Ricardo Carrillo quedó atrapado en un punto muerto. Las palabras de Elena Montoya seguían resonándole en la cabeza, y aunque no quería admitirlo, había algo de razón en sus advertencias. Se debatía entre la gratitud que sentía hacia la mujer que prácticamente lo había acompañado en la crianza de su hija y la obligación, mucho más profunda, de proteger el equilibrio emocional de Renata Ibarra.
—Lo voy a pensar con calma —dijo al final, sin convicción.
En los días que siguieron, el ambiente dentro de la casa se volvió más pesado, casi irrespirable. Elena adoptó una actitud rígida y comenzó a tratar a Adriana Salgado con una frialdad que antes no existía. Le dio instrucciones secas, precisas, y redujo al mínimo indispensable el tiempo que podía pasar con Renata, limitándolo estrictamente a sus funciones laborales. No hubo gritos ni discusiones abiertas, pero la tensión se colaba en cada rincón. Renata, sensible como siempre, percibió de inmediato el cambio. Poco a poco volvió a encerrarse en sí misma, hablando menos, observando más, como si tuviera miedo de ocupar demasiado espacio.
Ricardo lo notó, y la culpa empezó a pesarle.
El sábado siguiente, intentando romper esa dinámica, se le ocurrió algo distinto. Decidió llevar a Renata a conocer su oficina, un lugar del que siempre hablaba, pero que ella nunca había visto. Pensó que tal vez compartir ese mundo con su hija podría ayudarle a crear recuerdos propios, algo que fuera solo de ellos dos, sin intermediarios.
Quería lograr, aunque fuera un poco, esa cercanía que Adriana parecía construir con tanta naturalidad.
Mientras avanzaban en el coche, Renata miraba por la ventana con curiosidad.
—Papi —preguntó de pronto—, ¿por qué no vino la tía Carmelita con nosotros?
Ricardo apretó ligeramente el volante.
—Porque hoy es nuestro día, corazón. Solo tú y yo.
—Pero a la tía Carmelita le gustaría ver dónde trabajas —insistió ella con total inocencia.
Él respiró hondo, esforzándose por no dejar ver la punzada de frustración. Incluso a solas con su hija, Adriana seguía siendo parte de la conversación.
En la oficina, Ricardo presentó a Renata con varios empleados. Todos quedaron encantados con su manera de expresarse, con lo despierta y educada que era. Sin embargo, él notó algo que no pudo ignorar: Renata no se soltaba de su mano. Permanecía pegada a él, sin la espontaneidad que mostraba cuando estaba con Adriana.
—Señor Carrillo, su niña es un encanto —comentó Natalia Fuentes desde la recepción, sonriendo—. Dice que tiene una amiga muy especial en casa que le enseña cosas padrísimas.
—¿Ah, sí? —respondió Ricardo, forzando una sonrisa.
—Le pregunté si era alguien de la escuela y me dijo que no, que es una señorita que vive con ustedes y que hace todo más divertido.
Amiga. Esa palabra volvió a incomodarlo.
De regreso a casa, Renata se quedó dormida en el asiento trasero. El silencio del trayecto le dio espacio para pensar. No cabía duda: su hija no veía a Adriana como una empleada, sino como algo mucho más cercano, casi una figura materna. La pregunta que lo atormentaba era si ese vínculo era un apoyo necesario o un riesgo a largo plazo.
Al llegar, encontró a Elena esperándolo en la sala, con el ceño fruncido y un papel en la mano.
—Señor Ricardo, tenemos que hablar ahora mismo —dijo sin rodeos.
—¿Qué sucede?
—Encontré esto en la habitación de Adriana.
Le tendió una hoja arrugada. Ricardo la tomó y la revisó con atención. Era una lista detallada de colegios privados de la Ciudad de México, todos de alto nivel y con colegiaturas elevadas.
—¿Y esto qué prueba? —preguntó, aunque ya intuía por dónde iba Elena.
—Que está planeando algo —respondió ella con firmeza—. ¿Por qué una trabajadora doméstica investigaría escuelas tan caras? ¿No le parece sospechoso? Tal vez quiera aprovecharse de su buena voluntad. O quizá esté pensando en sugerirle cambiar a Renata de escuela para colocarse como asesora educativa de la familia.
Ricardo sintió cómo la suspicacia de Elena comenzaba a irritarlo. Aun así, no pudo negar que el hallazgo era extraño. Decidió no sacar conclusiones precipitadas y hablar directamente con Adriana.
El lunes llegó a casa a la hora de la comida. En la cocina encontró a Adriana y a Renata preparando sándwiches entre risas.
—¡Papi! —gritó Renata—. La tía Carmelita me está enseñando a hacer el sándwich de queso como el que hacía mamá.
A Ricardo se le cerró la garganta. Marina Castañeda solía preparar esos sándwiches especiales, con el queso derretido y cortado en forma de estrella.
