«Mi mamá dice que la plata no le va a regresar la salud» — dijo Mateo con voz quebrada mientras Ignacio se hincó entre lágrimas

Qué desprecio tan cobarde y revelador.
Historias

La dureza de su expresión era un choque frontal entre una voluntad de acero y un pánico que le mordía el estómago. Ese chamaco entendía, con una claridad brutal, que no encajaba ahí. Sabía que había cruzado una frontera invisible, que se había metido sin invitación al santuario donde se rinde culto al dinero.

Entre sus manos sostenía un papel todo arrugado, aplastándolo contra el pecho como si fuera un amuleto o el tesoro más preciado que había tenido en su vida. Los dedos se le tensaban tanto que los nudillos se le habían quedado pálidos.

—¿Existe algún inconveniente por aquí? —solté con mi voz grave, empujándola para que resonara en el vestíbulo y provocara que media sucursal volteara a ver—. Siempre me ha gustado cuando hay público.

El niño se dio la vuelta. Alcancé a percibir el segundo exacto en que me pasó revista. Sus pupilas oscuras se deslizaron por mi traje a la medida, mis zapatos impecables, la forma en que ocupaba el espacio con naturalidad autoritaria. Tragó saliva. Aun así, no dio un paso atrás.

—Señor —dijo, esforzándose por sonar firme, aunque los nervios le afilaron la voz—. Yo… solo necesito consultar mi saldo.

La manera en que pronunció “mi saldo”, cargada de una dignidad casi ingenua, estuvo a punto de arrancarme una risa. ¿Su saldo? ¿Qué cantidad podía guardar un niño así? ¿El domingo que le daban en casa? ¿Cincuenta pesos que le soltó la abuela?

—¿Tu saldo? —repetí, copiándole el tono con una curiosidad exagerada y burlona—. Caray. Y dime, joven empresario, ¿quién se supone que eres?

—Soy Mateo Landa, señor —contestó, estirándose cuanto pudo con su metro y poco de estatura—. Tengo doce años y soy cliente de este banco.

Tuve que morderme la mejilla para no soltar la carcajada ahí mismo. Su solemnidad resultaba casi cómica.

—Ajá, Mateo Landa —dije, cruzando los brazos y mirándolo desde arriba con abierto desdén—. ¿Y tus papás? ¿Se perdieron buscando la salida?

Por primera vez, la coraza de valentía se le resquebrajó. Una punzada de dolor cruzó sus ojos castaños antes de que bajara la mirada hacia el piso pulido.

—Mi mamá está trabajando, señor. Se dedica a limpiar casas en Las Lomas. Hoy tiene tres servicios. Me pidió que viniera solo porque… porque era importante que revisara algo.

Las palabras quedaron flotando en el aire. “Limpia casas”. En mi cabeza clasista, eso bastó para ponerle una etiqueta: hijo de la servidumbre, sin peso, sin relevancia. Todo encajaba: la ropa gastada, el olor a humedad en la chamarra, la incomodidad constante.

—Ya veo —respondí, modulando la voz con esa condescendencia que tantas veces había usado para aplastar a otros—. Entonces tu mamá, que se gana la vida limpiando casas, decidió mandarte solito al corazón financiero de la Ciudad de México para verificar “algo importante”.

Marqué esas palabras con una mueca cargada de desprecio. Ximena Ayala, que había bajado detrás de mí, me lanzó una seña discreta, claramente incómoda. La ignoré sin el menor remordimiento.

—Sí, señor —murmuró Mateo, encogiéndose un poco más, como si quisiera desaparecer.

Comencé a rodearlo despacio, con la paciencia cruel de un depredador.

—Y dime, Mateo —seguí—, ¿cuánto crees que guarda esa cuenta tan crucial? ¿Cien pesos? ¿Doscientos, si el Ratón de los Dientes se lució este año?

Algunos clientes soltaron risas nerviosas. Sentí esa validación tibia que da el aplauso ajeno. El show estaba funcionando.

Mateo apretó todavía más el papel.

—No lo sé con exactitud, señor. Justamente por eso vine. Mi mamá dijo que hoy era indispensable que lo supiera.

—¿Indispensable? —repetí, soltando una risa corta, afilada—. ¿Qué puede ser indispensable en la cuenta de un niño de doce años cuya madre se parte la espalda trapeando pisos?

El silencio se volvió pesado. Un par de personas dejaron de reír. Una señora mayor frunció el ceño y murmuró algo sobre el respeto. Yo ya estaba demasiado embriagado de mi propia autoridad como para frenar.

—Escucha, chamaco —dije, inclinándome hasta invadirle el espacio—. Esto es un banco serio. No una ludoteca. No es lugar para que los niños jueguen a ser adultos mientras sus madres limpian los baños de gente importante. Mejor regresa a tu colonia y dile a tu mamá que venga ella cuando termine de trabajar.

Mateo levantó la cara. Y lo que vi ahí me descolocó. No había lágrimas. Había fuego.

—Señor —dijo, ahora sin temblor—. Tengo derecho a estar aquí. Tengo una cuenta, traigo mi identificación y solo estoy pidiendo un servicio. ¿De verdad eso le resulta tan complicado?

La osadía me cayó como un golpe seco. ¿Ese chamaco me estaba retando? ¿A mí? ¿En mi propio banco? Sentí cómo la ira fría me subía por la garganta.

—¿Ah, sí quieres ver tu saldo? —musité, sonriendo de forma peligrosa—. Tienes razón. El cliente siempre manda, ¿no? ¡Ximena!

Troné los dedos. Ximena Ayala se acercó de inmediato.

—Tráeme una laptop. Ahora mismo. Vamos a darle al joven Mateo Landa el trato VIP que merece. Que todos vean su impresionante imperio financiero.

Mi intención era evidente: exhibirlo. Mostrar frente a todos que su cuenta tenía unos cuantos pesos o que estaba en ceros por comisiones. Darle una lección brutal sobre el lugar que, según yo, ocupaba en el mundo.

Ximena regresó con la computadora, pálida, y la colocó sobre el mostrador.

—Perfecto, Mateo —anuncié en voz alta, como si fuera un animador de feria—. Vamos a descubrir esa fortuna. Entrégame tu documentación.

Mateo desplegó el papel con un cuidado casi sagrado. Era una libreta de ahorro vieja y una tarjeta de débito tan maltratada que parecía sobreviviente de mil batallas: rayada, con las orillas comidas. La tomé con dos dedos, como si fuera algo contaminado.

—¿Ven esto? —dije, mostrándola a la fila—. Así es como se maneja el dinero cuando no se tiene educación financiera ni nadie que te enseñe a respetarlo.

Continuación del artículo

Vivencia