«Nunca vuelvas a tratarme como lo hiciste» — dijo la madre con voz firme mientras mostraba el contrato que lo cambiaría todo

Inaceptable humillación, mereció un despertar necesario.
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…propiedad. Se marcha sin pleitos y tú no vuelves a cruzarte con ella.”

Renata Navarro se llevó los dientes al labio inferior. En su expresión se notaba que entendía perfectamente que esa salida estaba fuera de su alcance.

—La segunda alternativa —prosiguió Mauricio Ledesma, con tono neutro— es que reconozcas por escrito que tu madre posee legalmente el cincuenta por ciento de esta casa. Ella permanece aquí, en SU recámara, con todos los derechos que le corresponden. Y tú empiezas a tratarla con la dignidad mínima que merece.

Yo respiré hondo antes de intervenir.

—Existe una tercera posibilidad —añadí—. No viene en el contrato.

Renata levantó la vista hacia mí, confundida.

—Pones la casa en venta. Liquidas la hipoteca, me devuelves lo que te presté con los intereses acordados y cada quien sigue su camino. Tú te vas con tu novio a donde quieras. Yo me voy a un lugar donde no me vean como un estorbo.

El silencio cayó como un golpe seco.

Renata se dejó caer en el sillón, derrotada. Se cubrió el rostro con ambas manos y, sin previo aviso, se quebró.

No fue un llanto discreto. Fue un derrumbe completo. Los sollozos le sacudían el pecho, le cortaban la respiración.

—Perdón… —repetía entre lágrimas—. Perdóname, mamá. De verdad lo siento.

Y cuando parecía que todo quedaría ahí, la puerta se abrió.

Su novio acababa de llegar.

Iván Pacheco. Traje impecable, sonrisa ensayada, esa seguridad falsa que siempre me había irritado.

Entró como si fuera el dueño del lugar.

—¿Qué está pasando? —preguntó, mirando la escena.

Renata no podía articular palabra. Mauricio lo observó con abierto desdén.

Así que fui yo quien habló.

—Renata me debe casi cien mil dólares —le dije sin rodeos—. Si no paga, legalmente me quedo con la mitad de esta casa.

Iván frunció el ceño. —¿Cómo que qué? —volteó hacia ella—. Renata, ¿de qué está hablando?

—Mi mamá me prestó el dinero del enganche… firmamos un contrato… —balbuceó ella, ahogada en llanto.

El cambio en la cara de Iván fue inmediato.

No era angustia. Era cálculo.

—¿Me estás diciendo —dijo despacio— que esta casa ni siquiera es completamente tuya?

Renata asintió.

Iván dio un paso hacia atrás.

—¿Y pensabas que yo me viniera a vivir aquí? ¿En una casa que compartes con tu mamá?

—Iván, yo no recordaba el contrato… podemos arreglarlo, de verdad…

—No —la cortó en seco—. Esto es un desastre. Tú eres un desastre.

Tomó su saco del perchero y se fue sin mirar atrás.

Así, sin más.

Renata corrió tras él. —¡Iván, espera! ¡Hablemos!

Pero la puerta ya estaba cerrada. Segundos después, el sonido del motor alejándose confirmó lo evidente.

Regresó a la sala hecha pedazos. Se dejó caer al piso, apoyada en la pared, llorando como no la veía desde que era niña.

Mauricio me miró con cautela. —¿Quieres que me retire?

Negué. —Dame un momento.

Me arrodillé frente a Renata. Ella alzó la vista, con los ojos hinchados y enrojecidos.

—Lo perdí todo —susurró—. Todo por mi culpa. Fui una estúpida.

—No —le respondí con calma—. No lo perdiste todo. Perdiste a alguien que se habría ido a la primera dificultad. Eso no es una pérdida, es un favor disfrazado.

—Te traté horrible, mamá. Ni siquiera merezco que me hables.

Le tomé el rostro entre las manos, como cuando era pequeña.

—Eres mi hija. Te voy a amar siempre. Pero nunca, ¿me oyes?, nunca vuelvas a tratarme como lo hiciste. ¿Quedó claro?

Asintió, llorando aún más.

—¿Quedó claro? —repetí con firmeza.

—Sí, mamá. Te lo prometo. Te lo juro.

Esa noche, cuando Mauricio se despidió, Renata y yo nos quedamos despiertas hasta casi las tres de la mañana, sentadas en la cocina, hablando de todo lo que durante años habíamos evitado decir.

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