Las voces dentro de la familia no tardaron en levantarse otra vez:
—Manténganse lejos de él. Es una deshonra —decían sin tapujos.
Mi madre, que ya había cargado dolores suficientes como para varias vidas, no se quedó callada. Con la voz firme, respondió:
—Sigue siendo el hermano de tu padre. Pase lo que pase, la sangre no deja de ser sangre.
El día que volvió, lo recuerdo con claridad. Estaba frente al portón de la casa: flaco hasta los huesos, con el cansancio tatuado en la cara y una mochila vieja, descosida, colgándole de los hombros. Cuando vio a mi madre, los ojos se le aguaron de inmediato.
Ella no dudó. Abrió la puerta y le regaló una sonrisa que parecía abrazarlo antes que sus brazos.
—Entra, hermano. Aquí siempre vas a tener un techo.
A partir de entonces, mi tío se instaló en el cuarto que había sido de mi padre.
Nunca exigió nada. Jamás se quejó de su suerte.
Solo se puso a trabajar.
Todas las mañanas salía en busca de empleo; casi siempre regresaba con las manos vacías, pero con el ánimo intacto. Por las tardes se ocupaba de lo que hiciera falta: componía la cerca, barría el patio, y cuidaba una pequeña huerta escondida detrás de la casa.
Un día lo sorprendí sembrando algo nuevo.
Le pregunté qué estaba poniendo en la tierra.
Él levantó la vista, sonrió apenas y me dijo:
—Lo que uno siembra aquí, muchacho, termina alimentando a la gente de buen corazón.
En ese momento, no supe qué quiso decir.
