Ricardo Carrillo jamás se había sentido tan desorientado como en aquellos meses recientes. El hombre que había levantado una de las constructoras más poderosas de la Ciudad de México descubrió, con una crudeza que lo dejó sin aliento, que la fortuna acumulada no servía de nada cuando se trataba de recomponer el corazón quebrado de una niña de apenas tres años.
Aquella tarde decidió abandonar antes de tiempo una reunión con inversionistas japoneses. No supo explicar el impulso; simplemente sintió una urgencia que lo jalaba de regreso a casa, una corazonada que no lo dejó concentrarse en números ni contratos. Cuando abrió la puerta de la cocina de su residencia en Lomas de Chapultepec, tuvo que recargarse en el marco para no perder el equilibrio.
Su hija, Renata Ibarra, estaba sentada sobre los hombros de la empleada doméstica. Las dos canturreaban una canción infantil mientras enjuagaban los platos. La risa de la niña llenaba el espacio, una risa clara y viva que Ricardo no escuchaba desde hacía meses.
—Ahora frota bien aquí abajito, princesa —decía Adriana Salgado con paciencia, guiando las manos pequeñas—. Eso es, qué lista eres.
—Tía Adri, ¿puedo hacer burbujas con el jabón? —preguntó Renata con una voz tan luminosa que a Ricardo se le apretó el pecho.
Sintió que las piernas le temblaban. Desde que Marina Castañeda había muerto en aquel accidente automovilístico, Renata no había vuelto a decir una sola palabra. Especialistas, terapeutas y psicólogos infantiles le repitieron que el mutismo era una reacción normal, que la niña necesitaba tiempo para procesar la ausencia de su madre. Sin embargo, ahí mismo, frente a sus ojos, Renata hablaba y jugaba como si el silencio nunca hubiera existido.

Adriana se dio cuenta de su presencia y casi perdió el equilibrio.
—Señor Ricardo, yo… no esperaba que llegara tan temprano —atinó a decir, nerviosa.
—¡Papá! —gritó Renata, pero enseguida se encogió, como si temiera haber hecho algo indebido.
Ricardo no respondió. Dio media vuelta y se refugió en su despacho, cerrando la puerta con un golpe seco. Sirvió un vaso de whisky con manos temblorosas. La escena lo había sacudido de una forma que no alcanzaba a comprender. ¿Cómo era posible que esa joven, en tan poco tiempo, hubiera logrado lo que él no consiguió con todo su poder y recursos? ¿Por qué su hija se abría con la empleada y no con él?
A la mañana siguiente fingió salir rumbo a la oficina como siempre, pero dejó el auto a unas cuadras y regresó caminando. Necesitaba saber qué estaba ocurriendo dentro de su propia casa. Entró por la parte trasera y subió directo a su estudio, donde instaló discretamente un par de cámaras pequeñas que compró de camino.
Durante la semana siguiente salió temprano del trabajo para revisar las grabaciones. Lo que vio lo dejó todavía más inquieto. Adriana Salgado, de apenas veinticuatro años, convertía cada tarea doméstica en una oportunidad de aprendizaje. Hablaba con Renata mientras doblaba la ropa, al cocinar o al barrer, nombrando colores, formas y números con una naturalidad sorprendente.
—A ver, princesa, ¿cuántas zanahorias hay aquí? —preguntaba Adriana mientras picaba verduras.
—Una, dos, tres… cinco —respondía Renata, dando palmaditas emocionada.
—¡Exacto! ¿Y sabes por qué son naranjas?
—No…
—Porque tienen una vitamina especial que cuida nuestros ojitos para ver todo lo bonito del mundo.
Ricardo observaba esas escenas con sentimientos encontrados. Por un lado, una gratitud profunda: su hija estaba regresando a la vida. Por el otro, una punzada de celos, al darse cuenta de que no sabía cómo construir ese lazo que entre ellas parecía tan sencillo.
Las grabaciones también mostraron algo más. Elena Montoya, la gobernanta que llevaba dos décadas al frente de la casa, miraba a Adriana con recelo permanente. A sus sesenta y dos años, Elena había sido una figura clave en la infancia del propio Ricardo y no aprobaba, en lo más mínimo, las maneras de la empleada joven.
—Adriana, estás cruzando la raya —decía Elena en uno de los videos—. No te contrataron para educar a la niña. Tu trabajo es limpiar la casa.
—Solo intento ayudar —respondía Adriana con serenidad—. Renata es una niña especial.
—Especial o no, no es asunto tuyo. Limítate a obedecer.
Incluso a través de la pantalla se sentía la tensión. Ricardo comprendió que en su hogar convivían dos visiones opuestas y que él estaba atrapado en medio de un conflicto silencioso del que ni siquiera era consciente.
El jueves de esa misma semana recibió una llamada inesperada.
