«Mi mamá dice que la plata no le va a regresar la salud» — dijo Mateo con voz quebrada mientras Ignacio se hincó entre lágrimas

Qué desprecio tan cobarde y revelador.
Historias

Mateo Landa siguió hablando, y conforme avanzaba, la voz se le afirmaba como si por fin hubiera decidido soltar todo el peso que llevaba cargando.

—Mientras mi mamá estaba en terapia intensiva, la Familia Figueroa la despidió —dijo sin rodeos—. Dijeron que el accidente había sido culpa suya, que fue descuidada. Intentaron zafarse sin pagarle nada. Luego nos sacaron del departamento porque ya no alcanzábamos para la renta. Terminamos arrimados en un cuarto con mi tía. Yo dormía directo en el piso, con una cobija doblada.

Sentí náuseas. Un malestar real, físico. En mi cabeza resonaron mis propias palabras de hacía unos minutos: gente que jamás entenderá el éxito. Se me revolvió el estómago.

—Pero apareció una abogada, Lucía Paredes —continuó Mateo—. Ella sí nos escuchó. No nos cobró un peso. Dijo que lo que nos habían hecho era una injusticia enorme. El juicio se alargó dos años completos. Al final, la Familia Figueroa perdió. El juez dictaminó que fue… “negligencia criminal”. Les ordenaron pagar salarios atrasados, gastos médicos, compensación por el daño y una multa grandísima. El dinero cayó ayer.

Levantó la cara y me sostuvo la mirada sin titubeos.

—Mi mamá dice que la plata no le va a regresar la salud —agregó—. Cuando llueve le duele todo el cuerpo. Camina chueco. Pero también dijo que ese dinero es para mí. Para que estudie. Para llegar a la universidad. Para que nunca, nunca más, nadie me trate como si no valiera nada.

Cada palabra se me enterró en el pecho. Como si no valiera nada. Y yo acababa de hacerlo justo eso.

—Señor —dijo entonces Mateo, con una serenidad que no correspondía a su edad—, ¿ya me puede dar el comprobante? Tengo que llevárselo a mi mamá. Está esperando para saber si ya estamos tranquilos.

Me quedé congelado. Bajé la vista a mi traje de tres mil pesos, al reloj suizo que presumía como trofeo. De pronto todo se me antojó disfraz, cartón pintado. Yo, con corbata y sonrisa de manual, no era más que un payaso caro. Ese chamaco, con tenis rotos y camiseta deslavada, tenía más dignidad en una uña que yo en todo el cuerpo.

Ximena Ayala, sin disimular las lágrimas, imprimió el estado de cuenta. Le temblaban las manos cuando se lo entregó.

—Toma, corazón —le dijo—. Todo está ahí. Ahora tienen mucho dinero. Pero tú… tú ya eras rico desde antes.

Mateo tomó el papel con cuidado.

—Gracias, señora.

Se dio la vuelta para salir. La gente dentro del banco se abrió a su paso. Nadie decía nada; lo miraban con una mezcla de sorpresa y un respeto casi solemne.

—¡Espera! —grité, y mi voz sonó rota, desesperada.

Mateo se detuvo en la puerta giratoria y volteó despacio.

Salí de atrás del mostrador. Las piernas me pesaban como si estuvieran hechas de concreto, pero avancé. Sentía los ojos de todos clavados en mí: empleados, clientes, personas a las que llevaba años menospreciando.

Me planté frente a él y, sin pensarlo más, hice algo que Ignacio Ríos, el ejecutivo intocable, jamás habría imaginado.

Me hincé.

Las rodillas chocaron contra el mármol helado. No me importó arruinar el pantalón. Quedé a su altura.

—Mateo —dije, con la voz quebrada—. No tengo justificación.

Las lágrimas, calientes y torpes, me salieron sin pedir permiso.

—Me comporté como un miserable —seguí, hablándole a él y a todos—. Te juzgué por cómo venías vestido. Te humillé. Fui igual que la gente que lastimó a tu mamá. Creí que el dinero me hacía superior, y hoy… hoy tú me enseñaste que soy el más pobre de todo este edificio.

Desde la fila, Eduardo Espinoza, el estudiante, asintió en silencio.

—Por favor —supliqué, tomando sus manos pequeñas y ásperas—. Dile a tu mamá… dile a doña Valentina Estrada que lo siento. Que en este banco hay alguien que aprendió la lección más dura de su vida gracias a su hijo.

Mateo me observó largo rato. Tenía todas las de ganar. Podía burlarse, insultarme o irse sin decir nada. Tenía $800,000 pesos en la bolsa y la razón de su lado.

Pero hizo algo que terminó de desarmarme.

Soltó una mano y la apoyó sobre mi hombro.

—Mi mamá dice que todos nos equivocamos, señor —respondió—. Dice que la gente mala muchas veces solo es gente que no sabe ser feliz. Si usted de verdad quiere cambiar… yo lo perdono.

El banco entero estalló en aplausos. No fueron palmaditas educadas; fueron vítores. Josefina Vargas lloró abiertamente. Sergio Aguilar, en su caja, se secaba los ojos.

Me quedé ahí, de rodillas, mientras Mateo salía con la frente en alto, caminando hacia un futuro donde podría ser abogado, doctor o lo que se le antojara.

Me incorporé despacio y miré alrededor.

—Ximena —ordené, con firmeza pese a los ojos enrojecidos—. Comunícate con recursos humanos.

—¿Señor? —preguntó, nerviosa.

—Vamos a cambiar cómo tratamos a la gente. Se acabaron las filas preferenciales. Se terminaron las comisiones abusivas a cuentas pequeñas. Y averigua qué fundación apoyó a la mamá de Mateo. Quiero hacer una donación anónima. Grande.

—Sí, señor —sonrió por primera vez en años—. Ahora mismo.

Ese día, Ignacio Ríos, el tirano, empezó a morir.

Tres meses después renuncié a la gerencia regional. No podía seguir sosteniendo un sistema que fabricaba más “Familias Figueroa”.

Hoy llevo una consultoría financiera chiquita en la Narvarte. Ayudo a familias a renegociar deudas, a frenar desalojos, a cuidar sus pocos ahorros. No gano cifras escandalosas. No uso trajes italianos; voy en camisa sencilla y mezclilla. Mi reloj es un Casio digital.

A veces, caminando por la calle de Xola, me topo con Mateo, que ya tiene catorce años y va rumbo a la secundaria con libros nuevos. Me saluda con la mano y sonríe.

Y esa sonrisa… vale más que los $847,320 pesos que me cambiaron la vida.

Porque entendí, a golpes, que la pobreza real no es tener la cartera vacía. La pobreza verdadera es cargar el alma hueca y creer que el dinero puede llenarla.

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