Durante el sepelio, la imagen que se me quedó grabada fue la de mi mamá sentada a un lado del féretro, dejando caer lágrimas mudas, como si hasta el sufrimiento tuviera miedo de hacer ruido.
Los familiares aparecieron, dijeron palabras de compromiso y, sin tardarse, volvieron a la tranquilidad de sus casas. A partir de ese momento, mi madre se hizo cargo de mí sin ayuda de nadie. Tomó cualquier empleo que se atravesara con tal de que yo siguiera en la escuela. La existencia era pesada, áspera, pero jamás la escuché quejarse.
El único rostro constante en nuestra puerta era el de mi tío, el hermano menor de mi papá. Siempre llegaba con buena actitud, siempre dispuesto a tender la mano.
Hasta que, doce meses después, todo dio un giro brutal.
Lo detuvieron tras lastimar a otro hombre en una riña provocada por el alcohol.

Desde entonces, fue como si nos hubieran marcado con una señal invisible en la piel.
“La mala sangre no se quita”, susurraban a nuestras espaldas.
“Las culpas se heredan”, insistían.
A él lo observaban con asco, y a nosotras también, como si cargáramos la misma mancha.
Quince años se fueron así.
Finalmente, mi tío recuperó la libertad.
Y su salida marcaría el inicio de algo que nadie estaba preparado para enfrentar.
