Jamás imaginé que una Nochebuena en la mansión de mi padre terminaría siendo el instante exacto en el que mi hija descubriría a qué suena la crueldad humana. Sin embargo, si soy honesta… quizá debí haberlo previsto.
Mi padre, Don Álvaro Salcedo, siempre fue un hombre de hielo. En Guadalajara lo conocían como un patriarca de los de antes: de esos que creen que el respeto se compra con dinero y se hereda con el apellido. Conmigo era distante, casi indiferente, como si mi mera existencia lo frustrara. Nunca me perdonó haberme casado con un maestro, y no con algún empresario bien acomodado. Pero con mi hija Valeria, que apenas tenía siete años, su actitud no era solo fría… era cruel.
Llegamos en nuestro modesto sedán y lo estacionamos lejos, casi escondidos, entre camionetas blindadas y autos deportivos que pertenecían a mi hermana Verónica y su marido. Ellos siempre llegaban como si el mundo tuviera que abrirles paso.
—Mamá… ¿tú crees que al abuelo le va a gustar mi regalo? —preguntó Valeria, abrazando una cajita envuelta en papel estraza, decorada con dibujos de crayola.
—Claro que sí, mi vida —respondí, aunque por dentro sentía la garganta apretada.
Mentí. Porque sabía perfectamente cómo era mi padre.
Al cruzar la puerta, el olor nos golpeó de inmediato: pino caro, bacalao, perfumes importados… la casa olía a dinero. Verónica brillaba con un vestido lleno de lentejuelas. Sus hijos corrían por los pasillos con tablets, juguetes nuevos y aparatos que yo solo veía en anuncios.
—Mira nada más… llegaron los parientes humildes —soltó Verónica con una sonrisa venenosa, chocando su copa con la de su esposo—. Pensé que esa chatarra no sobreviviría el camino.

No le respondí. Preferí avanzar directo hacia mi padre.
Don Álvaro estaba sentado en su sillón de cuero, con whisky en mano, observándolo todo como un emperador aburrido.
—Llegan tarde —gruñó sin levantar la mirada.
—Había tráfico, papá… Feliz Navidad —contesté, forzando una sonrisa.
La cena fue un suplicio. Comentarios disfrazados de bromas: mi ropa “demasiado simple”, el sueldo de mi esposo “ridículo”, la escuela pública de Valeria “una tragedia”. Yo tragaba cada palabra como si fuera vidrio. Valeria, en cambio, comía en silencio, tratando de hacerse invisible, como si su existencia fuese una molestia.
