para el lunes, el mismo día marcado para el sacrificio. Los chismes corrieron como polvo con viento: que si el caballo estaba embrujado, que si venía del demonio, que si ese silencio repentino era peor que su violencia.

Solo Citlali sabía que la noche anterior él no había estado solo.

Ese día, contra toda costumbre, no salió a buscar comida y se quedó rondando cerca del rancho, como si algo invisible la mantuviera atada a ese lugar.

Continuación del artículo

Vivencia