—Adriana, ¿podemos hablar un momento? —preguntó con suavidad.
—Claro, señor Ricardo —respondió ella—. Renata, termina de comer, ahorita regreso.
Ya en el despacho, Ricardo sacó el papel.
—¿Puede explicarme esto?
Adriana bajó la mirada, visiblemente apenada.
—Sí, señor. Es por mi hermano menor, Emiliano Rocha. Es muy listo, va en tercero de secundaria y tiene excelentes calificaciones. Estaba buscando escuelas buenas para ver si podía aspirar a una beca.
—¿Y por qué no me lo comentó?
—Porque no quería que pensara que le estaba pidiendo ayuda —contestó con sinceridad—. Mi familia es mi responsabilidad.
—Pero estas escuelas son muy costosas. Las becas ahí casi no existen.
—Lo sé —dijo ella con una sonrisa triste—, pero soñar no cuesta nada, ¿verdad? Emiliano es tan inteligente como Renata. Merece una oportunidad.
La comparación lo tomó por sorpresa.
—¿De verdad cree que mi hija es tan capaz?
—Señor Ricardo, Renata es extraordinaria —afirmó Adriana con convicción—. Aprende rapidísimo, hace preguntas profundas y tiene una sensibilidad emocional impresionante para su edad. Usted debería sentirse muy orgulloso.
—Pero conmigo no demuestra eso…
—Porque usted llega agotado, lleno de preocupaciones —explicó ella con respeto—. Renata lo nota y no quiere estorbar. Pero cuando estamos solas, habla de usted todo el tiempo.
—¿Qué dice?
—Que su papá trabaja mucho para cuidarla, que a veces se pone triste igual que ella. Renata entiende más de lo que imaginamos.
Esa conversación movió algo dentro de Ricardo. Tal vez el problema no era Adriana, sino su propia incapacidad para acercarse a su hija.
Esa misma tarde decidió intentarlo. Llegó temprano, pidió a Elena que preparara algo ligero y salió al jardín con Renata, sin la presencia de Adriana.
—Hoy quiero jugar contigo —le dijo.
—¿A qué? —preguntó ella, dudando.
—A lo que tú quieras.
Renata pensó unos segundos.
—¿Te puedo enseñar algo que me enseñó la tía Carmelita?
Ricardo vaciló, pero asintió.
—Ella dice que cuando uno está triste puede plantar una semilla y cuidarla todos los días —explicó Renata—. Cuando crece, te acuerdas de que incluso estando triste puedes hacer algo bonito.
—¿Y qué quieres plantar?
—Una rosa roja para mamá.
Los ojos de Ricardo se llenaron de lágrimas. Pasaron la tarde sembrando rosales. Renata explicaba cada paso con seriedad, repitiendo las enseñanzas de Adriana.
—La tierra necesita agua, pero no demasiada —decía—, porque si no la planta se enferma. La tía Carmelita sabe mucho. Dice que su abuelita le enseñó todo eso antes de irse al cielo, como mamá.
Ricardo comenzó a comprender que Adriana no solo cuidaba a su hija, sino que le transmitía herramientas para procesar la pérdida.
Esa noche, después de que Renata se durmió, él se quedó mirando el jardín. Sintió una calma que no había experimentado en meses.
A la mañana siguiente recibió una llamada de la psicóloga de Renata, la doctora Verónica Pineda.
—Señor Carrillo, me gustaría hacer una visita hoy para observar a Renata en su entorno —explicó—. Es parte de la evaluación de su progreso.
Ricardo aceptó y pidió que todo transcurriera con normalidad. Decidió no avisarle a Adriana.
La doctora llegó puntual. Tras unos minutos, escucharon risas desde la cocina. Elena apareció con gesto reprobatorio, pero Ricardo la detuvo. Junto con la psicóloga se acercaron discretamente.
Renata estaba sobre un banco, ayudando a Adriana a hacer galletas. Hablaban de formas y colores mientras trabajaban. La doctora observó en silencio durante varios minutos: Renata se veía segura, relajada, confiada.
—¿Puedo hablar con ella? —preguntó la psicóloga señalando a Adriana.
En la sala, Verónica Pineda hizo varias preguntas. Adriana respondió con honestidad, contando cómo había tratado a Renata con paciencia y afecto, sin técnicas forzadas.
Más tarde, a solas con Ricardo, la doctora fue clara.
—El avance de su hija es excepcional. Adriana tiene una intuición natural para acompañar a niños en duelo. Renata no está desarrollando una dependencia dañina. Está construyendo un puente entre su hija y el mundo.
—¿Y yo? —preguntó Ricardo con temor.
—Renata habla de usted constantemente —respondió la doctora—. Habla de cómo su papá se esfuerza por cuidarla y de cuánto desea hacerlo feliz, lo cual abría la puerta a una comprensión mucho más profunda de los vínculos que se estaban formando en esa casa.
