Lo que siguió quedó suspendido en el aire: la respuesta de Ezequiel Contreras, la postura que asumiría Beatriz Rivera y la manera en que esa familia enfrentaría, por fin, su propia idea de justicia. Todo eso todavía estaba por definirse.
Las preguntas se atropellaban unas a otras. ¿Cómo reaccionaría Ezequiel ante una confrontación que no esperaba? ¿Beatriz cerraría filas con su hijo o, al fin, se permitiría ver lo que había estado negando? ¿Y de qué forma Adriana Chávez protegería a Mateo y su propia dignidad sin dar un paso atrás?
Aquello que había comenzado como un estallido más dentro de la casa se transformó en un antes y un después. Ese momento marcó el límite que determinaría, de ahí en adelante, la seguridad, el respeto y las reglas no escritas de la familia.
Una vez que bajó la tensión inicial, Adriana tomó una determinación inmediata y sin titubeos: no volvería a tolerar ningún abuso por parte de Ezequiel. Lo primero que hizo fue buscar a su amiga y abogada de confianza, Silvia Núñez. Ella fue clara y directa: había que reunir toda la evidencia disponible. Videos, fotografías y testimonios de incidentes pasados servirían para demostrar que no se trataba de un hecho aislado, sino de una conducta repetida.
Mateo Salgado, pese a tener apenas diez años, colaboró con una madurez que sorprendía. No solo había grabado la bofetada reciente, sino también otros episodios donde quedaban expuestas la tensión constante y las agresiones verbales. Silvia le explicó con calma que ese material sería determinante para probar el patrón de abuso y, sobre todo, para garantizar la protección de Adriana y su hijo.
Al día siguiente, Adriana volvió a encarar a Ezequiel y a Beatriz, aunque esta vez no lo hizo solo con palabras. Convocó a la familia en la sala y, con Silvia presente, reprodujo los videos. El ambiente dio un giro absoluto: el silencio cómplice de antes se convirtió en miradas incrédulas y gestos de profunda incomodidad.
Ezequiel intentó justificarse, diciendo que “solo estaba corrigiendo” o que “no era para tanto”, pero las imágenes no dejaban lugar a dudas. Cada grabación mostraba con claridad la violencia física o verbal, y la intervención de Mateo en el episodio más reciente confirmaba que todo había ocurrido frente a testigos.
Beatriz trató de restarle importancia, aunque la firmeza de Silvia y la serenidad de Adriana la obligaron, poco a poco, a cuestionar la conducta de su propio hijo. Al final, Ezequiel entendió que sus excusas ya no tenían peso: la línea estaba marcada y debía respetarse.
Ese día, Adriana no solo defendió su integridad y la de Mateo, sino que sentó las bases de lo que vendría después para todos.
