Solté una carcajada entonces; con el tiempo entendí que sus palabras iban mucho más allá de una simple ocurrencia.
Pasaron los años y, sin avisar, la vida volvió a ponernos contra la pared.
Me quedé sin empleo.
Luego mi mamá cayó enferma, de esas enfermedades que no esperan ni perdonan.
Las cuentas del hospital se acumularon rápido, apretándonos el pecho como si alguien nos pusiera un costal de piedras encima.
Una noche, a oscuras en la sala, pensé seriamente en vender la casa. Era lo único que poseíamos y, aun así, no alcanzaba para cubrir todo.
Mi tío apareció sin hacer ruido, se sentó a mi lado y habló con voz firme:
—Cuando murió tu padre, tu mamá me dio techo cuando nadie más quiso hacerse cargo de mí. Hoy me toca responder.
Después agregó, sin dar espacio a dudas:
—Alístate. Mañana salimos temprano. Y no preguntes nada.
Al amanecer, ayudó a subir a mi madre, pálida pero con una sonrisa valiente, y luego a mí, a su coche viejo.
Tomamos un camino angosto que se retorcía entre los cerros.
Cuando la luz del sol apenas despertaba, llegamos.
Se detuvo frente a una bodega antigua, casi escondida entre los árboles.
—Bájate —ordenó.
Entré… y me quedé paralizado.
Lo que tenía enfrente parecía imposible: maquinaria reluciente, estanterías repletas, cajas acomodadas con cuidado y herramientas listas para usarse, como si todo estuviera esperando que alguien por fin las pusiera en marcha.