—Señor Carrillo, le hablo de la guardería —dijo con entusiasmo Paola Benítez, la directora—. Tengo noticias excelentes. Renata empezó a interactuar con los otros niños.
Ricardo dejó caer los documentos que tenía en las manos.
—¿Cómo dice?
—Hoy jugó en la casita con tres niñas más. Les contó historias de cómo ayuda a la tía Adri en casa. Es impresionante el cambio. ¿Están siguiendo algún tratamiento nuevo?
—No… no exactamente —balbuceó él.
—Pues sigan así. Verla de este modo es casi un milagro.
Ricardo canceló todas sus citas de la tarde y regresó de inmediato. Llegó justo cuando Elena reprendía a Adriana en el jardín trasero.
—Te dije que no sacaras a la niña sin mi permiso —gritaba la gobernanta—. No tienes ninguna responsabilidad sobre ella.
Renata se aferraba a las piernas de Adriana, llorando con desesperación. Era la primera vez en meses que Ricardo escuchaba a su hija expresar emociones tan intensas.
—No quiero que la tía Adri se vaya —sollozaba—. No quiero.
—Tranquila, corazón, nadie se va —susurró Adriana, acariciándole el cabello—. Todo está bien.
—No hagas promesas que no puedes cumplir —intervino Elena con dureza—. Señor Ricardo, llegó justo para ver cómo esta muchacha manipula a su hija.
Ricardo se quedó inmóvil, observando. Su hija hablaba, protestaba, defendía lo que sentía. Después de tanto silencio, por fin reaccionaba al mundo.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, esforzándose por mantener la calma.
—Sacó a la niña a recoger flores sin autorización —respondió Elena—. Y no es la primera vez que actúa por su cuenta.
—Renata preguntó por las flores —explicó Adriana—. Pensé que sería bueno enseñarle las diferencias.
—No pensaste —cortó Elena—. A ti te pagan para obedecer.
Ricardo miró a Renata, todavía aferrada a Adriana, y tomó una decisión inesperada.
—Doña Elena, ¿podría dejarnos solos un momento?
La gobernanta, visiblemente ofendida, se retiró. Ricardo se arrodilló frente a su hija.
—¿Estás bien, mi amor?
—La tía Adri me enseñó que las rosas rojas significan amor —dijo Renata con los ojos húmedos—. Como el amor que mamá nos tenía.
El corazón de Ricardo dio un vuelco. Era la primera vez que Renata mencionaba a su madre desde el accidente.
—¿Qué más te ha enseñado?
—Que cuando extrañamos, guardamos el amor aquí —respondió, señalándose el pecho— y lo compartimos con los demás. Como contigo y con la tía Adri.
Ricardo levantó la mirada. Adriana tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Cómo supiste qué decirle?
—Yo también perdí a mi mamá cuando tenía su edad —contestó ella en voz baja—. Mi abuela me crió y siempre decía que el amor no desaparece, solo cambia de lugar.
Esa noche, después de que Renata se durmió, Ricardo citó a Elena Montoya y a Adriana Salgado en su despacho. El ambiente estaba cargado.
—Doña Elena, usted lleva veinte años en esta casa —empezó Ricardo—. Me ayudó a crecer, cuidó este hogar como si fuera suyo. Le tengo un respeto enorme.
—Gracias, señor —respondió ella, segura de contar con su apoyo.
—Pero también debo reconocer que Adriana logró algo que ninguno de nosotros consiguió. Mi hija volvió a sonreír.
—Señor Ricardo, esta joven está manipulando a la niña para asegurar su puesto —interrumpió Elena—. No es normal tanto interés.
—¿Por qué piensa eso?
—Porque es joven, inexperta y, además, miente sobre su formación.
Elena sacó unos papeles.
—Investigó su pasado —continuó—. Adriana Salgado estudió pedagogía en la Universidad Autónoma de México, pero nunca ejerció. ¿Por qué alguien con estudios acepta este trabajo?
Adriana palideció.
—Puedo explicarlo…
—Quiero entender —dijo Ricardo.
—Cuando me gradué, mi papá perdió su empleo —explicó ella—. Tengo tres hermanos menores. Necesitábamos dinero de inmediato.
—¿Y por qué no mencionó sus estudios?
—Porque desconfían. Creen que me iré a la primera oportunidad.
—¿Lo ve? —dijo Elena—. Está aquí solo por dinero.
—No es así —respondió Adriana con firmeza—. Al principio sí, pero me encariñé con Renata. Me recuerda a mí.
—¿Y cuando decida irse? —insistió Elena—. Renata sufrirá otra pérdida.
Ricardo guardó silencio. Sabía que Elena no hablaba sin fundamento, pero también veía a su hija mejor que en los últimos seis meses. La decisión que tendría que tomar no era sencilla, y el peso de esa elección comenzó a caerle encima con toda su fuerza.
