Todo estaba listo, como un taller completo esperando manos que lo echaran a andar.
Un negocio entero, armado pieza por pieza, preparado para abrir sus puertas.
Mi tío me observó de reojo, con una mezcla rara de pudor y firmeza, y al final habló:
—Pasé años chambeando en el taller del penal. Guardé peso por peso. Cuando salí, compré este sitio. No lo hice para mí… lo hice para ustedes.
Las palabras se me atoraron. No encontré respuesta.
Él siguió, sin levantar la voz:
—Siempre fuiste cumplido. Lo único que te faltaba era que alguien confiara en ti. Aquí tienes tu oportunidad.
Mi mamá lloraba bajito. Igual que el día que enterramos a mi papá, solo que ahora no era dolor: era descanso.
Y ese hombre al que tantos señalaron como un fracaso…
…terminó siendo quien nos regresó el orgullo.
Hoy esa bodega es nuestro sustento.
Ha crecido, funciona, y mi madre —ya fuerte otra vez— pasa diario a ver si “no andamos con el estómago vacío”.
¿Mi tío?
Sigue sembrando detrás de la casa.
Y cada vez que lo veo hundir semillas en la tierra, recuerdo lo que decía:
—Lo que siembro aquí dará de comer a los que saben querer.
Ahora entiendo.
No hablaba de cosechas.
Hablaba de amor, de lealtad, de familia.
Y, más que nada, de redención.
