Y entonces llegó el momento de los regalos.
El árbol, enorme, parecía un monumento. Debajo, paquetes perfectos con moños dorados y plateados. Mi padre los repartía como si concediera favores.
Para los hijos de Verónica: drones profesionales, consolas, relojes inteligentes, sobres con efectivo.
Los niños gritaban, rompían papeles con ansiedad, sin siquiera decir “gracias”.
Luego Don Álvaro tomó una caja pequeña, envuelta sin cuidado, y buscó a Valeria con los ojos.
—Ven acá, niña.
Valeria se levantó de un salto. Sus ojos brillaban. Caminó hacia él con esa fe pura que solo tienen los niños que aún creen que los abuelos son buenos.
—Toma —dijo él, arrojándole la caja. Casi se le cae—. No te hagas ilusiones. Aquí cada quien recibe lo que vale.
Valeria se sentó en la alfombra y, con sus manitas temblorosas, deshizo el moño.
Abrió la tapa.
Miró dentro.
El silencio fue tan pesado que dolía.
Valeria metió la mano, como si buscara algo escondido. Pero no había nada.
La caja estaba vacía.
Levantó la vista, confundida.
—¿Abuelo…? —susurró.
Verónica estalló en una carcajada aguda.
—¡Ay, papá! —dijo aplaudiendo—. ¡Qué idea tan brillante! Así aprenden desde pequeños. Si sus papás son unos fracasados, no deberían esperar regalos.
Luego me clavó una sonrisa despectiva.
—Mira nomás… igualita a la madre: inútil y vacía.
Las risas se multiplicaron. Mi cuñado, mis sobrinos, incluso algunos invitados… todos reían.
Sentí que la sangre me subía a la cabeza. Quise levantar a Valeria y salir corriendo de ahí.
Pero Valeria no lloró.
Se mordió el labio con fuerza. Sus ojos brillaron de lágrimas, pero no dejó que cayeran. Respiró hondo con una dignidad que ninguna de esas personas ricas habría conocido jamás.
Cerró la caja vacía con calma y la dejó a un lado.
—Está bien, abuelo —dijo con voz suave, pero firme.
Luego se puso de pie, se sacudió el vestido y tomó el regalo que ella había llevado.
—Yo también te traje algo.
La sala se quedó muda. La risa de Verónica se apagó. Mi padre frunció el ceño, desconcertado por la audacia de la niña.
Valeria le extendió el paquete envuelto en papel estraza.
—Lo encontré en el ático de la abuela Teresa, antes de que vendieras su casa vieja —dijo Valeria—. Ella me dijo en un sueño que te lo diera hoy.
Don Álvaro resopló con desprecio.
—Seguro es una porquería hecha con pegamento y pasta —murmuró.
Arrancó el papel.
No era una manualidad.
Era un libro viejo, de cuero gastado. Y dentro del libro, marcando una página, había un sobre amarillento y una fotografía en blanco y negro.
Mi padre tomó la foto.
En ese segundo, el mundo se detuvo.
El color se le fue del rostro. El whisky resbaló de su mano y se derramó sobre la alfombra, pero él ni parpadeó.
La mandíbula se le cayó. Sus manos, que antes repartían desprecio, ahora temblaban como si tuvieran fiebre.
—¿Qué…? —su voz salió ahogada—. ¿De dónde sacaste esto?
Todos se inclinaron hacia adelante. La curiosidad cortó la burla.
—¿Qué es, papá? —preguntó Verónica, molesta por perder protagonismo.
Pero él no respondió.
Abrió el sobre.
