«No quiero que la tía Adri se vaya» — sollozaba Renata aferrada a las piernas de Adriana

Un amor valiente desafía todos los prejuicios.
Historias

…y también de cuánto anhela verlo sonreír, de las tardes en que sembraron flores en el jardín y de los pequeños rituales que comparten. Adriana Salgado no está fomentando una dependencia dañina; por el contrario, está reforzando los lazos que sostienen a esa familia.

Ricardo Carrillo sintió un alivio profundo, aunque mezclado con una confusión que no lograba sacudirse del todo. Le inquietaba la edad de Adriana, tan joven para una responsabilidad tan grande, pero la especialista había sido clara: ese detalle no representaba ningún riesgo. Renata Ibarra no la percibía como un reemplazo materno ni como una figura que ocupara el lugar de su madre fallecida. Para la niña, Adriana era algo distinto: una especie de hermana mayor en quien podía confiar, alguien cercana y protectora. Desde el punto de vista emocional, aquello era incluso más sano. Esa noche, Ricardo se quedó largo rato despierto, dándole vueltas a todo lo que había escuchado y tratando de acomodar sus ideas.

Quizá Elena Montoya se había equivocado en su juicio sobre Adriana. Tal vez él mismo había permitido que el miedo guiara sus pensamientos más que la realidad que tenía frente a los ojos. A la mañana siguiente, antes de que Ricardo saliera rumbo a la oficina, Elena lo interceptó en el despacho con el gesto tenso.

—Señor Ricardo, necesitamos hablar de inmediato.

—¿Ahora qué ocurre, Elena? —respondió él, cansado, anticipando otra acusación.

—He descubierto algo muy serio sobre esa muchacha, Adriana Salgado.

Ricardo soltó un suspiro, preparándose para escuchar lo peor.

—Diga de una vez.

—No vive donde aseguró que vivía. La dirección que nos dio no es real.

Aquello sí logró sorprenderlo.

—¿Cómo que no es real?

—Mandé a mi sobrina a investigar. En ese domicilio no vive ninguna Adriana Salgado ni una familia como la que describió. Es una casa habitada por otras personas que jamás han oído hablar de ella.

Ricardo frunció el ceño.

—Tal vez se mudó hace poco.

—O tal vez le ha mentido en todo, señor —insistió Elena—. ¿Y si no tiene hermanos que mantener? ¿Y si esa historia es solo una forma de despertar su compasión?

La duda volvió a instalarse en la mente de Ricardo como una sombra persistente. Si Adriana había mentido sobre algo tan básico como su domicilio, ¿qué más podría no ser verdad?

—Voy a enfrentarla hoy mismo —dijo con determinación.

El resto del día se le hizo eterno. Apenas pudo concentrarse en el trabajo, mientras las palabras de Elena resonaban una y otra vez en su cabeza. Pensaba que, si Adriana había falseado su situación personal, quizá también había calculado su cercanía con Renata. Al caer la tarde, regresó a casa con la decisión firme de aclarar todo.

Encontró a Adriana acomodando la sala, colocando cojines y ordenando algunos juguetes, mientras Renata jugaba con sus muñecas sobre la alfombra.

—Adriana, necesito hablar contigo —dijo con un tono serio.

—Claro, señor Ricardo.

—Renata, ve un ratito a tu cuarto —intervino él—. Papá tiene que platicar con Adriana.

La niña obedeció, aunque lanzó una mirada inquieta al notar la tensión en la voz de su padre. Cuando estuvieron a solas, Ricardo fue directo.

—Necesito que seas totalmente sincera conmigo.

—Siempre lo he sido —respondió ella, sin dudar.

—Entonces explícale esto: ¿por qué la dirección que proporcionaste no coincide con el lugar donde realmente vives?

El color se le fue del rostro a Adriana.

—¿Cómo dice?

—Hice verificar la información. En ese domicilio no vive ninguna Adriana Salgado.

Ella tragó saliva y habló con la voz temblorosa.

—Puedo explicarlo… No mentí del todo. Vivía ahí hasta hace un mes.

—¿Y por qué ya no?

—Porque no pudimos seguir pagando la renta.

