Acomodé con calma el nudo de mi corbata de seda italiana frente al espejo del despacho. Mi oficina estaba en el segundo nivel de la sucursal más exclusiva del Banco Nacional, plantada en pleno Paseo de la Castellana, en Madrid. Eran exactamente las 9:37 de la mañana de un martes plomizo de noviembre y, para ser honesto, me sentía en la cima. Tal vez no el dueño del universo, pero sí el monarca indiscutible de ese microcosmos hecho de mármol pulido y cristales antibalas.
Desde mi pecera —así le decíamos a esas oficinas acristaladas que permitían verlo todo— dominaba el patio de operaciones como un césar moderno observando a la multitud desde las gradas. La gente abajo era, en mis pensamientos, simple comparsa. La “plebe”. Ese desprecio interno no nace solo: lo cultivan dos décadas en la banca de inversión y un salario de seis cifras que te convence de que estás por encima del resto.
Mi nombre es Ignacio Ríos. Durante años me encargué de construir una fama sólida y temida: el directivo más duro, el depredador financiero, el tipo capaz de detectar el miedo en los ojos de un cliente antes incluso de que hablara. Negar un crédito mientras sonreía con cortesía helada era casi un arte para mí. En las comidas del Club de Campo presumía, sin pudor, de saber “poner a cada quien en su lugar”.
Mi despacho era un altar dedicado a mi ego. Muebles minimalistas de diseño nórdico, una cafetera que molía grano colombiano importado a cincuenta euros el kilo y una vitrina con relojes suizos que rotaba estratégicamente. El mensaje era claro: mi tiempo valía infinitamente más que el de cualquiera que cruzara esa puerta.
Sin embargo, el dinero no era lo que de verdad me impulsaba. Ni siquiera los bonos trimestrales por la llamada “optimización de recursos”, esa frase elegante que escondía despidos y negativas de hipotecas a familias enteras. Lo que me mantenía despierto y satisfecho era otra cosa: el poder. La embriaguez de decidir quién merecía atención y quién no. Ser el guardián del umbral.

—Señor Ríos —la voz de Ximena Ayala, mi asistente, salió por el intercomunicador con el respeto tembloroso que yo mismo había fomentado—. El director regional confirmó que vendrá mañana. ¿Desea revisar las cifras del trimestre?
—Perfecto, Ximena —contesté mientras observaba mis uñas recién arregladas—. Los números hablan por sí solos.
Y, en efecto, eran impecables. Había incrementado las ganancias cerrando la puerta a todo aquel catalogado como “riesgoso”: gente trabajadora, autónomos ahogados por las cuentas, jubilados confundidos por comisiones absurdas. Para mí no eran historias humanas; eran simples entradas negativas en un balance.
Me puse de pie y caminé hasta el ventanal para contemplar el salón principal. A propósito había reducido el número de cajas abiertas. Donde antes operaban seis, ahora solo tres empleados absorbían toda la carga. Las filas se extendían largas y retorcidas, llenas de caras cansadas. Verlos esperar me producía una satisfacción silenciosa: era mi forma de recordarles quién mandaba.
Recorrí la escena con mirada de cazador. Identifiqué a Raúl Cifuentes, el ferretero de Cuatro Caminos, empapado en sudor y cargando una carpeta, seguramente para rogar otra prórroga. Más allá estaba Josefina Vargas, una viuda que venía a cobrar una pensión miserable. También vi a varios jóvenes con trajes baratos de poliéster, quizá recién egresados intentando abrir su primera cuenta.
“Gente común”, pensé con desdén mientras bebía café. “Personas que jamás comprenderán lo que es el éxito de verdad”.
En ese instante sonó el teléfono interno. Era Sergio Aguilar, el jefe de caja. Con él tenía una alianza tácita: sumiso conmigo, cruel con los clientes.
—Señor Ríos —dijo, y noté una tensión poco habitual—. Tenemos un… asunto en la caja tres.
Me enderecé de inmediato; mi instinto de control se activó.
—¿De qué clase de asunto hablas, Sergio? ¿Algún escándalo? ¿Aviso a seguridad?
—No, señor. Es que… es un niño. Entró hace unos minutos.
—¿Un niño? —repetí, levantando una ceja—. ¿Está extraviado?
—No exactamente. Dice que quiere consultar su saldo. Trae un papel todo arrugado y asegura que es su tarjeta, pero… con franqueza, parece sacado de una novela de Dickens. No tiene pinta de poder pagar ni un bocadillo y está frenando la fila.
Una sonrisa dura se me dibujó en los labios. El tedio de la mañana se evaporó al instante. Aquello prometía. Un poco de espectáculo a costa de un ignorante era justo lo que necesitaba antes de la junta de presupuesto.
—No hagas nada aún —ordené mientras me ajustaba el saco de mi traje de tres mil euros—. Bajo yo mismo.
Descendí por las escaleras de mármol con la calma estudiada de una figura pública. Sentía esa expectación deliciosa en el pecho. Me fascinaban estos rituales de teatro corporativo donde podía exhibir autoridad y dejar claro, frente a empleados y clientes, que ese territorio me pertenecía.
Al llegar al área de cajas, lo distinguí de inmediato.
Era un chico de unos doce años, plantado frente al módulo de información. Dentro del ambiente pulcro, frío y calculado del banco, él resaltaba como una mancha oscura sobre una tela impecable. Vestía una camiseta roja del Real Madrid, claramente pirata y tan gastada que el escudo apenas se adivinaba. Los jeans estaban remendados en las rodillas, no por estilo sino por pura necesidad, y las zapatillas lucían vencidas, con la suela a punto de desprenderse.
Pero lo que me hizo detenerme un instante, lo que ensanchó mi sonrisa con una malicia involuntaria, fue su rostro: en esa mirada se mezclaban una determinación áspera y un miedo profundo, una expresión que anunciaba que aquel encuentro apenas estaba comenzando.
