Continué con la perorata sin bajar el tono, como si estuviera dando una cátedra improvisada.
—Educación financiera —rematé—. Seguro esa tarjeta va en el bolsillo, revuelta con chicles mascados y monedas pegajosas.
—Oiga —se metió otro de los clientes, un chavo con pinta de universitario, mochila al hombro y ojeras de desvelo—. Creo que ya se pasó. El muchacho nada más quiere consultar su saldo.
Giré la cabeza despacio y lo miré con una sonrisa filosa, de esas que prometen desastre.
—Joven, si quiere que revise su cuenta y le explique por qué anda en números rojos, siga hablando —le solté—. Si no, le recomiendo que guarde silencio mientras intento enseñarle algo de profesionalismo a este cliente.
El estudiante agachó la mirada, rojo hasta las orejas, y dio un paso atrás. Yo volví a clavar los ojos en Mateo Landa.
—Ahora, tu identificación.
Mateo sacó su INE con manos rígidas. Al voltear la tarjeta y leer la dirección, sentí cómo se me estiraba la sonrisa.
—Iztapalapa —leí en voz alta—. Calle Cerro de la Estrella. Mira nada más. Zona brava. De esas donde la gente aprende a sobrevivir desde niño, ¿no?
Mateo apretó la mandíbula. Tenía las mejillas encendidas, pero no se movió ni un centímetro. En su cabeza apareció la imagen de su mamá, Valentina Estrada. La recordó entrando la noche anterior, con las manos resecas y partidas por el cloro, entregándole esa tarjeta entre lágrimas. “Tienes que ir tú, hijo. Si falto al trabajo me corren. Hoy te toca ser el hombre de la casa”.
—En mi colonia hay gente decente, señor —dijo al fin, con la voz firme a pesar del temblor—. Gente que trabaja duro.
—No lo pongo en duda —respondí con ironía mientras tecleaba en la computadora—. Se parten el lomo para ganar migajas. Una verdadera pena.
El sistema tardó en responder. Yo ya tenía lista la frase final, la estocada: “Lo siento, Mateo, pero debes unos cuantos pesos por comisiones. Dile a tu mamá que haga horas extra”.
La pantalla parpadeó y por fin cargó.
Me incliné hacia adelante, preparado para burlarme.
Y entonces todo se congeló.
La risa que ya me nacía murió en seco. Se quedó atorada en la garganta, convertida en un sonido ridículo. Sentí cómo la sangre se me bajaba del rostro; un frío me recorrió la espalda y me mareé.
Ximena Ayala, que estaba asomándose por encima de mi hombro, soltó un jadeo y se llevó la mano a la boca.
—No puede ser… —murmuró.
Parpadeé varias veces. Tenía que ser un error. Un fallo del sistema. Un número mal capturado. Cerré la sesión y volví a entrar.
Ahí seguían. Los dígitos intactos, luminosos, acusándome.
En la sucursal se hizo un silencio espeso. Solo se escuchaba el aire acondicionado zumbando. Todos esperaban el chiste, la humillación final. Pero yo no podía moverme. Esa cifra destrozaba mi lógica, mi arrogancia, todo lo que creía entender del mundo.
—Señor… —la voz de Mateo sonó pequeña, asustada por mi expresión—. ¿Pasó algo? ¿No hay nada?
Tragué saliva. Tenía la boca seca como cartón. Me giré hacia él muy despacio. Ya no veía a un chamaco con tenis rotos. Veía algo que no lograba encajar.
—El saldo… —mi voz salió ronca, irreconocible—. El saldo de tu cuenta es…
Volví a mirar la pantalla, solo para asegurarme de no estar perdiendo la razón.
—Ochocientos cuarenta y siete mil trescientos veinte pesos con cincuenta y tres centavos.
Lo dije. $847,320.53.
El número quedó flotando en el aire.
—¡No manches! —soltó alguien en la fila. Josefina Vargas, la señora mayor, se llevó la mano al pecho. El universitario abrió la boca sin poder cerrarla.
Mateo parpadeó, perdido.
—¿Ochocientos… qué? —preguntó—. ¿Eso es… mucho?
Mis manos temblaban apoyadas en el mostrador.
—Mateo —dije, y por primera vez mi voz no tenía rastro de burla, solo respeto y algo parecido al miedo—. Eso es muchísimo dinero. Más de lo que muchos aquí van a ganar en décadas.
Eduardo Espinoza, el estudiante que había intervenido antes, dio un paso al frente.
—¿Dijo más de ochocientos mil pesos? ¿Ese chavo tiene casi un millón?
La vergüenza me cayó como una ola hirviendo. Sentí el cuello arder, la cara roja. Lo había tratado como basura: por su ropa, por el trabajo de su madre, por su colonia. Y resulta que tenía más dinero disponible que yo.
—No entiendo —balbuceé, buscando una explicación absurda—. ¿Algún fraude? ¿Se sacaron la lotería? Esto no cuadra. Su mamá… ella limpia casas.
Mateo me miró a los ojos. Y con una inocencia que me partió por dentro, respondió:
—Mi mamá no se ganó nada, señor —dijo, con la voz quebrada—. Ese dinero es el precio de sus piernas.
La sucursal entera contuvo el aliento.
—¿Cómo que sus piernas? —preguntó Ximena, acercándose a él con una suavidad que nunca le había visto.
Mateo se limpió una lágrima con el dorso de la mano.
—Mi mamá trabajaba para la Familia Figueroa, en una casa grande. Vivía ahí. Hace dos años les dijo muchas veces que la escalera de servicio estaba podrida. Que tronaba, que era peligrosa. Pero ellos le decían que no exagerara, que su trabajo era limpiar y no opinar.
Hizo una pausa para respirar. Sentí que el piso se me abría. A los Figueroa los conocía. Clientes preferentes del banco. Gente soberbia. Gente como yo.
—Un día, bajando con un bote de ropa sucia, un escalón se rompió. Mi mamá cayó desde el segundo piso. Se quebró la espalda en varios lados y quedó destrozada de las piernas.
Josefina Vargas empezó a llorar en silencio, apretando su bolsa contra el pecho.
—Estuvo seis meses internada —continuó Mateo, y su voz empezó a ganar fuerza, preparando el peso de todo lo que vendría después.