—¿A dónde se mudaron?

Adriana bajó la mirada, visiblemente avergonzada.

—A un edificio ocupado, en el centro de la ciudad.

—¿Una ocupación?

—Sí, señor. Es un inmueble abandonado donde se han instalado varias familias sin hogar. Sé que no es legal, pero fue la única opción que encontramos.

Ricardo guardó silencio, asimilando cada palabra.

—¿Por qué no me lo dijiste desde el principio?

—Porque tuve miedo —confesó—. La gente que vive en ocupaciones suele ser vista como problemática o peligrosa. Pensé que me despediría si lo sabía.

—¿Y tus hermanos? ¿Existen realmente?

—Claro que sí —dijo ella, con lágrimas en los ojos—. Emiliano Rocha tiene diecisiete años, Tomás Beltrán doce y Lucía Calderón ocho.

—¿Ellos estudian?

—Sí, en una escuela pública cerca de donde estamos viviendo ahora.

—Entonces, ¿por qué mentiste sobre la dirección?

—No fue una mentira completa —aclaró—. Di la dirección de donde vivíamos antes. Pensé que, si lograba estabilidad en este trabajo, podría regresar ahí o rentar algo parecido.

Ricardo observó a la joven frente a él: asustada, cansada, pero sincera. Poco a poco empezó a comprender la complejidad de su situación. Adriana no parecía una manipuladora; más bien, era alguien desesperada por salir adelante y proteger a su familia.

—Entiende que necesito confiar plenamente en quien trabaja en esta casa, y más aún en quien cuida a mi hija —dijo él con seriedad.

—Lo entiendo, señor Ricardo —respondió ella—. Y acepto si decide despedirme. Solo le pido que me permita despedirme de Renata.

Ricardo permaneció callado durante varios segundos.

—No voy a despedirte —dijo finalmente—. Pero quiero conocer a tus hermanos y ver con mis propios ojos dónde están viviendo.

—No es necesario, señor…

—Sí lo es —interrumpió—. Si Renata es tan importante para ti como tú lo eres para ella, entonces tu familia también importa.

Adriana rompió en llanto.

—¿De verdad haría eso?

—Vamos el sábado por la mañana.

Ese día, Ricardo llevó a Renata con él para conocer a la familia de Adriana. El edificio ocupado, ubicado en una zona céntrica de la Ciudad de México, contrastaba enormemente con el entorno al que él estaba acostumbrado. Subieron tres pisos por unas escaleras estrechas hasta llegar a un departamento improvisado. Lo que encontró ahí lo dejó sin palabras.

A pesar de la falta de lujos, el lugar estaba limpio y lleno de calidez. Emiliano, alto y delgado, ayudaba a Tomás con tareas de matemáticas en una mesa pequeña. Lucía, con un cabello rizado idéntico al de su hermana, dibujaba en el piso con crayones ya gastados.

—Ellos son el señor Ricardo, mi jefe, y Renata, de quien siempre les hablo —dijo Adriana.

—Mucho gusto, señor —saludó Emiliano, extendiendo la mano con educación—. Soy Emiliano, el hermano mayor.

—El gusto es mío.

Renata, que al principio se mostró tímida, pronto conectó con Lucía.

—¿Te gusta dibujar? —le preguntó.

—Sí.

—¿Quieres hacerlo juntas?

Ricardo observó el ambiente con atención. Había pocos muebles, pero todo estaba ordenado con esmero. En una pared colgaban certificados escolares de los tres hermanos, exhibidos con evidente orgullo.

—Adriana me dijo que eres buen estudiante —comentó Ricardo a Emiliano.

—Hago lo que puedo, señor —respondió el joven—. Quiero conseguir una beca para una preparatoria técnica.

—¿En qué área?

—Informática. Me gustan mucho las computadoras.

Ricardo habló con cada uno de ellos y quedó genuinamente impresionado. A pesar de las dificultades, Adriana había logrado construir un entorno familiar sano. Los niños eran respetuosos, aplicados y cariñosos entre sí.

—¿Podemos hablar un momento en la cocina? —pidió Ricardo.

En el pequeño espacio, fue directo.

—¿Por qué no me hablaste con franqueza desde el inicio?

