A partir de ese punto, el documento tenía cláusulas que Renata jamás se tomó la molestia de leer con atención.
La tercera era contundente: si Renata Navarro intentaba correrme de la casa o vender la propiedad sin mi autorización expresa, el préstamo se volvía exigible de forma inmediata, con un interés anual del ocho por ciento.
La cuarta era todavía más delicada para ella: si no podía liquidar la deuda en los términos establecidos, yo quedaba legalmente facultada para reclamar el cincuenta por ciento de la casa.
Renata firmó sin hacer preguntas.
Mauricio Ledesma se encargó de protocolizar cada hoja frente al notario.
Y yo guardé mi copia como si fuera oro: bien protegida, dentro de una caja de seguridad en el banco.
¿La copia de Renata?
Claro que se la entregué. Pero Renata era Renata: caótica, impulsiva, convencida de que nada malo le podía pasar.
No me cabe duda de que ese contrato terminó olvidado en algún cajón, sepultado entre recibos viejos, y que al mes ya ni recordaba que existía.
Pasaron tres años.
Con un novio nuevo que exigía “privacidad” y “límites”, Renata llegó a la brillante conclusión de que podía simplemente… quitarme de en medio.
Gravísimo error.
—¿Tienes la copia notariada? —le pregunté a Mauricio cuando todo estalló.
Él sonrió con calma—. Tengo tres copias certificadas. Una es tuya, otra mía, y la tercera se la entregaré personalmente a tu adorada hija cuando llegue el momento.
Nos sentamos en la sala a esperar.
Mauricio abrió su laptop, acomodó los papeles y empezó a redactar una carta formal de requerimiento de pago, con lenguaje frío y preciso.
—Ochenta mil dólares más tres años de intereses al ocho por ciento —dijo mientras tecleaba—. En total, noventa y nueve mil doscientos dólares. Si no paga en treinta días, iniciamos el proceso para reclamar la propiedad.
Me quedé observando esa cifra, fija, pesada.
Renata no tenía ese dinero. Lo sabía perfectamente. Su BMW, las bolsas de diseñador, las cenas en restaurantes caros… todo era fachada, tarjetas de crédito y pagos mínimos. Vivía estirando la liga.
—No va a poder pagar —murmuré.
Mauricio levantó la vista—. Exacto. Y de eso se trata. Ella creyó que podía pisotearte. Ahora le toca enfrentar las consecuencias.
El regreso de Renata fue puntual.
A las seis con quince escuchamos el coche estacionarse. Venía cantando, de buen humor, como si nada estuviera pasando.
Pero en cuanto cruzó a la sala y vio a Mauricio sentado en el sofá, con el portafolio abierto y los documentos extendidos sobre la mesa, su expresión se desmoronó.
—¿Qué hace ÉL aquí? —preguntó, mirándome con enojo.
—Siéntate, Renata —le dije, con una serenidad que ni yo esperaba.
—No —respondió—. Mauricio, con respeto, pero no eres bienvenido en MI casa. Mamá, ya te dije que…
—Esta casa no es únicamente tuya —la cortó Mauricio, sin alzar la voz—. Legalmente, el cincuenta por ciento le pertenece a tu madre. Y si no cumples con tu obligación de pago, ese porcentaje puede aumentar.
Renata parpadeó, confundida—. ¿De qué demonios estás hablando?
Mauricio deslizó el contrato notariado hacia ella.
Vi cómo recorría las páginas. Primero incredulidad, luego entendimiento… y finalmente un pánico mal disimulado.
—Esto no… esto no puede ser verdad —susurró.
—Lo es —respondió Mauricio—. Firmaste hace tres años. Tu madre te prestó ochenta mil dólares bajo condiciones muy específicas. Una de ellas: que podía vivir aquí toda su vida. Anoche la amenazaste con mandarla a un asilo.
Renata me miró con los ojos brillosos, no por tristeza, sino por furia.
—¿Tú hiciste esto? ¿Tú lo trajiste?
—Tú abriste la puerta —contesté—. Cuando me gritaste que me fuera. Cuando planeaste convertir MI cuarto en oficina para tu novio. Cuando me trataste como si estorbara en nuestra casa.
—No tengo ese dinero —dijo, con la voz quebrada.
—Lo sé —respondí—. Por eso Mauricio preparó dos alternativas.
Él sacó otro documento y lo colocó frente a ella.
—Opción uno: pagas los noventa y nueve mil doscientos dólares dentro de los próximos treinta días y tu madre renuncia voluntariamente a sus derechos sobre la propiedad.