—Porque usted vive en un mundo muy distinto al nuestro —respondió ella—. Para usted, muchos problemas se resuelven con dinero. Para nosotros, con trabajo y esperanza. No quería que sintiera lástima ni que pensara que intentaba aprovecharme.

—Pero, de alguna manera, sí te estás aprovechando —dijo él con calma—. De mi hija.

Adriana se quedó helada.

—¿Cómo dice?

—Perdiste a tu madre, cargas con la responsabilidad de tus hermanos y debes ser fuerte todo el tiempo. Renata te ofrece un espacio donde puedes dar cariño sin cargar con todo el peso. Un lugar donde sentirte familia sin tanta presión.

—Eso no es verdad —respondió Adriana con firmeza—. Amo a Renata porque es una niña especial que necesitaba afecto, no para llenar un vacío mío.

—Entonces, ¿por qué dedicas tanto tiempo a alguien que no es tu familia de sangre?

—Porque la familia no se limita a la sangre, señor Ricardo. La familia es quien cuida, quien se preocupa, quien ama. Renata y yo llegamos a la vida de la otra en el momento justo.

Ricardo miró alrededor: los dibujos de Lucía pegados en el refrigerador, los cuadernos de Tomás acomodados en un estante improvisado, la ropa recién lavada de Emiliano colgada para secarse.

—Tu familia es hermosa —dijo al fin.

—Gracias. No tenemos mucho, pero nos tenemos entre nosotros.

—¿Y si les ofreciera una casa mejor? —preguntó él—. ¿Aceptarías?

Adriana dudó.

—Dependería de las condiciones.

—¿Cuáles?

—No aceptaría caridad. Si fuera una ayuda que pudiera pagar, aunque fuera poco a poco, lo consideraría. Un préstamo sin intereses, tal vez.

De regreso en la mansión, Ricardo tenía la cabeza llena de pensamientos. Elena Montoya lo esperaba en la sala, ansiosa.

—Entonces, señor Ricardo, ¿confirmó mis sospechas?

—En realidad, Elena, confirmé que yo estaba equivocado —respondió—. Adriana no es una oportunista; es una joven valiente enfrentando circunstancias muy duras.

—Está dejando que el corazón pese más que la razón —replicó ella.

—No —corrigió él—. Estoy dejando que los hechos superen a los prejuicios.

Elena se mostró visiblemente molesta.

—¿Prejuicios?

—Sí, contra la gente pobre, contra los jóvenes, contra quienes no pertenecen a nuestro entorno.

—Esa muchacha lo está manipulando a través de su hija —insistió.

—Usted ha sido leal durante veinte años —dijo Ricardo—, y se lo agradezco. Pero esta vez está equivocada.

—Si piensa así, quizá lo mejor sea que me retire —respondió ella con frialdad.

—No quiero que se vaya, pero tampoco despediré a Adriana para complacer celos.

—¿Celos? —preguntó, ofendida.

—Sí. Porque Renata creó con ella un vínculo que nunca tuvo con usted. Cuidar una casa no es lo mismo que cuidar el corazón de una niña.

Elena guardó silencio.

—Si ese es su sentir, entonces es mejor que me vaya.

Esa noche, Ricardo habló con Renata.

—Hija, la señora Elena está pensando en jubilarse.

—¿Qué es jubilarse?

—Es dejar de trabajar después de muchos años.

—¿Ya no va a vivir aquí?

—No, pero Adriana seguirá con nosotros.

—Qué bueno —respondió la niña—. Me gusta mucho la tía Adriana. Me recuerda a mi mamá, pero distinto.

—¿Distinto cómo?

—Mi mamá me hacía feliz porque era mi mamá. La tía Adriana me hace feliz porque es mi amiga.

La respuesta conmovió profundamente a Ricardo. Renata había encontrado la forma de recordar a su madre sin reemplazarla.

La semana siguiente, Elena Montoya anunció oficialmente que se jubilaría a finales de mes. A pesar de las tensiones, Ricardo decidió organizar una fiesta de despedida para reconocer sus veinte años de servicio, preparando así un cierre digno para una etapa que estaba a punto de terminar.

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